Chapter 74 of 80
IV. · 4
—Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías sido la causa.
—¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!
—Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la luna, mientras cantaba el ruiseñor.
—¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes, calumniador!
—¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que se les recuerden ciertas cosillas—repuso sonriendo—. ¡Sé que tirarás, precioso monstruo; pues bien, anda!
Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer fuego; el rostro de la joven estaba cubierto[245] de mortal palidez. Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff! Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff se detuvo.
—Una picadura de abeja—dijo riéndose—. Apunta a la cabeza... ¿Qué es esto? Tengo sangre.
Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.
—Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez; espero—prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de siniestro—; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla antes de que pueda usted defenderse.
Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su perseguidor.
—¡Déjeme usted!—dijo con desesperación—; ¡le juro que voy a disparar otra vez! ¡Le mataré!
—A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero si no me mata, entonces...
En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el tiro.
—No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene ésta aún una cápsula; espero.
En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente, que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre moriría antes que renunciar a su designio.
Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.
De repente la joven tiró el revólver.
—¡No quiere usted tirar!—dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró libremente.
No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo la naturaleza del alivio que experimentó.
Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.
—¡Suéltame!—suplicó Dunia.
Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se echó a temblar.
—¿De modo que no me amas?—preguntó en voz baja.
Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.
—¿Y no podrás amarme... nunca...?—continuó él con acento desesperado.
—¡Nunca!—murmuró la joven.
Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse delante de la ventana.
—Ahí está la llave—dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse hacia Dunia)—. Tómela usted, y váyase pronto.
Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la mesa para tomar la llave.
—¡Pronto, pronto!—repitió Svidrigailoff.
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