Chapter 73 of 80
IV. · 3
—¿A dónde quiere usted ir?
—A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo la ha cerrado usted?
—No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese, vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a venir a mi casa; pero siéntese usted.
Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella.
—¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible?
—Todo depende de usted—comenzó a decir en voz baja.
Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar.
Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.
—Una sola palabra de usted y se salva—continuó él todo tembloroso—. Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco. Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire usted de ese modo, que me mata!
Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a sacudirla con todas sus fuerzas.
—¡Abrid, abrid!—gritó, creyendo que la oirían fuera—. ¡Abrid! ¿No hay nadie en esta casa?
Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.
—No hay nadie aquí—dijo lentamente—. La patrona ha salido y usted se equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.
—¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!
—La he perdido y no puedo encontrarla.
—¿De modo que esto era un lazo?—gritó Dunia pálida como una muerta, y se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.
Después se calló; pero sin apartar los[244] ojos de su enemigo, espiando hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio. Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.
—Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto, la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas. Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte, nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de una violación, Advocia Romanovna.
—¡Miserable!—dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.
—Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra. Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos. Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.
Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su resolución.
De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la mesa, al alcance de su mano.
Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento hacia adelante.
—¿Esas tenemos?—dijo con maligna sonrisa—. La situación cambia por completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin? ¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán sido inútiles.
—Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso, te juro que te mato!
Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si llegaba el caso.
—Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple curiosidad—dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.
—Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu mujer, lo sé; tú también eres un asesino.
—¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?
—Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.
Use the ← → keys to move between chapters.