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The ConsciousLibrary

Capítulo 29 de 80

VII. · 1

Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular, tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:

—¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!

Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de un incidente sin importancia.

—¡Dios mío!—decía el cochero—; no he podido impedir esta desgracia. Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.

—Sí, de ese modo ha pasado—afirmó uno que había sido testigo de la escena.

—En efecto—dijo otro—; por tres veces le avisó el cochero.

—Sí, por tres veces, todos le hemos oído—añadió uno del grupo.

Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie sabía su nombre.

Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo reconoció.

—Le reconozco, le reconozco—gritó empujando a los que le rodeaban y colocándose en la primera fila del grupo—; es un antiguo funcionario, el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel... ¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!

Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba extraordinaria agitación.

Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado. Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor solicitud.

—Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar al hospital.

Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un agente de policía. Por otra parte, lo que el joven[94] le mandaba era perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza del herido, y enseñando el camino.

—¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias—murmuraba.

En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.

Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida (Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie, cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta, a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica. Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.

—No puedes imaginarte, Polenka—decía paseándose por la habitación—, qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto; así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan Mikhailtch, como gobernador.»

La interrumpió un golpe de tos.

—¡Oh condenada vida!

Escupió y se apretó el pecho con las manos.

—¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida—añadió, dirigiéndose a la chiquita—. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!—volvió a toser—. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?—exclamó al ver que el vestíbulo se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de fardo—. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!

—¿Dónde hay que ponerlo?—preguntó un agente de policía mirando en derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff ensangrentado y exánime.

—En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí—indicó Raskolnikoff.

—Es un borracho que ha sido atropellado en la calle—gritó uno desde la puerta.

Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa la estrechó en sus brazos.

Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá, Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.

—Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto—dijo el joven vivamente—. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado; no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que le traigan aquí. Yo ya[95] he venido a esta casa otra vez. Quizá no se acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...

—No volverá en si, no volverá en si—dijo con desesperación Catalina Ivanovna y se precipitó hacia su marido.

Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo; se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en su pecho los gritos prontos a escaparse.

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VII. · 1 · Crimen y castigo — Fiódor Dostoievski · The Conscious Library