Chapter 26 of 39
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Extranjero. -Cuando se nos preguntaba a qué objetos conviene aplicar el nombre del NO-SER, nos veíamos perplejos. ¿Te acuerdas?
Teetetes. -Perfectamente.
Extranjero. -Y con respecto al SER, ¿nos vemos ahora menos perplejos?
Teetetes. –En mi opinión, extranjero, me parece que ahora lo estamos más, si es posible.
Extranjero. -Éste es un punto que no hay necesidad de decidir. Puesto que el SER y el NO-SER nos ponen igualmente en un conflicto, tenemos, para lo sucesivo, la esperanza de que tan pronto como el uno se muestre a nosotros, con más o menos oscuridad o claridad, el otro se mostrará de la misma manera. Y aun cuando no pudiésemos concebir el uno, ni el otro, aun en este caso, deberíamos continuar en nuestras indagaciones, del mejor modo que nos fuera posible y sin separarlo.
Teetetes. -Bien.
Extranjero. -Expliquemos de dónde nace, que, a cada momento, designamos una sola misma cosa con muchos nombres diferentes.
Teetetes. -¿Cómo? Ponme un ejemplo.
Extranjero. -Cuando hablamos de un hombre, le damos diversas denominaciones, le designamos por el color, la forma, el talle, por sus vicios, y sus virtudes. Por medio de estas calificaciones y por otras mil, decimos de él, no sólo que es un hombre, sino que es bueno, que es tal o cual, y así hasta el infinito. Con respecto a todos los demás objetos, procedemos de la misma manera, reconocemos cada cosa como una sola y, después, la designamos por muchas propiedades y con muchos nombres.
Teetetes. -Es cierto lo que dices.
Extranjero. -He aquí, yo creo, un regalo que acabamos de preparar a los hombres de escasa instrucción, ya sean jóvenes o ancianos. Porque cada uno de éstos puede objetarnos, que es imposible que muchos sean uno, que uno sea muchos, y cuán satisfechos quedarán, declarándonos que no es permitido decir “hombre bueno”, sino que “lo bueno es bueno”, y “el hombre, hombre”. Sin duda, Teetetes, más de una vez, te habrás encontrado con hombres dados a semejantes argucias, y, con frecuencia, hasta con ancianos; tal es su pobreza de espíritu y de conocimientos, que están como en éxtasis delante de estas miserias, y se imaginan haber llegado a la cima de la sabiduría.
Teetetes. -Todo eso es muy cierto.
Extranjero. -A fin de que nuestra discusión se dirija a todos aquellos que nunca se han ocupado del SER, de cualquier manera que sea, téngase entendido que todo cuanto vamos a decir, en forma de preguntas, lo mismo Va contra estos últimos, que contra aquellos a quienes hemos ya combatido.
Teetetes. -Pero, ¿qué vamos a decir?
Extranjero. –Lo siguiente. ¿Decidiremos que no es preciso atribuir la existencia al movimiento y al reposo; ni ninguna cosa a ninguna cosa, si no que toda unión es imposible, y que los seres no pueden participar los unos de los otros? ¿O bien, los juntaremos todos considerándolos como susceptibles de comunicación entre sí? ¿O bien, uniremos unos y separaremos otros? De estos tres partidos, mi querido Teetetes, ¿cuál debemos creer que escogerán nuestros entendidos rivales?
Teetetes. -Yo no podría ponerme en lugar de ellos, para responder a estas preguntas. ¿Pero, no podrás encargarte tú mismo de hacerlo, para, en su vista, examinar las consecuencias de cada una de las tres suposiciones?
Extranjero. -Muy bien. Supongamos, si quieres, que declaren, en primer lugar, que ninguna cosa tiene en manera alguna poder de comunicar con las demás. ¿No se sigue, de aquí, que el reposo y el movimiento no participan, de manera alguna, del SER?
Teetetes. -Sin duda.
Extranjero. -¿Pero existirán, ni una, ni otra, de estas dos cosas, si no tienen nada de común con el SER?
Teetetes. -No existirán.
Extranjero. -El efecto inmediato de esta concesión es trastornarlo todo, a mi parecer, lo mismo en el sistema que supone en movimiento el universo, como en el que, haciéndole uno, le condena a la inmovilidad, como en el de aquellos que, admitiendo las IDEAS, sostienen que los seres subsisten invariables, semejantes a sí mismos. Todos estos filósofos unen el SER al universo, diciendo, los unos, que está verdaderamente en movimiento, los otros, que está verdaderamente en reposo.
Teetetes. - Perfectamente.
Extranjero.- Y los filósofos, que sucesivamente unen y separan todas las cosas, sea que hagan salir el infinito de lo Uno, y lo hagan, de nuevo, entrar en Él, sea que descompongan el universo en un número limitado de elementos, que, en seguida combinan, y ya, por otro lado, estas alternativas tengan lugar durante un cierto tiempo o ya se verifiquen siempre; todos estos filósofos nada razonable pueden decir, si no es posible la unión.
Teetetes. -Bien.
Extranjero. -Además, esos mismos que no permiten que una cosa se diga de otra, en virtud de su comunicación recíproca, se ven obligados a transigir, en su propio lenguaje, de la manera más donosa.
Teetetes. -¿Cómo?
Extranjero. -Se ven obligados, a cada momento, a servirse de las expresiones: “ser”, “separadamente”, “otro”, “lo mismo”, y otras mil análogas. Puesto que no pueden pasarse sin ellas y que las mezclan en todos sus discursos, no hay necesidad de que otros los combatan; como que hospedan, como suele decirse, en su misma casa, al enemigo y contradictor, oyendo, por todas partes, una voz que se lo advierte, como al insensato Euricles.
Teetetes. -Lo que dices es cierto, y tu comparación es exacta.
Extranjero. -Pero que sucederá si dejamos a todas las cosas el poder de comunicarse entre sí?
Teetetes. -Eso soy yo capaz de explicarlo.
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