Chapter 10 of 39
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Teetetes. -Así parece.
Extranjero. -Existen, pues, en el alma, al parecer, estas dos clases de males: primera, la que la mayor parte de los hombres llama maldad, y es evidentemente la enfermedad del alma.
Teetetes. -Sí.
Extranjero. -En seguida viene la que se llama ignorancia; pero no se admite de buena gana que este mal baste por sí solo para hacer mala al alma.
Teetetes. -Veo bien que es preciso conceder lo que decías antes y sobre lo que yo dudaba: que existen en el alma dos especies de males: la cobardía, los excesos, la injusticia, todo esto es la enfermedad; la ignorancia, tan múltiple y tan diversa, es la fealdad.
Extranjero. -Respecto del cuerpo, ¿no hay dos artes que corresponden a estas dos afecciones?
Teetetes. -¿Qué artes?
Extranjero. -Para la fealdad, ¿gimnasia; para la enfermedad, la medicina.
Teetetes. -Conforme.
Extranjero. -Pues bien, para curar la intemperancia, la injusticia, la cobardía, ¿hay, en el mundo, un arte más propio que la justicia, con sus castigos?
Teetetes. -Es el mejor, en cuanto se puede tener confianza en el juicio humano.
Extranjero. -Y para poner remedio a la ignorancia, en general, ¿hay un arte más apropiado que la enseñanza?
Teetetes. -No, no lo hay.
Extranjero. -Veamos si es preciso considerar este arte como formando un solo género indivisible o como teniendo partes distintas, y dos de ellas principales, que envuelven a las demás. Estáme atento.
Teetetes. -Lo estoy.
Extranjero. -He aquí, a mi parecer, el procedimiento más sencillo
para encontrar lo que buscamos.
Teetetes. -¿Cual?
Extranjero. -Consideremos la ignorancia como dividida en dos partes. Desde el momento en que la ignorancia se divide, es preciso que el arte de la enseñanza se divida igualmente, para corresponder a cada una de sus partes.
Teetetes. -¿Y que?, ¿ves tú, ya, el objeto que buscamos?
Extranjero. -Creo ver claramente una grande y terrible especie de ignorancia, igual por sí sola a todas las demás.
Teetetes. -¿Cuál?
Extranjero. -La de imaginarse saber lo que no se sabe. Este puede muy bien ser el origen de todos los errores en que incurrimos.
Teetetes. -Es cierto.
Extranjero. -De todas las clases de ignorancia, es la única, a mi parecer, que merece completamente ser llamada con este nombre.
Teetetes. -En efecto.
Extranjero. ¿Qué nombre es preciso dar a la parte de la enseñanza que nos libra de esta ignorancia?
Teetetes. -Yo creo, extranjero, que las otras partes de la enseñanza son relativas a los oficios mecánicos; pero, por lo menos entre nosotros, éste de que se trata se llama educación.
Extranjero. -Lo mismo sucede, mi querido Teetetes, en casi toda la Grecia. Pero debemos indagar ahora si la educación es un todo indivisible o si tiene partes que merezcan nombres distintos.
Teetetes. -Examinémoslo.
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