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The ConsciousLibrary

Capítulo 3 de 5

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A esto Ctésipo no contestó nada. Respecto a mí, quedé sorprendido de lo que oía. ¿Cómo dices eso, Dionisodoro? le dije: no es la primera vez que oigo y admiro semejante razonamiento. Los discípulos de Protágoras, y otros más antiguos que ellos, se servían de él ordinariamente, y a mi parecer, es magnífico para destruirlo todo y destruirse a sí mismo. Yo espero que tú, mejor que ningún otro, me descubras hoy el secreto de tal razonamiento. ¿No es tu propósito hacer ver que es imposible decir cosas falsas, y que necesariamente es preciso que el que habla diga la verdad o que no diga nada?

Dionisodoro lo confesó. Yo añadí: ¿quiere decir esto que no se pueden decir cosas falsas, y que sólo se pueden pensar? —Ni pensar tampoco–, dijo él. —¿Luego no cabe formar opiniones falsas? —No. —¿Es decir que no hay ignorancia ni ignorantes, porque si uno pudiera engañarse, sería por ignorancia? —Seguramente. —Pero esto no puede suceder. —No, ciertamente. —Por favor, Dionisodoro, dime si al hablar de esta manera lo haces sólo por divertirte y para sorprendernos, o si crees efectivamente que no hay ignorantes en el mundo. —Pues pruébame que yo me engaño. —¿Cómo se te ha de rebatir, si dices que no es posible el engaño? —No –dijo Eutidemo–; no puede ser. —Pero –repuso Dionisodoro– yo no te he dicho que refutes mi error; porque ¿cómo se pide lo que no es posible? —¡Oh Eutidemo!, respondí yo; no puedo comprender en su fondo todas estas cosas magníficas, si bien comienzo a vislumbrarlas. Quizá te haga una súplica impertinente, pero perdónamela, si gustas. Si nadie puede engañarse ni tener una opinión falsa y si no hay ignorantes, es imposible que nadie cometa falta alguna en su conducta, porque el que obra no podrá engañarse en sus acciones. ¿Es así como vosotros lo entendéis? —Así es. —He aquí como consecuencia de esto la pregunta grave que os quiero hacer: si nadie puede engañarse, ni en sus acciones, ni en sus palabras, ni en sus pensamientos, ¿qué es, ¡por Júpiter! lo que venís a enseñarnos? No os alababais, hace un momento, de saber mejor que nadie enseñar la virtud a cuantos quieran aprenderla? —Tú chocheas, Sócrates, replicó Dionisodoro, al venir alegando con lo que dijimos antes. A este paso, si hubiera adelantado una opinión hace un año, me la echarías en cara, y lo que conviene es que te fijes en lo que decimos ahora. —No sin razón, porque son cosas difíciles, que han sido dichas por personas muy entendidas. Sobre todo, encuentro que no es fácil responder a tus últimas objeciones, porque cuando me echas en cara, Dionisodoro, que no tomo en cuenta lo que dices, ¿qué es lo que pretendes? ¿Es para que no tenga yo nada que responderte? ¿Qué otra cosa quieren decir tus palabras, sino que no tengo nada que oponer a tus argumentos? —Pero tú mismo, replicó Dionisodoro, ¿qué quieres que yo oponga a los tuyos? Responde, Sócrates. Pero Dionisodoro, responde antes. —¿Por qué no quieres tú responder? —¿El primero? Eso no es justo, repliqué yo. —Por el contrario, muy justo. —¡Ah! ¿por qué razón? Sin duda es porque, siendo tu un hombre maravilloso en el arte de hablar, sabes perfectamente cuándo debe responderse y cuándo no. Así que no me respondes, porque no crees procedente hacerlo ahora. —Eso es chancearse, dijo él, no es responder; pero créeme, haz lo que te digo, y puesto que estás de acuerdo en que soy más hábil que tú, respóndeme. —Es preciso obedecer; es una necesidad, puesto que eres el maestro. Interroga todo lo que quieras. —Las cosas que quieren decir algo ¿son animadas o no lo son? —Son animadas. —¿Conoces tú palabras animadas? —No, ¡por Júpiter! —¿Por qué preguntabas antes lo que mis palabras querían decir? —¿Qué sé yo? Yo soy un ignorante, quizá también no me haya engañado, y habré tenido razón para atribuir inteligencia a las palabras; ¿qué te parece? He dicho bien ó mal? Porque si no me he engañado, tú serás el poco hábil; no podrás responderme ni decir nada de mis palabras; y si me he engañado, no tienes razón para decir que es imposible engañarse; ya ves que no te cito ahora opiniones de hace un año. Pero todo esto viene a parar en lo mismo: estos discursos son de tal calidad, que, destruyendo todos los demás, se destruyen a sí propios, y a este respecto os encuentro poco precavidos, por más que admire por otra parte la sutileza de vuestras palabras.

