Chapter 13 of 49
CAPÍTULO XVI Del sufrimiento de los defectos ajenos
1. Lo que no puede un hombre enmendar en sí ni en los otros, débelo sufrir con paciencia hasta que Dios lo ordene de otro modo.
Piensa que por ventura te está así mejor para tu probación y paciencia, sin la cual no son de mucha estimación nuestros merecimientos.
Mas debes ropRra Dios por estos estorbos, por- que tenga por bien de socorrerte para que buena- mente los toleres.
2. Si alguno, amonestado una vez ó dos, no se en- mendara, no porfíes con él, sino encomiéndalo todo á Dios para que se haga su voluntad y Él sea hon- rado en todos sus siervos, que sabe sacar de los males bienes.
Estudia y aprende á sufrir con paciencia cuales- quiera defectos y flaquezas ajenas, pues que tú también tienes mucho en que te sufran los otros.
Si no puedes hacerte á ti cual deseas ¿cómo quie- res tener á otro á la medida de tu deseo:
De buena gana queremos á los otros perfectos, y no enmendamos los defectos propios.
3. Queremos que los otros sean castigados con rigor, y nosotros no queremos ser corregidos.
'arécenos mal si á los otros se les da larga licen- cia, y nosotros no queremos que cosa que pedimos se nos niegue.
Queremos que los demás estén sujetos á las orde- nanzas; pero nosotros no sufrimos que nos sea prohibida cosa alguna.
Así parece claro cuán pocas veces amamos al pró- jimo como á nosotros mismos.
Si todos fuesen perfectos, ¿qué teníamos que su- frir por Dios de nuestros hermanos?
4, Pero así lo ordenó Dios para que aprendamos á llevar reciprocamente nuestras cargas; porque nin- guno hay sin ellas, ninguno sin defecto, ninguno es suficiente ni cumplidamente sabio para si: impor- ta llevarnos, consolarnos y juntamente ayudarnos unos á otros, instruirnos y amonestarnos.
De cuánta virtud sea cada uno, mejor se descubre en la ocasión de la adversidad.
Porque las ocasiones no hacen al hombre flaco, pero declaran lo que es.
1. Conviene que aprendas á quebrantarte en mu- chas cosas, si quieres tener paz y concordia con otros.
No es poco morar en los monasterios y congrega- ciones, y allí conversar sin quejas y perseverar fiel- mente hasta la muerte.
Bienaventurado es el que vive allí bien y acaba dichosamente.
Si quieres estar bien y aprovechar, mírate como desterrado y peregrino sobre la Tierra.
Conviene hacerte simple por Jesucristo, si quieres seguir la vida religiosa.
. El hábito y la corona poco hacen; mas la mu- danza de las costumbres y la entera mortificación de las pasiones hacen al hombre verdadero religioso.
El que busca algo fuera de Dios y la salvación de su alma, no hallará sino tribulación y dolor.
No puede estar mucho tiempo en paz el que no procura ser el menor y el más sujeto á todos.
3. Vinisteá servir, no á mandar; persuádete de que fuiste llamado para trabajar y padecer, no para holgar y parlar.
Pues aquí se prueban los hombres como el oro en el crisol.
Aquí no puede estar Alguno si no quiere de todo corazón humillarse por Dios.
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