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The ConsciousLibrary

Capítulo 12 de 13

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Con razón te parece así. Pero, ¡en nombre de Júpiter!, [58] piensa en ello; porque debes ver sin duda la naturaleza y la magnitud de la dificultad, y me parece que ella te embaraza. Yendo tan pronto a la derecha como a la izquierda, no sabes en qué opinión fijarte; la misma que con gusto admitías, la desechas; y ya no te parece la misma. Pero más aún, si el dios a quien vas a orar, apareciéndote de repente, te preguntase, antes que tú hubieses comenzado tu oración, si te contentarías con algunas de las cosas de que hablamos al principio, o mejor que te permitiese pedirle lo que quisieses, ¿qué es lo que tú tendrías por más ventajoso, recibir lo que el dios te ofreciere, u obtener lo que tú le hubieses pedido?

Alcibíades

¡Por todos los dioses, Sócrates, no sé qué responderte! Porque me parece que no hay nada más insensato, ni que deba de evitarse con más cuidado, que el exponerse imprudentemente a pedir a los dioses males, creyendo pedirles bienes, y como tú decías, exponerse a cantar la palinodia un momento después, pidiendo todo lo contrario a lo que antes se pidió.

Sócrates

¿No es por esta razón por la que el poeta, de que hablé al principio de esta conversación y que sabía de esto más que nosotros, ha querido que todo hombre suplicase a los dioses que alejasen de él los males, aun cuando él se los pidiera?

Alcibíades

Así parece.

Sócrates

Los lacedemonios, sea que hayan imitado a este poeta, o que por sí mismos hayan descubierto esta verdad, hacen todos los días en público y en particular una oración semejante: piden a los dioses que les dé lo bueno con lo útil; nunca les oirá nadie pedir más. Sin embargo, no han sido hasta ahora menos felices que cualquiera otro [59] pueblo; y si han visto algunas veces interrumpido el curso de su prosperidad, no por eso hay que culpar a sus oraciones, porque los dioses son libres, y de ellos depende conceder lo que se les pide o enviar lo contrario. Con este motivo quiero referirte una historia que oí una vez contar a algunos ancianos. Estando los atenienses en guerra con los lacedemonios, sucedió que aquellos fueron siempre vencidos en todos los combates que tuvieron lugar por mar y tierra, sin poder conseguir jamás la superioridad. Irritados los atenienses con estas derrotas, y no sabiendo por qué medio prevenir nuevas desgracias, después de haber deliberado, creyeron que el mejor expediente era enviar a consultar al oráculo de Ammon, y suplicarle que les dijera por qué los dioses concedían la victoria más bien a los lacedemonios que a nosotros, que les ofrecemos más frecuentes y preciosos sacrificios que el resto de la Grecia; que decoramos sus templos con más ricas ofrendas que ningún otro pueblo; que hacemos todos los años en su honor las procesiones más suntuosas y más imponentes; y que, en una palabra, gastamos en el culto nosotros solos más que todos los demás griegos juntos. Los lacedemonios, por el contrario, añadían, no se toman ninguno de estos cuidados; son tan avaros para con sus dioses, que les ofrecen siempre víctimas mutiladas, y hacen mucho menos gasto que los atenienses en todo lo concerniente a la religión, aun cuando no son menos ricos. Luego que hubieron hablado de esta manera y preguntado cómo podrían librarse de los males que afligían a su ciudad, el profeta por toda respuesta (el dios sin duda no permitía otra), dijo al enviado: He aquí lo que Ammon responde a los atenienses: «que estima más las bendiciones de los lacedemonios que todos los sacrificios de los atenienses.» El profeta no dijo más. Por estas bendiciones de los lacedemonios entendía, a mi juicio, sus oraciones, que en efecto difieren de las de los demás pueblos; porque todos los otros griegos, ya ofrezcan toros con sus cuernos dorados, o ya consagren ricas ofrendas, piden en sus oraciones todo lo que les sugieren las pasiones, sin averiguar si son bienes o males. Pero los dioses que oyen sus blasfemias, no agradecen sus procesiones ni sus sacrificios suntuosos. Se necesita, a mi parecer, mucha precaución y mucha atención para saber lo que se debe decir y lo que se debe callar. En Homero encontrarás un ejemplo semejante al precedente: «Mientras construían un fuerte, dice, los troyanos ofrecían a los inmortales grandes hecatombes, y los vientos llevaban de la tierra al cielo un olor agradable; y sin embargo los dioses se negaron a gustarlo, porque tenían aversión a la ciudad sagrada de Troya, a Príamo y al pueblo de este rey hábil en el manejo de la lanza[6].»

