Chapter 65 of 80
IV. · 5
Raskolnikoff se volvió hacia ella, la miró con tristeza y le tomó las manos.
—Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindéresis, no es más que palabrería... Mira, mi madre, como sabes, está casi sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada educación y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus esperanzas reposaban exclusivamente sobre mí. Entré en la Universidad; pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios. Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera podido, en diez o quince años, ser nombrado profesor de Gimnasio o empleado con mil rublos de sueldo. (Parecía que estaba recitando una lección). Pero de aquí a entonces, los cuidados y los disgustos habrían destruído la salud de mi madre y de mi hermana... quizá les hubiera ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria, sufrir el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? Y todo ello para llegar, ¿a qué? Después de haber visto morir a los míos, podría fundar una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesaría de ser una carga para mi madre; que podría volver a entrar en la Universidad y asegurar un porvenir. Ahí lo tienes explicado todo. Claro que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, ¡basta!
Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y bajó la cabeza como agobiado.
—¡Oh, no es eso, no es eso!—gritó Sonia con voz quejumbrosa—. ¡Esto no es posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...
—¡Supones que hay otra causa! Te engañas, he dicho la verdad.
—¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!
—Después de todo, Sonia, yo no he matado más que a un gusano innoble y malo.
—¡Ese gusano era una criatura humana!
—Ya lo sé que no era un gusano en el sentido literal de la palabra—replicó Raskolnikoff mirándola con singular expresión—. Por otra parte, lo que digo no tiene sentido común—añadió—; tienes razón, Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversación me ha dado dolor de cabeza.
Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se había casi apoderado de él y una sonrisa inquieta erraba en sus labios. Bajo su aparente animación se adivinaba verdadero cansancio. Sonia comprendió cuánto sufría. También ella comenzaba a perder la cabeza. «¡Qué lenguaje tan extraño! ¡Presentar como plausibles semejantes explicaciones!» No acertaba a explicárselo y se retorcía las manos en el acceso de su desesperación.
—No, Sonia, no es eso—prosiguió el joven, levantando de repente la cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía haber adquirido[210] de repente una nueva energía—; no, no es eso. Cree más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y, además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien; pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba exasperado, ésa es la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón. Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré—me decía—; si no, me pasaré sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles, ¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí, así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto. Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no advertirlo.
Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación. Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.
—Entonces me convencí, Sonia—continuó acalorándose cada vez más—, de que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido atreverme, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia, Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción.
—¡Cállese usted! ¡Cállese usted!—exclamó la joven fuera de sí—. Se ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al demonio.
—A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba?
—Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh Dios mío, no comprende nada!
—Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha impulsado. Cállate, Sonia, cállate—repetía con sombría insistencia—. Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa. Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?» basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he renunciado a[211] buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente. Compréndeme; si esto estuviese por hacer, quizá no lo intentaría; pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros, o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si tenía el derecho...
—¿El derecho de matar?—exclamó Sonia estupefacta.
—¡Sonia!—dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla—. No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente una experiencia...
—¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!
—¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia; basta! ¡Déjame!—exclamó con voz desgarradora—. ¡Déjame!
Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió convulsivamente la cabeza entre las manos.
—¡Qué sufrimientos!—gimió Sonia.
—¿Qué hacer ahora? dímelo—preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza.
Tenía las facciones terriblemente alteradas.
—¿Qué hacer?—exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor—. Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo: «Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?—le preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes.
La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor profundo.
—¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie? ¿No es eso?—dijo sombríamente.
—Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte.
—No, no iré a denunciarme, Sonia.
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