Capítulo 6 de 39
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Extranjero. -En la una se venden los productos de su propia industria, y la llamaremos comercio de primera mano; en la otra se venden los productos de una industria ajena, y la llamaremos comercio de segunda mano.
Teetetes. -Muy bien.
Extranjero. -¡Pero qué! En el comercio de segunda mano, al que se hace en la ciudad misma, que es casi la mitad de este comercio, ¿no se llama tráfico?
Teetetes. -Sí.
Extranjero. -El otro, que consiste en ir de ciudad en ciudad, comprando y vendiendo, ¿no es lo que se llama negocio?
Teetetes. -Sin duda.
Extranjero. -¿En el negocio, no distinguimos dos partes, una que suministra por el dinero todo lo que es necesario al alimento del cuerpo, y otra que suministra todas las cosas que necesita el alma?
Teetetes. -¿Qué quieres decir con eso?
Extranjero. –Indudablemente, la dificultad que experimentamos es respecto del alma, porque, por lo demás, comprendemos bien lo que concierne al cuerpo.
Teetetes. -Si.
Extranjero. –La música, en general, que se compra y se vende de ciudad en ciudad; el arte del dibujo; el de las apariencias y encantamientos; todos los que se dirigen al alma, sea para encantarla, sea para instruirla, y cuyas obras son transportadas y vendidas; todo esto constituye un comercio, y consideramos al que lo ejerce tan negociante como el que lo hace con granos y líquidos.
Teetetes. -Es la verdad.
Extranjero. -El que compra conocimientos y, en seguida, los cambia por el dinero, yendo de ciudad en ciudad, ¿no le darás, también, el hombre de negociante?
Teetetes. -Sin duda.
Extranjero. -Una parte de este negocio de las cosas del alma podría llamarse muy bien exhibición de objetos de aparato y de lujo; y la otra debería tener igualmente un nombre, que será ridículo si ha de ser apropiado a la cosa, puesto que se trata de la venta de conocimientos.
Teetetes. -Evidentemente.
Extranjero. -En este comercio de los conocimientos, es preciso designar con un nombre la parte que se ocupa de los relativos a las otras artes, y con otro nombre, la que se ocupa de los relativos a la virtud.
Teetetes. -Es imposible dejar de hacerlo así.
Extranjero. -Comercio de las cosas de arte, he aquí un nombre que conviene perfectamente a la primera parte. Procura encontrar otro para la segunda.
Teetetes. -¿Qué otro nombre darle, para no equivocarse, que el del género que es objeto de nuestra indagación, el género sofístico?
Extranjero. -Ningún otro. Resumamos, pues, diciendo que el arte del sofista, bajo su segunda forma, se nos presenta como el.arte de adquirir por el comercio, haciendo cambios; como un negocio, como el negocio de las cosas del alma; y como ventas de discursos y conocimientos relativos a la virtud.
Teetetes. -Muy bien.
Extranjero. -En cuanto a su tercera forma, si un hombre se estableciese de una manera fija en su ciudad, y allí comprando y fabricando él mismo conocimientos, hallase medio de vivir vendiéndolos en seguida, creo que a este comercio le podremos dar el mismo nombre que al anterior.
Teetetes. -Sin duda.
Extranjero. -Por lo tanto, el arte de adquirir por el comercio, haciendo cambios, ya se compren o se fabriquen los productos, en una palabra, el comercio de los conocimientos de que hemos hecho mención, cualquiera que sea el modo, es, en todo caso, a lo que parece, lo que tú llamas arte sofística.
Teetetes. -Necesariamente, si nos hemos de dejar guiar por la razón.
Extranjero. –Examinemos, aún, si el género, cuyo conocimiento tratamos de adquirir, se refiere a alguna otra categoría.
Teetetes. -¿A cuál?
Extranjero. -Una de las partes del arte de adquirir es, como hemos dicho, el arte de combatir.
Teetetes. -En efecto, así es.
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