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The ConsciousLibrary

Chapter 50 of 80

IV. · 2

—Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.

—¿No tienen más que una sala para todos?

—Nada más.

—Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche—observó el joven con aire sombrío.

—Mis patrones son buenas personas, muy amables—respondió Sonia, que parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu—, y todo el mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo a verme; los pobrecitos son tartamudos.

—¿Son tartamudos?

—Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos. El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan claro.

—Lo sabía.

—¿Que lo sabía usted?—exclamó Sonia sorprendida.

—Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de rodillas delante de la cama de usted.

Sonia se turbó.

—Creo haberle visto hoy—dijo titubeando.

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—¿A quién?

—A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él. Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...

—¿Paseaba usted?

—Sí...—murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.

—¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su padre?

—¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No—exclamó la joven mirando a Raskolnikoff con cierto espanto.

—¿De modo que usted la quiere?

—¿Cómo no?—repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó bruscamente las manos con expresión de piedad—. ¡Ah, si usted...! ¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y generosa! ¡Ah, si usted supiera!

Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento. Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo así, insaciable.

—¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada, y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría usted, y ella no haría nada de injusto.

—Y usted, ¿qué va a hacer?

Sonia le interrogó con la mirada.

—Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?

—No sé—respondió la joven tristemente.

—¿Van a quedarse donde están?

—No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha de permanecer un momento más en aquella casa.

—¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?

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IV. · 2 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library