Chapter 8 of 10
EL BANQUETE ó DEL AMOR. · 7
—Es cierto.
—Y sin embargo, ves que no se llama á todos poetas, sino que se les da otros nombres, y una sola especie de poesía tomada aparte, la música y el arte de versificar, han recibido el nombre de todo el género. Esta es la única especie, que se llama poesía; y los que la cultivan, los únicos á quienes se llaman poetas.
—Eso es tambien cierto.
—Lo mismo sucede con el amor; en general es el deseo de lo que es bueno y nos hace dichosos, y este es el grande y seductor amor que es innato en todos los corazones. Pero todos aquellos, que en diversas direcciones tienden á este objeto, hombres de negocios, atletas, filósofos, no se dice que aman ni sè los llama amantes; sino que sólo aquellos, que se entregan á cierta especie de amor, reciben el nombre de todo el género, y á ellos solos se les aplican las palabras, amar, amor, amantes.
—Me parece que tienes razon, la dije.
—Se ha dicho, replicó ella, que buscar la mitad de sí mismo es amar. Pero yo sostengo, que amar no es buscar ni la mitad ni el todo de sí mismo, cuando ni esta mitad ni este todo son buenos; y la prueba, amigo mio, es que consentimos en dejarnos cortar el brazo ó la pierna, aunque nos pertenecen, si creemos que estos miembros están atacados de un mal incurable. En efecto; no es lo nuestro lo que nosotros amamos, á menos que no miremos como nuestro y perteneciéndonos en propiedad lo que es bueno, y como extraño lo que es malo, porque los hombres sólo aman lo que es bueno. ¿No es esta tu opinion?
—¡Por Júpiter! pienso como tú.
—¿Basta decir que los hombres aman lo bueno?
— Sí.
—¡Pero qué! ¿No es preciso añadir, que aspiran tambien á poseer lo bueno?
—Es preciso.
—¿Y no sólo á poseerlo, sino tambien à pose erlo siempre?
—Es cierto tambien.
—En suma, el amor consiste en querer poseer siempre lo bueno.
—Nada más exacto, respondí yo.
—Si tal es el amor en general; ¿en qué caso particular la indagacion y la prosecucion activa de lo bueno toman el nombre de amor? ¿Cuál es? ¿Puedes decírmelo?
—No, Diotima, porque si pudiera decirlo, no admiraria tu sabiduría ni vendria cerca de tí para aprender estas verdades.
—Voy á decírtelo: es la produccion de la belleza, ya mediante el cuerpo, ya mediante el alma.
—Vaya un enigma, que reclama un adivino para descifrarle; yo no le comprendo.
—Voy á hablar con más claridad. Todos los hombres, Sócrates, son capaces de engendrar mediante el cuerpo y mediante el alma, y cuando han llegado á cierta edad, su naturaleza exige el producir. En la fealdad no puede producir, y sí sólo en la belleza; la union del hombre y de la mujer es una produccion, y esta produccion es una obra divina, fecundacion y generacion, á que el sér mortal debe su inmortalidad. Pero estos efectos no pueden realizarse en lo que es discordante. Porque la fealdad no puede concordar con nada de lo que es divino; esto sólo puede hacerlo la belleza. La belleza, respecto á la generacion, es semejante al Destino[23] y á Lucina[24]. Por esta razon, cuando el sér fecundante se aproxima á lo bello, lleno de amor y de alegría, se dilata, engendra, produce. Por el contrario, si se aproxima á lo feo, triste y remiso, se estrecha, se tuerce, se contrae, y no engendra, sino que comunica con dolor su gérmen fecundo. De aquí, en el sér fecundante y lleno de vigor para producir, esa ardiente prosecucion de la belleza que debe libertarle de los dolores del alumbramiento. Porque la belleza, Sócrates, no es, como tú te imaginas, el objeto del amor.
—¿Pues cuál es el objeto del amor?
—Es la generacion y la produccion de la belleza.
—Sea así, respondí yo.
—No hay que dudar de ello, replicó.
—Pero, ¿por qué el objeto del amor es la generacion?
—Porque es la generacion la que perpetúa la familia de los séres animados, y le da la inmortalidad, que consiente la naturaleza mortal. Pues conforme á lo que ya hemos convenido, es necesario unir al deseo de lo bueno el deseo de la inmortalidad, puesto que el amor consiste en aspirar á que lo bueno nos pertenezca siempre. De aquí se sigue que la inmortalidad es igualmente el objeto del amor.
—Tales fueron las lecciones que me dió Diotima en nuestras conversaciones sobre el Amor. Me dijo un dia: ¿cuál es, en tu opinion, Sócrates, la causa de este deseo y de este amor? ¿No has observado en qué estado excepcional se encuentran todos los animales volátiles y terrestres cuando sienten el deseo de engendrar? ¿No les ves como enfermizos, efecto de la agitacion amorosa que les persigue durante el emparejamiento, y despues, cuando se trata del sosten de la prole, no ves cómo los más débiles se preparan para combatir á los más fuertes, hasta perder la vida, y cómo se imponen el hambre y toda clase de privaciones para hacerla vivir? Respecto á los hombres, puede creerse que es por razon el obrar así; pero los animales, ¿de dónde les vienen estas disposiciones amorosas? ¿Podrias decirlo?
—La respondí que lo ignoraba.
—¿Y esperas, replicó ella, hacerte nunca sabio en amor si ignoras una cosa como ésta?
—Pero repito, Diotima, que esta es la causa de venir yo en tu busca; porque sé que tengo necesidad de tus lecciones. Explícame eso mismo sobre que me pides explicacion, y todo lo demás que se refiere al amor.
Use the ← → keys to move between chapters.