Chapter 18 of 39
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Teetetes. -Ciertamente.
Extranjero. -Luego, según tú, lo que parece ser no es realmente, puesto que dices que no es verdadero y, sin embargo, existe.
Teetetes. -¿Cómo?
Extranjero. -Tú aseguras que verdaderamente no existe.
Teetetes. -No, sin duda; pero es realmente una imagen.
Extranjero. –Pero, lo que llamamos realmente una imagen, ¿no es realmente un NO-SER?
Teetetes. -Me parece que aquí andan el SER y el NO-SER mezclados y confundidos de una manera bien extraña y hasta absurda.
Extranjero. –Absurda, en efecto. De esta manera ves cómo, de pregunta en pregunta, el sofista de las cien cabezas nos ha obligado a reconocer, a pesar nuestro, que el NO-SER existe en cierta manera.
Teetetes. -Demasiado lo veo.
Extranjero. -Y bien, ¿cómo definiremos el arte del sofista, para ponernos de acuerdo con nosotros mismos?
Teetetes. -Pero, ¿qué temes, qué te hace hablar así?
Extranjero. -Cuando decimos que el sofista nos engaña, valiéndose de fantasmas, y que su arte no es más que el arte de engañar, ¿queremos decir que induce nuestro espíritu a error, por medio de su arte, o bien pensamos otra cosa?
Teetetes. -No, es eso mismo. ¿Ni como podíamos pensar de otra manera?
Extranjero. –Pero, la opinión falsa es la que nos representa lo contrario de lo que existe. ¿No es verdad?
Teetetes. -Si, lo contrario.
Extranjero. -¿Dices, pues, que la opinión falsa nos representa lo que no es, lo que no existe?
Teetetes. - Necesariamente.
Extranjero. -¿Nos representa la opinión falsa lo que no existe, como no existiendo, o nos representa lo que no existe de ninguna manera, como existiendo en cierta manera?
Teetetes. -Es preciso que nos represente lo que no existe como existiendo de alguna manera, si, en alguna ocasión, nos ha engañado, aunque sea en poco.
Extranjero. -¡Pero qué! ¿No nos representa, asimismo, la opinión falsa lo que existe absolutamente como no existiendo de ninguna manera?
Teetetes. –Sí.
Extranjero. -¿Y no es ésta también una manera de engañarnos?
Teetetes. -También.
Extranjero. -Yo creo que opinarás que el error siempre es el mismo, ya se diga que el SER no existe o ya que el NO-SER existe.
Teetetes. -Así es.
Extranjero. -Así es, quizá. Pero el sofista no convendrá en ello. ¿Y qué hombre de buen sentido puede admitirlo, cuando, según antes hemos reconocido, el NO-SER, objeto de esta discusión escapa al lenguaje, a la palabra, al razonamiento y al pensamiento? ¿No adivinaremos, mi querido Teetetes, lo que nos va a decir el sofista?
Teetetes. -¿Cómo no adivinarlo? Dime que nos ponemos en contradicción con nosotros mismos, y se atreverá a afirmar que hay error en las opiniones y en los discursos. Nos veremos, en efecto, a cada instante en la necesidad de unir el SER al NO-SER, después de haber reconocido antes que esto es absolutamente imposible.
Extranjero. -Tu recuerdo es oportuno. Pero estamos en el caso de decidir como debemos conducirnos con el sofista. No se le puede colocar entre los artífices de mentiras y los charlatanes, ya lo ves, sin que las dificultades y las objeciones surjan naturalmente y en gran número.
Teetetes. -Es cierto.
Extranjero. -Todavía sólo hemos descubierto algunas; pero, en cierto modo, son infinitas.
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