Y así, en vano era hacer sacrificios y ofrecer dones a los dioses, que les aborrecían; porque no es posible, dada la naturaleza de los dioses, dejarse corromper por presentes como un codicioso usurero; y seriamos unos insensatos, si pretendiéramos por este medio hacernos más agradables a sus ojos que los lacedemonios. En efecto, sería cosa extraña, que los dioses atendiesen, para distinguir los que son santos y justos, más a nuestros dones y a nuestros sacrificios que a nuestra alma. Pero no, en mi opinión, ellos tienen más en cuenta el alma que las procesiones y los sacrificios suntuosos; porque este último homenaje pueden los particulares y los Estados, que más han faltado a los dioses y a los hombres, ofrecerle todos los años. Y así los dioses incorruptibles desprecian todas estas cosas, como el dios mismo y su profeta lo han declarado. Hay, pues, grandes trazas de que los dioses y los hombres sensatos honran ante todo la justicia y la sabiduría. Ahora bien; verdaderamente justos y verdaderamente sabios no [61] son más que aquellos, que en sus palabras y en sus acciones saben cumplir con lo que deben a los dioses y a los hombres. Tendría gusto en saber qué piensas sobre esto.

Alcibíades

Yo, Sócrates, no puedo menos de conformar mi modo de pensar con el tuyo y con el del dios. ¿Sería razonable que fuese yo a contradecir sus oráculos?

Sócrates

¿No recuerdas haberme dicho, que temías mucho pedir a los dioses males, sin tú conocerlo y creyendo pedirles bienes?

Alcibíades

Me acuerdo.

Sócrates

Ya ves que no puedes ir con seguridad a suplicar al dios; porque podría suceder que, al oírte blasfemar, desechase tu sacrificio, y que te enviase una cosa muy distinta de la que le hubieres pedido. Yo hallo que vale más que te mantengas quieto, porque no creo que la exaltación actual de tu espíritu, que es el nombre más digno que puede darse a la locura, te permita servirte de la oración de los lacedemonios. Por esta razón, debes esperar a que alguno te enseñe la conducta que debes observar con los dioses y con los hombres.

Alcibíades

¿Y cuándo llegará ese tiempo, Sócrates, y quién será el que me instruya? ¡Con cuánto placer lo veré!

Sócrates

Lo hará el que vela por ti. Pero me parece que así como en Homero Minerva disipa la nube que cubría los ojos de Diomedes, a fin de que pudiese conocer si era un dios o un hombre[7], lo mismo es preciso que aquel disipe las tinieblas que envuelven tu alma, para ponerte en estado de discernir el bien del mal; porque al presente no me parece que estás en estado de hacerlo. [62]

Alcibíades

Que disipe esas tinieblas y todo lo que guste; cualquiera que sea ese hombre, por mi parte estoy dispuesto a obedecerle sin restricción, con tal que me haga yo mejor.

Sócrates

Por lo demás, él te tiene un cariño entrañable.

Alcibíades

Lo mejor, a mi parecer, será aplazar hasta entonces mi sacrificio.

Sócrates

Tienes razón, porque eso es más seguro que exponerse a correr tan gran peligro.

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· 12 · Alcibíades II — Platón · The Conscious Library