Chapter 66 of 80
IV. · 6
—¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?—replicó la joven con fuerza—. ¿Ahora es posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu familia. ¡Oh Dios mío!—exclamó—. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora?
—Sé razonable, Sonia—dijo dulcemente Raskolnikoff—. ¿Por qué he de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente? Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré. ¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de una piedra?—añadió con amarga sonrisa—. Se burlarán de mí; me dirán que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no com[212]prenderán. Son incapaces de comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable, Sonia.
—¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida!
—Ya me acostumbraré—respondió el joven con feroz expresión—. Escucha—dijo un momento después—. Basta de lloriqueos; tiempo es ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos momentos se me busca y van a detenerme.
—¡Ah!—exclamó Sonia espantada.
—¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues, te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo, porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre... Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso?
—¡Oh, sí, sí!
Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta. Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven, y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto, le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia, pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más desgraciado que antes.
—Sonia—le dijo—, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la cárcel.
La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos.
—¿Llevas alguna cruz encima?—preguntó inopinadamente, como herida de súbita idea.
Al pronto el joven no comprendió la pregunta.
—No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y que tú lleves ésta. Tómala... es la mía—insistió—. Juntos iremos por el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz.
—Dámela—dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano; pero la retiró casi en seguida—. Ahora no, Sonia; más tarde será mejor—añadió a manera de concesión.
—Sí, sí, más tarde—respondió ella con calor—; te la daré en el momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello, diremos una oración y partiremos.
En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.
—¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?—dijo una voz afable y muy conocida.
Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor Lebeziatnikoff.
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