Chapter 51 of 80
IV. · 3
—¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo; nuestros intereses son los mismos—replicó vivamente Sonia, cuya irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un pajarillo—. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?—añadió, animándose cada vez más—. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio, ¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea, desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome. Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras! ¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles. Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero, porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!
—Vamos, se comprende después de esto que usted viva así—dijo Raskolnikoff con amarga sonrisa.
—Y usted, ¿no tiene piedad de ella?—exclamó Sonia—. Usted mismo, lo sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo, no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío![162] ¡Cuántas veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!
Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.
—¿Ha sido usted dura con ella?
—Sí; yo, yo. Fuí a verla—continuó llorando—y mi padre me dijo: «Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.» Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme», le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel, la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos, con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía, no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no le interesa.
—¿Conocía usted a la revendedora Isabel?
—Sí... ¿La conocía usted también?—preguntó Sonia un poco asombrada.
—Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto—dijo Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta.
—¡Oh, no, no!
Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven, como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él.
—Sería mejor que se muriese.
—No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!
—¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede tenerlos a su lado?
—¡Oh, no sé!—exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la cabeza con las manos.
Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.
—Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué sucederá entonces?—prosiguió implacablemente Raskolnikoff.
—¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?
El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.
—¿Cree usted que es imposible?—repuso él con sonrisa sarcástica—. Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle, la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños quedarán sin amparo.
—¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!—exclamó Sonia con voz ahogada.
Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la desgracia que el joven predecía.
Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja presa de atroz sufrimiento.
—¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando lleguen los días tristes?—preguntó deteniéndose delante de ella.
—No—murmuró Sonia.
[163]
—No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?—añadió con cierta ironía.
—Sí.
—¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es preguntarlo.
Y volvió a pasearse por la habitación.
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