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Plato
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Chapter 37 of 39

· 37

Extranjero. -En medio de esta incertidumbre, las tinieblas se han condensado en torno nuestro, cuando hemos encontrado esta máxima, tan discutida por todos los filósofos: Que no existen absolutamente imágenes, ni ficciones, ni fantasmas, porque nunca, ni de ninguna, manera, ha existido especie alguna de falsedad.

Teetetes. -Lo que dices es cierto.

Extranjero. –Pero, ahora que, viendo claro en el discurso, vemos patentemente que el juicio puede ser falso, decimos que es posible que se imiten los seres, y que de estas imitaciones nazca el arte de engañar.

Teetetes. -Es posible.

Extranjero. -Hemos estado, antes, de acuerdo en que el sofista pertenece a una de las dos especies que ya recordamos.

Teetetes. -Sí.

Extranjero. -Apliquémonos, pues, de nuevo, a dividir en dos el género que ya reconocimos antes; dirijámonos siempre a la derecha, fijándonos en las especies, con las que el sofista tiene afinidades, hasta que habiéndole despojado de todo lo que tiene de común con los demás seres, y no habiéndole dejado más que su naturaleza previa, la representemos a nosotros mismos y a todos aquellos que, por las condiciones de su espíritu, son más capaces de seguir este método.

Teetetes. -Es justo.

Extranjero. -¿No comenzamos por distinguir el arte de pacer y el arte de adquirir?

Teetetes. -Sí.

Extranjero.- Y en el arte de adquirir, nos ha parecido que el sofista pertenecía sucesivamente a la caza, al combate, a los negocios, y a otras especies semejantes.

Teetetes. -Perfectamente.

Extranjero. –Pero, como el sofista nos parece comprendido en el arte de imitar, es claro que el arte de hacer es el que deberemos, por lo pronto, dividir en dos. Porque imitar es hacer imágenes, ésta es la verdad, y no hacer las cosas mismas. ¿Es ésta tu opinión?

Teetetes. -Sí.

Extranjero. -Pero el arte de hacer se divide en dos partes.

Teetetes. -¿Cuáles?

Extranjero. –La una divina, la otra humana.

Teetetes. -Yo no comprendo aún.

Extranjero. -El poder de hacer, si nos acordamos de lo que hemos establecido al principio, es, ya lo hemos dicho, el poder que es causa de que lo que no existía antes, exista después.

Teetetes. -Recordémoslo.

Extranjero. -Todos los seres vivos, que son mortales, todas las plantas, ya procedan de semillas o de raíces, todos los cuerpos inanimados, contenidos en las entrañas de la tierra, sean fusibles o no, ¿ha sido otro poder, otra acción que la de un dios la que ha hecho que, no existiendo antes todas estas cosas, hayan comenzado a existir? ¿O bien, es preciso adoptar la creencia y el lenguaje del vulgo?

Teetetes. -¿Qué lenguaje y qué creencias son ésos?

Extranjero. -La de que es la Naturaleza la que engendra todo esto, por una causa mecánica, que no dirige el Pensamiento o, quizá, la causa universal esta dotada de razón y de una ciencia divina, cuyo principio es Dios?

Teetetes. -Yo, sin duda a causa de mi poca edad, he pasado, muchas veces, de una de estas opiniones a la otra. Pero, hoy, por el respeto que me mereces, y porque sospecho que, según tú, todas estas cosas son la obra de un Dios, me inclino a creerte.

Extranjero. -Muy bien, Teetetes. Si te creyéramos capaz, como a muchos otros, de mudar algún día de opinión, haríamos hoy los mayores esfuerzos para traerte a nuestro partido por el razonamiento y la fuerza de la persuasión. Pero, yo sé que tu índole te arrastra, sin nuestro auxilio, hacia estas creencias, y así paso adelante, porque sería perder el tiempo en discursos inútiles. Siento, pues, por principio, que todas las cosas que se refieren a la naturaleza son el producto de un arte divino, y las que los hombres forman, con las primeras: productos de un arte humano. De donde se sigue que hay dos géneros en el arte de hacer: el uno humano, el otro divino.

Teetetes. -Justamente.

Extranjero. -Es preciso dividir, aún, cada uno de estos dos géneros, en dos.

Teetetes. -¿Cómo?

Extranjero. -Acabas de dividir, en dos, el arte de hacer, en razón de su latitud, pues bien, divídelo, ahora, en razón de su longitud.

Teetetes. -Dividámoslo así.

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