Chapter 4 of 13
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Sócrates: ¿Y no es más bello, y en alto grado, instruir a uno con prontitud, que con mesura y lentitud?
Carmides: Sí.
Sócrates: ¿En la reminiscencia y en el recuerdo, la mesura y la lentitud son más bellas, o bien lo son la fuerza y la rapidez?
Carmides: Son la fuerza y la rapidez.
Sócrates: ¿Una comprensión fácil no consiste en un ejercicio rápido del alma y no en la mesura?
Carmides: Es cierto.
Sócrates: Por consiguiente, cuando se trata de comprender las lecciones de un maestro, sea de lenguas, sea de música, sea de cualquiera otra cosa, no es la gran mesura, sino la gran velocidad, la que es verdaderamente bella.
Carmides: Sí.
Sócrates: Luego, mi querido Carmides, en todo lo que concierne al alma, ¿la agilidad y la velocidad parecen más bellas que la lentitud y la mesura?
Carmides: Es muy probable.
Sócrates: De donde se sigue, razonando como hasta aquí, que la sabiduría no es la mesura, ni una vida mesurada es una vida sabia, siendo la sabiduría inseparable de la belleza. Porque no hay medio de negarlo; las acciones mesuradas nunca, o salvas bien pocas excepciones, nos parecen, en el curso de la vida, más bellas que las que se realizan con energía y rapidez. Y aun cuando, querido mío, las acciones más bellas por la mesura que por la fuerza y la rapidez fuesen más numerosas que las otras, no por esto se tendría derecho a decir, que la sabiduría consiste más bien en obrar con mesura, que con fuerza y rapidez, ya sea andando, ya leyendo, ya haciendo cualquiera otra cosa; ni que una vida mesurada es más sabia que una vida sin mesura, porque al cabo hemos reconocido, que la sabiduría se refiere a la belleza, y hemos reconocido también que la rapidez no es menos bella que la mesura.
Carmides: Lo que dices, Sócrates, me parece de hecho justo.
Sócrates: Pues bien, mi querido Carmides, fíjate atentamente en ti mismo; considera en lo que te has convertido bajo el imperio de la sabiduría; y cuál debe ser ésta, para haberte hecho sabio; y, condensando en seguida tus ideas, di claramente y como hombre de corazón lo que es la sabiduría en tu opinión.
Y él, después de haber reflexionado y examinado resueltamente la cosa en sí mismo, dijo:
—Me parece, que lo propio de la sabiduría es producir el rubor, hacer al hombre modesto y vergonzoso; la sabiduría es, pues, el pudor.
Sócrates: Sea; ¿no confesaste antes que la sabiduría era una cosa bella?
Carmides: Sin duda.
Sócrates: ¿Y los hombres sabios son buenos igualmente?
Carmides: Sí.
Sócrates: ¿Es buena una cosa que no produce lo bueno?
Carmides: No, ciertamente.
Sócrates: La sabiduría no es sólo una cosa bella, sino una cosa buena.
Carmides: Así me parece.
Sócrates: ¡Pero qué! ¿no crees que Homero ha tenido razón en decir: el pudor no es bueno al indigente?
Carmides: Verdaderamente sí.
Sócrates: ¿Pero entonces el pudor es bueno y no es bueno a la vez?
Carmides: Así parece.
Sócrates: Pero la sabiduría es buena, puesto que hace buenos a los que la poseen, sin hacerlos jamás malos.
Carmides: A mi parecer, es como dices.
Sócrates: Luego la sabiduría no es pudor, puesto que es esencialmente buena, y que el pudor tan pronto es bueno, tan pronto malo.
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