Chapter 6 of 10
EL BANQUETE ó DEL AMOR. · 5
—Temo mucho, respondió Agaton, no haber comprendido bien lo que yo mismo decia.
—Hablas con prudencia, Agaton; pero continúa por un momento respondiéndome: ¿te parece que las cosas buenas son bellas?
—Me lo parece.
—Entonces el Amor carece de belleza, y si lo bello es inseparable de lo bueno, el Amor carece tambien de bondad.
—Es preciso, Sócrates, conformarse con lo que dices, porque no hay medio de resistirte.
—Es, mi querido Agaton, imposible resistir á la verdad; resistir á Sócrates es bien sencillo. Pero te dejo en paz, porque quiero referirte la conversacion que cierto dia tuve con una mujer de Mantinea, llamada Diotima. Era mujer muy entendida en punto á amor, y lo mismo en muchas otras cosas. Ella fué la que prescribió á los atenienses los sacrificios, mediante los que se libraron durante diez años de una peste que los estaba amenazando. Todo lo que sé sobre el amor, se lo debo á ella. Voy á referiros lo mejor que pueda, y conforme á los principios en que hemos convenido Agaton y yo, la conversacion que con ella tuve; y para ser fiel á tu método, Agaton, explicaré primero lo que es el amor, y en seguida cuáles son sus efectos. Me parece más fácil referiros fielmente la conversacion que tuve con la extranjera. Habia yo dicho á Diotima casi las mismas cosas que acaba de decirnos Agaton: que el Amor era un gran dios, y amor de lo bello; y ella se servia de las mismas razones que acabo de emplear yo contra Agaton, para probarme que el Amor no es ni bello ni bueno. Yo la repliqué: ¿qué piensas tú, Diotima, entónces? ¡Qué! ¿será posible que el Amor sea feo y malo?
—Habla mejor, me respondió: ¿crees que todo lo que no es bello, es necesariamente feo?
—Mucho que lo creo.
—¿Y crees que no se puede carecer de la ciencia sin ser absolutamente ignorante? ¿No has observado que hay un término medio entre la ciencia y la ignorancia?
—¿Cuál es?
—Tener una opinion verdadera sin poder dar razon de ella; ¿no sabes que esto, ni es ser sabio, puesto que la ciencia debe fundarse en razones; ni es ser ignorante, puesto que lo que participa de la verdad no puede llamarse ignorancia? La verdadera opinion ocupa un lugar intermedio entre la ciencia y la ignorancia.
Confesé á Diotima, que decia verdad.
—No afirmes, pues, replicó ella, que todo lo que no es bello es necesariamente feo, y que todo lo que no es bueno es necesariamente malo. Y por haber reconocido que el Amor no es ni bueno ni bello, no vayas á creer que necesariamente es feo y malo, sino que ocupa un término medio entre estas cosas contrarias.
—Sin embargo, repliqué yo, todo el mundo está acorde en decir que el Amor es un gran dios.
—¿Qué entiendes tú, Sócrates, por todo el mundo? ¿Son los sabios ó los ignorantes?
—Entiendo todo el mundo sin excepcion.
—¿Cómo, replicó ella sonriéndose, podria pasar por un gran dios para todos aquellos que ni áun por dios le reconocen?
—¿Cuáles, la dije, pueden ser esos?
—Tú y yo, respondió ella.
—¿Cómo puedes probármelo?
—No es difícil. Respóndeme. ¿No dices que todos los dioses son bellos y dichosos? ¿O te atreverias á sostener que hay uno que no sea ní dichoso ni bello?
—No, por Júpiter!
—¿No llamas dichosos á aquellos que poseen cosas bellas y buenas?
—Seguramente.
—Pero estás conforme en que el Amor desea las cosas bellas y buenas, y que el deseo es una señal de privacion.
— En efecto, estoy conforme en eso.
—¿Cómo entonces, repuso Diotima, es posible que el Amor sea un dios, estando privado de lo que es bello y bueno?
—Eso, á lo que parece, no puede ser en manera alguna.
—No ves, por consiguiente, que tambien tú piensas que el Amor no es un dios?
—¡Pero qué! la respondí, ¿es que el Amor es mortal?
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