Chapter 11 of 39
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Extranjero. –Pues bien, me parece que se puede dividir.
Teetetes. -¿Cómo?
Extranjero. -En la enseñanza y sus discursos hay, a mi parecer, un método más dulce y otro más rudo.
Teetetes -¿Cuáles son estos dos métodos?
Extranjero. -El uno antiguo, practicado por nuestros padres y del que muchas se sirven aún hoy para con sus hijos, a quienes tan pronto regañan con severidad, como reprenden con dulzura, cuando han cometido alguna falta. Puede llamársele, en general y no sin alguna propiedad, amonestación.
Teetetes. -Está bien.
Extranjero. -En cuanto al otro método, algunos, después de una madura reflexión, han creído que la ignorancia es siempre involuntaria; que el que cree saberlo todo y no duda de su mérito es mal elemento para aprender y, por lo tanto, que, después de muchas incomodidades, la amonestación no produce en la educación sino muy medianos resultados.
Teetetes. -No se engañan.
Extranjero. -Otro es el camino por el que llegan a destruir esta loca confianza.
Teetetes. -¿Por cuál?
Extranjero. -Interrogan a su hombre, sobre las cosas que él cree conocer, y que no conoce; mientras se extravía, les es fácil reconocer y juzgar sus opiniones y, entonces, cotejándolas en s1,1S discursos, comparan las unas con las otras, y por medio de esta comparación le hacen ver, que ellas se contradicen sobre los mismos objetos, considerados en las mismas relaciones y bajo los mismos puntos de vista. Viendo esto, el hombre se hace severo consigo mismo e indulgente con los demás. Por medio de este procedimiento, abandona la alta y elevada posición que tenía de sí mismo, siendo ésta, entre todas las despreocupaciones, la más conveniente para aprender, y la más segura para la persona interesada. Esto consiste, mi querido amigo, en que los que purifican el alma, piensan como los médicos respecto al cuerpo. Éstos son de parecer que el cuerpo no puede aprovechar los alimentos que se le dan, si no se empieza por expeler lo que puede impedirlo; y aquéllos juzgan que el alma no puede sacar ninguna utilidad de los conocimientos que se le dan, si no se cura al enfermo, por la refutación; si refutándole, no se le obliga a avergonzarse de sí mismo, sino se le arrancan todas las opiniones que se oponen, como un obstáculo, a los verdaderos conocimientos, si no se le purifica, si no se le enseña a reconocer que no sabe más que aquello que sabe y nada más.
Teetetes. -De todas las disposiciones interiores, es ésta precisamente la más hermosa y la más sabia.
Extranjero. -De todo esto, mi querido Teetetes, es preciso concluir que, en el método de refutación, consiste la más grande y poderosa de las purificaciones, y el que nunca ha sido refutado, aunque fuese el gran fey de Persia, como tiene impura la mejor parte de sí mismo, es preciso considerarle como maleducado, y desarreglado, precisamente con relación a cosas, en que el hombre que quiera ser verdaderamente dichoso, debería mostrarse como el más puro y bello del mundo.
Teetetes. -No se puede hablar mejor.
Extranjero. -¿Cómo llamaremos a los que practican este arte? Porque yo no me atrevo a llamarles sofistas.
Teetetes. -¿Por qué?
Extranjero. -Por miedo de honrarlos demasiado.
Teetetes. -Sin embargo, el retrato que acabamos de trazar se les parece bien.
Extranjero. -Como el lobo al perro, y lo más indómito a lo más manso. El que quiera no verse inducido a error, debe no dejarse llevar de semejanzas, porque es materia muy resbaladiza. Pero, admitamos que sean, en efecto, sofistas. ¿Para qué disputar sobre pequeñas diferencias, cuando, por otra parte, estamos sobre aviso?
Teetetes. -Bien.
Extranjero. -Separemos, pues, en el arte de distinguir, o discernir, el de purificar; en el arte de purificar, la parte que se refiere al alma; en ésta, la enseñanza; en la enseñanza, la educación; y en la educación, este arte de refutar las vanas opiniones y la falsa sabiduría, tal como lo hemos hecho ver y, entonces, declaremos que no es de raza menos noble que el arte sofístico.
Teetetes. -Declarémoslo. Pero, heme aquí en un conflicto, porque, en medio de estas formas diversas, yo no puedo decir, con confianza, cuál es la que corresponde verdaderamente al sofista.
Extranjero. -Tienes razón; debes verte apurado. Pero, al sofista mismo, -créemelo-, es también difícil escapar de nuestra argumentación, porque el proverbio es exacto: “No es fácil tomar todas las avenidas”. Ahora estrechémosle aún más.
Teetetes. -Bien dicho.
Extranjero. -Pero, por lo pronto, detengámonos, para tomar aliento y, descansando, reflexionemos en nosotros mismos, y veamos bajo cuántas formas se nos ha representado el sofista. Si no me engaño, primero hemos encontrado en él un cazador interesado de jóvenes ricos.
Teetetes. –Sí.
Extranjero. –Después, un mercader de conocimientos para uso del alma.
Teetetes. -Es cierto.
Extranjero. -En tercer lugar, ¿no nos ha parecido como una especie de traficante, al por menor, en estos mismos objetos?
Teetetes. –Sí; y, en cuarto lugar, era un fabricante de las ciencias que vendía.
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