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Biblioteca Ibn Arabi

Los engarces de las sabidurías (Fusus al-hikam) — Ibn Arabi

Obra escrita · Obras esenciales

Los engarces de las sabidurías (Fusus al-hikam)

فصوص الحكم (Fusus al-hikam)

Ibn Arabi a caballo con dos discípulos (miniatura safaví)
deIbn Arabi

Veintisiete capítulos, cada uno dedicado a la «sabiduría» de un profeta —de Adán a Muhammad, pasando por Noé, Abraham, Moisés, Jesús o Salomón—, entendido como un engaste en el que se fija una piedra preciosa: un aspecto del conocimiento divino. Es su obra más densa y la que concentra sus tesis más audaces sobre la relación entre Dios y el mundo, la imaginación, las creencias y el ser humano perfecto. Fue comentada más de cien veces (al-Qunawi, al-Jandi, al-Qashani, al-Qaysari, Yami) y atacada con igual intensidad, entre otros por Ibn Taymiyya.

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De qué trata

Fusus al-hikam —«Los engarces de las sabidurías»— es la obra más leída, más comentada y más discutida de Ibn Arabi, y probablemente el libro más influyente de la metafísica sufí. Es breve en comparación con su obra mayor, las Iluminaciones de La Meca, pero de una densidad extrema: en veintisiete capítulos condensa las tesis centrales de su pensamiento, a menudo en su formulación más audaz.

El título descansa en una imagen de orfebrería. Un fass es el engaste o chatón de un anillo, la montura donde se fija la piedra. Cada capítulo está dedicado a un profeta —de Adán a Muhammad, pasando por Noé, Abraham, José, Salomón, Jesús o Moisés— y lleva un título de la forma «el engaste de la sabiduría divina en la palabra de Adán». El profeta es la montura; la piedra es un aspecto particular del conocimiento de Dios que se manifestó en él. Ibn Arabi no cuenta la historia de los profetas, sino que la usa como punto de partida para meditar sobre los versículos del Corán y los hadices que se refieren a ellos, interpretados con una libertad que a muchos lectores pareció escandalosa.

La visión que despliega puede resumirse así. Solo Dios tiene ser en sentido propio; el mundo existe porque Dios se manifiesta en él a través de sus Nombres, del mismo modo que una imagen existe en un espejo. Antes de existir, cada cosa es una «entidad inmutable» en el conocimiento divino, y su existencia consiste en recibir el ser según lo que ella misma es. El ser humano ocupa un lugar central: es el único ser en el que pueden reflejarse todos los Nombres a la vez, y el ser humano perfecto —el profeta, el santo— es el espejo pulido en el que Dios se contempla. De ahí se siguen tesis que el libro desarrolla capítulo a capítulo: Dios es a la vez trascendente e inmanente, y quien afirma solo una de las dos cosas lo limita; cada creyente adora al Dios que su creencia ha configurado; la imaginación es una facultad de conocimiento, no de fantasía; y la misericordia divina abarca todas las cosas, hasta el punto de que el castigo mismo puede volverse dulce.

El Fusus importa porque fijó durante siglos el vocabulario de la mística filosófica islámica. Desde la generación de sus discípulos se convirtió en un texto de estudio, comentado más de cien veces en árabe, persa y turco, y su influencia llegó a la poesía persa, al pensamiento otomano y a la India. Al mismo tiempo fue uno de los libros más atacados del pensamiento islámico, acusado de panteísmo y de herejía. Esa doble historia —veneración y condena— forma parte de su significado. Para el lector actual es un texto difícil, que exige paciencia y comentario, pero ofrece una de las meditaciones más profundas que existen sobre la relación entre lo absoluto y lo relativo.

Nota de autoría

Según el prefacio, el Profeta se lo entregó en sueños en Damasco a finales de muharram de 627 (diciembre de 1229). Se conserva una copia de Sadr al-Din al-Qunawi leída ante el autor. Edición de referencia: Abu al-Ala Afifi (El Cairo, 1946).

Contexto de composición

Ibn Arabi nació en Murcia en 1165, se formó en Sevilla y dejó al-Ándalus hacia 1200 para no volver. Tras años en La Meca y en Anatolia, donde se casó con la madre de su discípulo Sadr al-Din al-Qunawi, se estableció en Damasco hacia 1223, y allí pasó sus últimos años hasta su muerte en 1240. El Fusus es, por tanto, una obra de madurez, escrita cuando ya había compuesto la primera redacción de las Iluminaciones.

Según su prefacio, el libro no es fruto de su reflexión: en la última decena del mes de muharram del año 627 de la hégira (diciembre de 1229), en Damasco, vio en sueños al Profeta, que le entregaba un libro con ese título y le ordenaba darlo a conocer. Ibn Arabi afirma haberlo transmitido tal como lo recibió, sin añadir ni quitar nada. Se dirigía a un círculo restringido de discípulos ya iniciados en su lenguaje; no es un libro de divulgación, y sus primeros lectores lo estudiaron con el autor o con al-Qunawi.