En este momento, Ctésipo exclamó: buenos amigos de Turio, de Quios o de la ciudad que queráis, esto es muy bello, pero parece que os divertís en soñar estando despiertos. Yo temí que pasaran al terreno de las injurias; traté, pues, de apaciguarlos, y le dije a Ctésipo: te repetiré a ti lo que dije antes a Clinias; no conoces la maravillosa ciencia de estos extranjeros; antes de enseñarla seriamente, nos la ocultan, como Proteo el sofista egipcio. Pero nosotros a la vez no nos desanimemos como Menelao, y démosles treguas hasta que con formalidad nos hayan descubierto su secreto, porque si quieren espontanearse a nosotros, no dudo que nos enseñarán cosas admirables. Empleemos, pues, nuestras súplicas y nuestros conjuros para obtener de los mismos este beneficio. Pero antes quiero explicarles lo que exijo de ellos, y para esto voy a tomar el discurso, donde quedó interrumpido, para darle la última mano. Quizá conseguiré excitar su compasión, y que me instruyan de tan buena fe, como de buena fe exijo yo ser instruido.

¿Dónde lo dejamos? Clinias, dímelo, te lo suplico. ¿No era en aquel punto, en que estábamos de acuerdo, de que es preciso entregarnos al estudio de la filosofía? –El mismo, respondió. –¿No es la filosofía la adquisición de una ciencia? –Seguramente. –¿Pero qué ciencia es la que conviene adquirir?, ¿no es la que nos puede ser provechosa? –La misma. –Si recorriendo el mundo supiéramos dar con un país donde se encuentre el oro abundante, ¿este conocimiento nos seria útil? –Es posible, dijo. –¿Pero no te acuerdas que antes convinimos en que todo el oro del mundo es inútil, aun cuando le poseyéramos, sin necesidad de profundizar la tierra ni de usar del arte de convertir las piedras en oro, si no sabemos hacer de él un buen uso? –De acuerdo. –Por consiguiente, ninguna ciencia, ni el arte de enriquecerse, ni la medicina, ni otra alguna es útil, si no enseña a servirse de aquello de que se trata. –Él lo confesó. –Por ejemplo: la que nos hiciese inmortales de nada nos serviría, si no nos enseñaba a servirnos de la inmortalidad conforme a lo que hemos dicho. –En esto convinimos ambos. –Tenemos necesidad, mi querido Clinias, de una ciencia que sepa hacer y sepa usar de aquello que ella trata? –Lo confieso, dijo. –No es necesario que aprendamos la ciencia del constructor de liras, porque hay mucha diferencia entre un constructor y un tocador de lira: la manera de hacer una lira y la de hacer uso de ella no son las mismas, ¿no es así? –Sin duda. –¿Qué necesidad tenemos del arte de hacer flautas, puesto que no se aprende a hacer uso de ellas? –Lo concedió. –¡Pero en nombre de los dioses!, ¿para ser dichosos no haremos bien en adquirir el arte de pronunciar arengas?– Yo no lo creo, respondió. –¿Por qué? –Porque he visto a estos oradores servirse tan mal de sus arengas, como los constructores de instrumentos de sus liras. Las hacen para los demás que saben emplearlas y no hacerlas. En las arengas sucede lo mismo que en todo lo demás; el arte de componerlas y el de servirse de ellas, no son lo mismo. –He aquí, dije yo, lo que prueba suficientemente que el arte de arengar no es capaz de hacer la felicidad de los hombres. –Sin embargo, me imaginaba que era esta la ciencia, que hacía mucho tiempo buscábamos, porque a decir verdad, Clinias, siempre que hablo con los oradores, los encuentro admirables y su arte me parece divino; lo considero como una especie de encantamiento, porque así como por la virtud de los encantos se dulcifica el furor de las víboras, de las arañas, de los escorpiones, de otros animales venenosos, y el de las enfermedades, las arengas tienen igualmente fuerza de calmar el ánimo de los jueces, de los oyentes, de las asambleas y de la multitud; ¿no es este tu parecer? –No tengo otro, dijo. –¿A dónde volveremos los ojos? ¿cuál es la ciencia a la que debemos dirigirnos? –Estoy perplejo. –Aguarda; creo haberla encontrado. –¿Cuál es?, me dijo Clinias. –El arte militar, dije, es a mi parecer el que debe adquirírse para, ser dichoso. –Témome que te engañas. –¿Por qué? –Porque no es más que una caza de hombres. –¿Y entonces? –El cazador, dijo, no hace más que descubrir y perseguir su presa, y cogida, ya no sabe qué hacer de ella, y haciendo lo que el pescador la pone en manos del cocinero. Los geómetras, los astrónomos, los aritméticos son también cazadores; no hacen las figuras ni los números; los encuentran todos hechos, y no sabiendo servirse de ellos, los más sabios los entregan a los dialécticos a fin de que los utilicen. –¡Oh Clinias, tú, el más elegante y sabio de los jóvenes! ¿Es cierto eso que dices? –Sin duda; y así de igual modo los generales de ejército, después que se han hecho dueños de una plaza o de un país, lo abandonan a los políticos, porque su fin exclusivo es la victoria, y hacen lo que los pajareros, que después que cogen los pájaros en sus redes, los entregan a otros para que los mantengan. Por consiguiente, si para hacernos dichosos tenemos necesidad de un arte, mediante el que se sepa usar de lo que es objeto del mismo o de lo que se ha cogido en la caza; busquemos otro que no sea el arte militar.

