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The ConsciousLibrary

Capítulo 14 de 39

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Extranjero. -¡Qué! Pretender que se saben todas las cosas y que todas se pueden enseñar a otros, a precio módico y en poco tiempo, ¿no es también una burla? Teetetes. -Incontestablemente

.Extranjero. -¿Conoces burla que exija más arte y produzca más placer que la imitación?

Teetetes. -No porque lo que designas con un solo nombre encierra mil variedades.

Extranjero. -¿No estimamos que el hombre, que se alaba de ser capaz de hacer todas las cosas mediante un solo arte, es lo mismo que el que, por medio de la pintura, imita seres, les da los mismos nombres y, mostrando estas imágenes de lejos a los niños, que no tienen uso de razón, hace que formen una idea ilusoria de su habilidad, y les convence de que puede fabricar perfectamente, con sus manos, cuanto quiera?

Teetetes. -Sin duda.

Extranjero. -Y bien, ¿no creemos que puede darse, en los discursos, un arte semejante? ¿No es posible que se engañe a los jóvenes, alejados aún de la verdad de las cosas, haciéndoles oír vanos discursos, mostrándoles, de palabra, imágenes de, todos los seres, convenciéndoles de que estas imágenes son la Verdad misma, y que el que se las presenta es, en todo, el más instruido de los hombres?

Teetetes. –No obsta a que semejante arte exista.

Extranjero. -Respecto a la mayor parte de los que oyen estos discursos, mi querido Teetetes, cuando, con el transcurso del tiempo, han llegado a la edad madura, ¿no es una necesidad que, encontrándose con las cosas mismas, y forzados, por las impresiones que reciben, a fijar en ellas su atención, modifiquen sus primeras opiniones, juzguen pequeño lo que les había parecido grande, difícil lo que habían visto fácil, y que vean, en fin, desvanecerse, por todas partes, los fantasmas de aquellos discursos engañosos, al contacto de los hechos y de la realidad?

Teetetes. -Así lo pienso, en cuanto lo permite mi edad; porque soy aún de los que no perciben las cosas más que de lejos.

Extranjero. -He aquí por qué los presentes nos esforzaremos, y ya nos esforzamos, en aproximarte a la Verdad, aun antes de que lleguen, para ti, las advertencias de la experiencia. Pero volvamos al sofista, y dime: ¿no es ya claro para nosotros que es un charlatán que quiere imitar la realidad, o dudamos aun, en razón de si, siendo capaz de discutir sobre todas las cosas, posee verdaderamente la ciencia universal?

Teetetes. -No, extranjero, eso no puede, ser. Después de lo que hemos dicho, es claro que debe colocarse al sofista entre los farsantes.

Extranjero. -Es preciso definir al sofista, diciendo que es un charlatán y un imitador.

Teetetes. ¿Cómo no definirlo así?

Extranjero. -¡Ánimo, pues! Ahora no dejemos escapar la caza. Le hemos envuelto en la red de los razonamientos con que le hemos sitiado por todas partes, y no puede escapar.

Teetetes. -¿De qué?

Extranjero. –De ser considerado como un miembro de la familia de los autores de encantamientos.

Teetetes. -La misma idea me formo yo del sofista.

Extranjero. -En consecuencia, es preciso que cuanto antes dividamos el arte de producir imágenes. Cuando hayamos llegado a determinar sus partes, si el sofista nos aguarda a pie firme, nos apoderamos de él, según la orden del rey, al cual se lo entregaremos, como una ofrenda de nuestra caza. Si huye y se oculta en alguna de las divisiones del arte de imitar, le perseguiremos, analizando el punto en que él se ha refugiado, hasta que le hayamos cazado. Seguramente, ni él, ni ningún otro, se alabará nunca de haberse librado del método de los que saben abrazar las cosas, a la vez, en sus detalles y en su conjunto.

Teetetes. –Perfectamente, eso es lo que debe hacerse.

Extranjero. -Siguiendo nuestro método precedente de división, creo encontrar dos especies en el arte de imitar. Pero, ¿a cuál de las dos pertenece la forma que buscamos? No me considero capaz de encontrarla.

Teetetes. -Comienza por decirnos y explicarnos, cuáles son estas dos especies.

Extranjero. –Distingo, desde luego, en el arte de imitar el de copiar. Copiar es reproducir las proporciones del modelo, en longitud, latitud y profundidad y, además, añadir, a cada rasgo del dibujo, los colores convenientes, de tal manera que la imitación sea perfecta.

Teetetes. -¿Pero, no es eso mismo lo que intentan hacer todos los que se proponen imitar un objeto?

Extranjero. -No, por lo menos, los que ejecutan las grandes obras de pintura y escultura. Sabes bien que, si diesen sus verdaderas proporciones a las bellas figuras, que representan, las partes superiores nos parecerían demasiado pequeñas y las inferiores, demasiado grandes; porque vemos las unas de lejos, y las otras, de cerca. Así, nuestros artistas de hoy, sin cuidarse de la Verdad, calculan las proporciones de sus figuras, teniendo en cuenta, no la realidad, sino la apariencia.

Teetetes. -Así es, en efecto, como proceden.

Extranjero. -¿No es oportuno llamar una copia a esta primera clase de imitación, puesto que se parece al objeto?

Teetetes. -Sí.

Extranjero. –¿Y no es preciso llamar, como dijimos antes, el arte de copiar a esta parte del arte de imitar?

Teetetes. -Es preciso llamarla así.

Extranjero. -¿Y cómo llamaremos lo que tiene apariencia de bello, porque, en vista de lo bello, se ha arreglado la perspectiva, pero que cuando se considera por despacio, se ve que no se parece al objeto, cuya imagen representa? Puesto que se parece, sin parecerse realmente, ¿no es un fantasma?

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