Chapter 72 of 80
IV. · 2
—No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa. Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí, en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué tengo yo de terrible?
Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió. Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.
—Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame usted—dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema palidez de su semblante.
Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.
—Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas. Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas, el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un conocimiento exacto de todos los lugares.
Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió Svidrigailoff la explicación.
—¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla, escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de alguna cosa. ¿Qué le parece a usted?
—Que ha sido un espía.
—Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.
Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff, acabó por atraer su aten[242]ción. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta. Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.
—Aquí tiene usted su carta—comenzó a decir, depositándola encima de la mesa—. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas; hable, pues; pero le advierto que no le creo.
Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.
—Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?
—No me atormente más y hable, hable usted.
—Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?
—¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?
—No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna. Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel, entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que, palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.
—¡Eso es imposible!—balbuceó Dunia, jadeante—; no tenía la menor razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una mentira.
—El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha atrevido a utilizarlo.
—¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este pensamiento?—exclamó Dunia levantándose vivamente—. ¿Usted lo conoce? ¿Le cree usted capaz de ser ladrón?
—Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia; he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?
—Voy a ver a Sofía Semenovna—respondió con voz débil la joven—. ¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero verla en seguida. Es menester que ella...
Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.
—Según todas las apariencias, Sofía[243] Semenovna no estará de vuelta hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.
—¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que mentiras... no te creo... no te creo—exclamó Dunia en un arranque de cólera que la ponía fuera de sí.
Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se apresuró a acercarle.
—¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua; beba usted un poco.
Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí.
«Esto ha producido efecto»—murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo el entrecejo—. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso. ¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen, su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo está usted? ¿Cómo se siente?
—¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted!
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