Chapter 52 of 80
IV. · 4
—Y... ¿no gana usted dinero todos los días?—preguntó al cabo de otro minuto de silencio.
Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron.
—No—respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo.
—La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted—dijo el joven bruscamente.
—No, no; ¡eso es imposible!—exclamó Sonia, herida en el corazón por aquellas palabras como por una puñalada—. Dios... Dios no permitirá semejante abominación.
—Otras permite.
—No, Dios la protegerá—repitió enfáticamente Sonia.
—¿Y si no hay Dios?—replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se echó a reír mirando a la muchacha.
La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en sollozos, tapándose la cara con las manos.
—¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de usted lo está también—dijo Raskolnikoff después de una pausa.
Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose, de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel momento parecía, en efecto, la de un demente.
—¿Qué hace usted? ¡A mí!—balbució Sonia palideciendo y con el corazón dolorosamente oprimido.
El joven se levantó en seguida.
—No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el sufrimiento humano—dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos en la ventana—. Escucha—prosiguió, acercándose a ella un momento después—; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a tu lado.
—¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!—exclamó Sonia asombrada—. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!
—Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas, sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable—continuó diciendo Raskolnikoff con emoción creciente—; pero lo eres, sobre todo, por haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo (puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero dime—añadió exaltándose cada vez más—, ¿cómo con las delicadezas de tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua y acabar de una vez!
—¿Y qué sería de ellos?—preguntó débilmente Sonia, levantando hasta él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno asombrada del consejo que se le daba.
Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación, había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podi[164]do impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna, la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional; pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual, relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven.
«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el manicomio o el embrutecimiento.»
Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura.
«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible», exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer un pecado y el interés que tiene por ellos. Si aun no se ha vuelto loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?»
Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó:
—¿De modo que ruegas mucho a Dios?
Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.
—¿Qué sería de mí sin Dios?—dijo en voz baja, pero enérgica, y dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le estrechó la mano con fuerza.
«Vamos», pensó él, «no me engañaba».
—Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?—preguntó, deseoso de esclarecer por completo sus dudas.
Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le dilataba el pecho con la emoción.
—¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!—exclamó, mirándole con cólera.
«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.
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