Critón: ¿Te burlas? Sócrates. ¿Es posible que Clinias haya dicho lo que acabo de oírle?

Sócrates: ¿Dudas de ello?

Critón: Sí, ¡por Júpiter!, dudo, porque si ha hablado de esa manera, ninguna necesidad tiene ni de Eutidemo ni de ningún otro para maestro.

Sócrates: ¡Por Júpiter!, ¿sería quizá Ctésipo el que dijo tales cosas? porque a la verdad no lo recuerdo.

Critón: ¿Ctésipo, dices?

Sócrates: Por lo menos estoy seguro de que ni Eutidemo ni Dionisodoro fueron los que lo dijeron. A menos que no fueran inspirados, mi querido Critón, por algún espíritu superior; pero de no habérselo oído a ellos, estoy seguro.

Critón: Sí, ¡por Júpiter!, cualquiera que sea el autor, es un espíritu superior. Pero, en fin, encontrasteis la ciencia que buscabais o no la encontrasteis?

Sócrates: ¿Cómo, si la encontramos? Pasó una cosa graciosa. Nos sucedió lo que a los niños que corren tras de las alondras; que cuando creíamos tenerla cogida, se nos escapaba, y dejando a un lado todas las ciencias que examinamos, nos fijamos en la del arte de reinar, y nos preguntamos a nosotros mismos, si era él capaz de hacer a los hombres dichosos. Pero como si hubiéramos entrado en un laberinto, cuando creímos estar al fin, nos encontramos como al principio, y como si nada hubiéramos hecho.

Critón: ¿Pues cómo?, Sócrates.

Sócrates: Te lo diré. La política y el arte de reinar nos parecieron una misma cosa.

Critón: ¿Y luego?

Sócrates: Viendo que el arte militar y todas las demás ciencias someten sus obras a la política, como única ciencia que sabe hacer buen uso de ellas, creímos que era ésta la que buscábamos, y también la causa de la felicidad pública, y en fin, como dice Esquiles, que ella gobernaba sola y lo arreglaba todo teniendo por norte el interés general.

Critón: ¿Por ventura os engañasteis en eso?, Sócrates.

Sócrates: Juzgarás por ti mismo, Critón, sólo con que tengas paciencia para oír lo demás. Continuamos nuestras indagaciones de esta manera. El arte de reinar, al que todos los demás están sometidos, ¿hace algo o no hace nada? Todos confesaron que hacía alguna cosa; y creo, que tú, Critón, serás de la misma opinión.

Critón: Sin dificultad.

Sócrates: ¿Cuál es, pues, su obra? Si yo te preguntase qué produce la medicina, me responderías que la salud.

Critón: Sí.

Sócrates: ¿Y la agricultura qué produce?, ¿qué hace? Me responderías que saca nuestros alimentos de la tierra.

Critón: Es cierto.

Sócrates: Y la ciencia de reinar, por su parte, ¿qué produce? Quizá me pedirás tiempo para pensarlo.

Critón: Lo confieso, Sócrates.

Sócrates: Nosotros decimos lo mismo; pero sabes, por lo menos, que, si es esta la ciencia que buscamos, debe ser provechosa.

Critón: Lo creo.

Sócrates: Es decir, que es preciso que nos proporcione un bien.

Critón: Así es necesario, Sócrates.

Sócrates: Nos pusimos, pues, de acuerdo Clinias y yo, en que el bien era una ciencia.

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