Skip to content
The ConsciousLibrary

Chapter 40 of 80

V. · 2

—Parece que te burlas de mí, amigo[130] mío—dijo a Razumikin, con aire ofendido—. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí. Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras, pero mi madre ha venido a verme—y al decir esto se volvió hacia el juez—, y si supiese—continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo—, si supiese que no tengo el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las mujeres!

—¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi pensamiento—protestaba Razumikin todo acongojado.

—¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?—se preguntaba ansiosamente Raskolnikoff—. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?

—¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?—preguntó Porfirio Petrovitch.

—Sí.

—¿Cuándo ha llegado?

—Ayer noche.

El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.

—Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse jamás—repuso con tono tranquilo y frío—. Desde hace tiempo, esperaba yo la visita de usted.

Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció; pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba en preservar el tapete.

—¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado algunas cosas?

Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.

—Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.

—¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!—dijo Raskolnikoff con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió bruscamente—: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí, mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no olvida usted ni a uno... y... y...

«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»

—Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había presentado aún—respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de burla.

—No me encontraba muy bien.

—Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo. Todavía está usted pálido.

—No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien—respondió Raskolnikoff con tono brutal y violento.

Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.

«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería—pensó—. Pero, ¿por qué me exasperan?»

—Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!—exclamó Razumikin—. La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas, aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa semejante? Es un caso de los más notables.

—¡Bah! ¿En estado completo de delirio?—dijo Petrovitch con el movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.

—Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de decirle a usted esto. La convicción de usted está formada—dejó escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio Pe[131]trovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.

—¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado delirando?—dijo exaltándose Razumikin—. ¿Para qué semejante salida? ¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales. Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.

—Me habían fastidiado tanto ayer...—dijo Raskolnikoff dirigiéndose al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío—, y queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad. El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted el árbitro de nuestra disputa.

En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.

—Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza; pero le encontré a usted demasiado irascible—declaró secamente Zametoff.

—Y hoy—añadió Porfirio—me ha dicho Nikodim Fomitch que había encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...

—Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía—dijo Razumikin—. ¿No te has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.

Use the ← → keys to move between chapters.

V. · 2 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library