Estructura

  1. 01

    Prefacio

    Relata la visión de Damasco en la que el Profeta entrega el libro a Ibn Arabi y le ordena difundirlo. El autor declara que se limita a transmitirlo sin añadir nada y pide a Dios ser de aquellos sobre los que el demonio no tiene poder. Sitúa así la obra como inspirada, no como tratado de autor.

  2. 02

    Cap. 1: Adán

    «La sabiduría divina en la palabra de Adán». El capítulo fundacional: Dios quiso verse a sí mismo en un ser que lo abarcara todo; el mundo era un espejo sin pulir y Adán fue su pulimento. Expone la noción del ser humano perfecto, imagen de Dios y su lugarteniente en la tierra.

  3. 03

    Caps. 2–5: Set, Noé, Idrís, Abraham

    Tratan de los dones divinos, que cada ser recibe según su predisposición; de la necesidad de unir trascendencia e inmanencia, a propósito de la predicación de Noé; de la santidad y la elevación con Idrís; y del amor y la «amistad» de Abraham, en la que Dios y el ser humano se compenetran.

  4. 04

    Caps. 6–11: Isaac, Ismael, Jacob, José, Hud, Salih

    Contienen la teoría de la imaginación: el sueño de Abraham de sacrificar a su hijo debía interpretarse, y el mundo entero es como un sueño que hay que interpretar, según el capítulo de José. Con Hud aparece la idea de que todo ser camina por un «camino recto» porque Dios lo lleva de la mano.

  5. 05

    Caps. 12–17: Shuayb, Lot, Esdras, Jesús, Salomón, David

    El corazón que contiene a Dios y adopta todas las formas (Shuayb); el secreto de la predestinación (Esdras); Jesús como espíritu y aliento divino que da vida; la misericordia que precede a la ira, a partir de la carta de Salomón a la reina de Saba; y el califato humano en David.

  6. 06

    Caps. 18–24: Jonás, Job, Juan, Zacarías, Elías, Luqmán, Aarón

    Defienden el valor de la vida y del cuerpo humano, obra de Dios que no se debe destruir (Jonás); la queja dirigida solo a Dios (Job); la relación entre intelecto e imaginación (Elías); y, en el capítulo de Aarón, una lectura del becerro de oro según la cual en todo objeto de adoración es Dios quien es adorado.

  7. 07

    Caps. 25–27: Moisés, Jalid ibn Sinán, Muhammad

    El capítulo de Moisés, de los más largos, incluye la controvertida tesis de que el faraón murió creyente. Jalid ibn Sinán es un profeta árabe preislámico cuyo mensaje se perdió. El libro termina con Muhammad y la «sabiduría de la singularidad», comentando el hadiz de las tres cosas que le fueron hechas amables: las mujeres, el perfume y la oración.

Temas principales

Los Nombres divinos y las entidades inmutables

Dios se da a conocer a través de sus Nombres —el Vivo, el Sabio, el Misericordioso—, y cada ser del mundo es el lugar donde uno o varios de ellos se manifiestan. Antes de existir, las cosas son «entidades inmutables» en el conocimiento divino; existir es recibir el ser según la propia predisposición. Por eso cada ser es exactamente lo que puede ser, y nada recibe de Dios más que lo que su naturaleza pide.

El ser humano perfecto

El ser humano es un microcosmos que reúne todos los Nombres, y por eso es el único capaz de reflejar a Dios entero. Cuando realiza esa capacidad —en el profeta y en el santo— se convierte en el espejo pulido del mundo y en el lugarteniente de Dios. La noción de *insan kamil*, ser humano perfecto, se convirtió desde este libro en una de las claves del sufismo posterior.

Trascendencia, inmanencia y el Dios de las creencias

Afirmar solo que Dios es incomparable lo encierra en una abstracción; afirmar solo su semejanza con las criaturas lo confunde con ellas. El conocedor une ambas cosas. De ahí la tesis de que cada creyente adora al Dios que su creencia ha configurado, y de que el sabio reconoce a Dios en todas las formas en que se le adora sin quedar atado a ninguna.

La imaginación como conocimiento

Para Ibn Arabi la imaginación no es fantasía, sino la facultad que percibe lo espiritual en forma sensible: en los sueños, en las visiones, en la revelación. El mundo mismo es una forma de imaginación que hay que interpretar, como un sueño. Esta tesis, desarrollada en los capítulos de Isaac y José, inspiró en el siglo XX la lectura de Henry Corbin.

La misericordia que lo abarca todo

Partiendo del versículo coránico «mi misericordia abarca todas las cosas», el libro sostiene que la misericordia precede a la ira y acabará prevaleciendo. Llega a afirmar que el castigo puede convertirse en dulzura para quien lo padece y que el faraón murió creyente. Fueron estas tesis, más que la metafísica, las que provocaron las condenas más duras.

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  • Das Buch der Siegelringsteine der Weisheitssprüche

    Akademische Druck- u. Verlagsanstalt, 1970

    Traducción: Hans Kofler

    Traducción alemana; sin ISBN en catálogo.

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Fuentes

  • Ibn al-Arabi. Fusus al-hikam. Ed. Abu al-Ala Afifi. El Cairo, 1946. Trad. inglesa: R. W. J. Austin, The Bezels of Wisdom (Classics of Western Spirituality). Nueva York: Paulist Press, 1980.

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