Chapter 35 of 49
CAPÍTULO XXIIL Cuatro cosas que causan gran paz
JESUCRISTO: 1. Hijo, ahora te enseñaré el camino de la paz y de la verdadera libertad.
EL ALMa: 2. Haz, Señor, lo que dices, que me alegro mucho de oirlo.
JESUCRISTO: 3. Procura, hijo, hacer antes la vo- luntad de otro que la tuya.
Easca siempre el lugar más bajo, y está sujeto á todos.
Desea siempre y ruega que se cumpla en ti ente- ramente la divina voluntad.
Así entrarás en los términos de la paz y del des- canso,
EL ALMA: 4. Señor, este tu breve sermón mucha perfección contiene en sí.
Corto es en las palabras, pero lleno de sentido y de copioso fruto.
Que si pudiese yo fielmente guardarlo, no había de entrar en mí la turbación tan fácilmente.
Porque cuantas veces me siento inquieto y agra- vado, hallo haberme apartado de esta doctrina.
Mas Tú, que todo lo puedes y buscas siempre el provecho del alma, dame gracia más abundante
para que pueda cumplir tu doctrina y hacer lo que importa para mi salvación.
5. Señor, Dios mío, no te alejes de mi: Dios mío, cuida de ayudarme, pues se han levantado contra mí varios pensamientos y grandes temores que afli- gen mi alma.
¿Cómo saldré sin daño? ¿Cómo los desecharé?
6. Yo, dices, iré delante de ti, y humillaré álos so- berbios de la Tierra; abriré las puertas de la cárcel, y te revelaré los secretos de las cosas escondidas.
7. Haz, Señor, como lo dices, y huyan en tu pre- sencia todos los malos pensamientos. >
Ésta es mi lean y única consolación; acudir á Ti en toda tribulación, confiar en Ti, invocarte de veras, y esperar constantemente que me consueles.
ORACIÓN PIDIENDO LA LUZ DEL ENTENDIMIENTO
8. Alúmbrame, buen Jesús, con la claridad de tu
lumbre interior, y quita de la morada de mi corazón toda tiniebla.
Refrena mis muchas distracciones, y quebranta las tentaciones que me hacen violencia.
Pelea fuertemente por mí, y ahuyenta las malas bestias, que son los apetitos halagúeños, para que venga la paz con tu virtud y resuene la abundancia de tu alabanza en el santo palacio; esto es, en la conciencia limpia.
Manda á los vientos y tempestades, Di al mar: so- siégate; y al cierzo: no soples; y habrá gran bonanza.
9. Envía tu luz y tu verdad para que resplandez- can sobre la Tierra, porque soy tierra vana y vacía hasta que Tú me alumbres.
Derrama de lo alto tu gracia, riega mi corazón con el rocío celestial, concédeme las aguas de la devo- ción para sazonar la superficie de la Tierra, para que produzca fruto bueno y perfecto.
Levanta el ánimo oprimido con el peso de los pe- cados, y emplea todo mi deseo en las cosas del Cielo, para que después de gustada la suavidad de la felici- dad celestial me sea enfadoso pensar en la terrestre,
10. Apártame y líbrame de la transitoria consola- ción de las criaturas, porque ninguna cosa creada basta para aquietar y consolar cumplidamente mi apetito.
Uneme á Ti con el vínculo inseparable del amor,
'orque Tú solo bastas al que te ama, y sin Ti todas las cosas son despreciables,
Cómo se ha de evitar la curiosidad de saber las vidas ajenas.
JESUCRISTO: 1. Hijo, no quieras ser curioso ni te- ner cuidados impertinentes.
¿Qué te va á ti de esto ó de lo otro? Sígueme tú.
¿Qué te importa que aquél sea tal ó cual, ó que éste viva ó hable de este ó del otro modo?
No necesitas tú responder por otros, sino dar ra- zón de ti mismo. ¿Pues por qué te ocupas en eso?
Mira que yo conozco á todos; veo cuanto pasa de- bajo del Sol, y sé de qué manera está cada uno, qué piensa, qué quiere, y á qué fin dirige su intención.
Por eso deben encomendarse á Mi todas las co- sas; pero tú consérvate en santa paz, y deja al bu- llicioso hacer cuanto quisiere.
Sobre él vendrá lo que hiciere, porque no puede engañarme.
2. No tengas cuidado de la autoridad y gran nom- bre, ni de la familiaridad de muchos, ni del amor particular de los hombres.
