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The ConsciousLibrary

Chapter 41 of 80

V. · 3

—Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado durante media hora en mi insubstancial palabrería—prosiguió con los labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio—. He importunado a ustedes, ¿no es eso?

—¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy encantado de haber recibido su visita.

—¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco—exclamó Razumikin.

—¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido, ¿eh?

—¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?

Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.

En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba por extremo excitado.

—Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en la cara desfachatadamente!—decía temblando de rabia—. Id derechamente contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.

Respiró con ansia y continuó pensando:

—¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen. Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen; pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha observado que yo le hablé con mucha sutileza? ¿por qué me han hablado con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un poco[132] un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda. Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado. ¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo... Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche... Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía. La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al dvornik... ¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza. ¿Por qué he venido?»

Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago. Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen humor.

—Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de cabeza—comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no había demostrado hasta entonces—; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién quedó la victoria?

—Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo siguiente—agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff—: ¿hay crímenes o no los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!

—¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni siquiera tiene el mérito de la novedad—respondió distraídamente Raskolnikoff.

—La cuestión no se planteó en esos términos—observó el juez.

—Es verdad, no fué precisamente en esos términos—repuso Razumikin con su insistencia de costumbre—. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.

—A propósito de crimen y de ambiente—dijo Porfirio Petrovitch, dirigiéndose a Raskolnikoff—; recuerdo un trabajo de usted que me interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el Crimen... no me acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en La Palabra Periódica.

—¡Un artículo mío en La Palabra Periódica!—exclamó Raskolnikoff, sorprendido—. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé a La Palabra Semanal y no a La Palabra Periódica.

—Pues fué publicado en esta última.

—Como La Palabra Semanal suspendió su publicación, mi artículo no pudo salir.

—Pero como esa revista se fundió con La Palabra Periódica, hace dos meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía usted?

[133]

—No.

—Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni siquiera se entera de lo que directamente le interesa.

—¡Muy bien, Rodia!—exclamó Razumikin—. Tampoco yo lo sabía. Hoy mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué callado se lo tenía!

—¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.

—Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó sobremanera.

—Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico del delincuente en el momento de cometer el crimen.

—Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia, explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales; hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.

Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se sonrió.

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V. · 3 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library