Chapter 8 of 39
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Teetetes. –Luego, es necesario aplicar las dos.
Extranjero. -Sí, y con todas nuestras fuerzas, si queremos seguir el nuevo rastro que se presenta. Dime: ¿no hay ciertas cosas que nosotros designamos con términos familiares?
Teetetes. -Hay muchas, pero entre ellas ¿de cuáles quieres hablar?
Extranjero. -He aquí algunas: clarificar, acribar, aechar, entresacar.
Teetetes. -Bien.
Extranjero. –Añade, a las precedentes operaciones, las de cardar, hilar, tejer, y otras mil análogas, que sabemos que forman parte de las artes. ¿No es así?
Teetetes. -¿Qué te propones demostrar, ahora, con tales ejemplos, o qué intentas preguntarme?
Extranjero. -¿No es cierto que todos los ejemplos, que acabamos de citar, expresan la acción de discernir?
Teetetes. -Sí.
Extranjero. -Según mi modo de razonar, se refieren todos a un arte único, que designaremos, con un solo nombre.
Teetetes. -¿Cuál?
Extranjero. -El arte de discernir.
Teetetes. –Bien.
Extranjero. -Examina si habría medio de distinguir en este arte dos especies.
Teetetes. -Me impones una indagación demasiado premiosa para mí.
Extranjero. -¡Ah! ¿No ves que, cuando se discierne o distingue alguna cosa, tan pronto se separa lo peor de lo mejor, como lo semejante de lo semejante?
Teetetes. -Ahora que lo has dicho, me parece claro.
Extranjero. -Yo no conozco un nombre en uso para expresar la segunda manera de discernir; mas, por lo que hace a la que conserva lo mejor y desecha lo peor, conozco uno.
Teetetes. -Dilo.
Extranjero. -Toda operación de este género, si no me equivoco, es llamada por todo el mundo purificación.
Teetetes. -Así es como se la llama.
Extranjero. –Y bien, ¿no notas que el arte de purificarse es doble?
Teetetes. -Sí, con el tiempo, quizá; pero ahora no distingo nada.
Extranjero. -Sin embargo, es conveniente reunir bajo un nombre común las diferentes especies de purificación que se refieren al cuerpo.
Teetetes. -¿Qué especies y qué nombre?
Extranjero. -Hablo de las purificaciones de los seres vivos, ya tengan lugar en el interior del cuerpo por medio de la gimnasia y de la medicina, o ya en el exterior como las que se refieren al arte del bañero, que no merecen la pena de que se insista en ellas; y hablo también de las purificaciones de los cuerpos inanimados, que dependen del arte del batanero, del arte del adorno y embellecimiento, en general, y se distribuyen en mil variedades, cuyos nombres parecen ridículos.
Teetetes. -Muy bien.
Extranjero. -No puede ser de otra manera, mi querido Teetetes, pero no importa. Nuestro método no hace menos aprecio del arte de purificar con la esponja que del de purificar con brebajes; no se inquieta si el uno es menos útil, y el otro más. En la esperanza de llegar al conocimiento de todas las artes, se consagra a discernir las que pertenecen a una misma familia y las que son de familias diferentes, y a todas, las estima igualmente; y si encuentra que alguna se parece, no por esto tiene a las unas por más ridículas que las otras. No creo que el arte de la guerra proporcione una caza más noble que el arte de destruir los insectos, sino que, de ordinario, inspira más frivolidad y más orgullo. En cuanto al nombre que tú reclamas para designar, a la vez, todas las operaciones, que tienen por objeto purificar los cuerpos animados o inanimados, nuestro método no se cuida, en manera ninguna, de que sea un nombre magnífico; basta que comprenda todas las especies de purificación, diferentes de las purificaciones del alma, porque el objeto de nuestro método es, si no lo entiendo mal, separar claramente las purificaciones del espíritu de todas las demás.
Teetetes. -Entiendo perfectamente, y reconozco dos especies de purificación, la una, que mira el alma; la otra, que mira al cuerpo y es diferente de la primera.
Extranjero. -¡Admirablemente dicho! Pero, escúchame aún, y tratemos de subdividir en dos esta última división.
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