Porque esto causa distracciones y grandes tinie- blas en el corazón.
De buena gana te hablaría mi palabra fe revela- ría mis secretos, si tú esperases con diligencia mi venida y me abrieras la puerta del corazón,
y Et apercibido, vela en oración, y humillate en odo.
En qué consiste la paz firme del corazón y el verdadero aprovechamiento.
JESUCRISTO: 1. Hijo, yo dije: La paz os dejo, mi paz os doy; y no la doy como la da el mundo.
Todos desean la paz; mas no tienen todos cuida- do de las cosas que pertenecen á la verdadera paz.
Mi paz está con Jos humildes y mansos de cora- zón. Tu paz la hallarás en la mucha paciencia.
Si me oyeres y siguieres mi voz, podrás gozar de mucha paz.
JESUCRISTO: 3, Mira en todas las cosas lo que ha- ces y lo que dices, y dirige toda tu intención al fin de agradarme á Mí solo y no desear ni buscar nada fuera de Mi.
Ni juzgues temerariamente de los hechos 6 dichos ajenos, ni te entremetas en lo que no te han enco- mendado: con esto podrá ser que poco ó tarde te turbes.
Porque el no sentir alguna tribulación ni sufrir alguna fatiga en el corazón ó en el cuerpo, no es de este siglo, sino propio del eterno descanso.
No juzgues, pues, haber hallado la verdadera paz porque no sientas alguna pesadumbre, ni que ya es
todo bueno porque no tengas ningún adversario, ni que está la perfección en que todo te suceda según tú quieres.
Ni entonces te reputes por grande ó digno espe- cialmente de amor porque tengas gran devoción y dulzura, porque en estas cosas no Se conoce el ver- dadero amador de la virtud, ni consiste en ellas el provecho y perfección del hombre.
EL ALMA: 4, ¿Pues en qué consiste, Señor?
JESUCRISTO: 5. En ofrecerte de todo tu corazón á la divina voluntad, no buscando tu interés en lo poco ni en lo mucho, ni en lo temporal ni en lo eterno.
De manera que con rostro igual des gracias á Dios en las cosas prósperas y adversas, pesándolo todo con un mismo peso.
Si fueres tan fuerte y firme en la esperanza que, quitándote la consolación interior, aún esté dis- puesto tu corazón para padecer mayores penas, y no
e justificares diciendo que no debieras padecer ta- les ni tantas cosas, sino que me tuvieres por justo y alabares por santo en todo lo que Yo ordenare, cree entonces que andas en el recto y verdadero camino de la paz, y podrás tener esperanza cierta de ver nuevamente mi rostro con júbilo.
Y si llegares al perfecto menosprecio de ti mismo, sábete que entonces gozarás de abundancia de paz, cuanto cabe en este destierro.
De la elevación del espiritu libre, la cual se alcanza mejor con la oración humilde que con la lectura.
EL ALMA: 1. Señor, obra es de varón perfecto no entibiar nunca el ánimo en la consideración de las cosas celestiales, y entre muchos cuidados pasar casi sin cuidado; no á la manera de un estúpido, sino con la prerrogativa de un alma libre, que no pone desordenado afecto en criatura alguna.
2. Ruégote, piadosísimo Dios mío, que me apar- tes de los cuidados de esta vida, para que no me embarace demasiado en ellos, para que no me deje llevar del deleite ni de las muchas necesidades del
cuerpo, para que no pierda el fruto con los muchos obstáculos y molestias del alma.
No hablo de las cosas que la vanidad mundana de- sea con tanto afecto, sino de aquellas miserias que penosamente agravan y detienen el alma de tu sier- vo con la común maldición de los mortales, para que no pueda alcanzar la libertad del espiritu cuan- tas veces quisiere.
3. ¡Oh Dios mío, dulzura inefable! Conviérteme en amargura todo consuelo carnal que me aparta del amor de los eternos lisojeándome torpemente con la vista de bienes temporales que deleitan.
No me venza, Dios mío, no me venza la carne y la sangre; no me engañe el mundo y su breve gloria; no me derribe el Demonio y su astucia.
Dame fortaleza para resistir, paciencia para su- frir, constancia para perseverar.
Dame, en lugar de todas las consolaciones del mundo, la suavisima unción de tu espiritu; y en lu-
ar del amor carnal, infúndeme el amor de tu nom- re.
4. Porque muy embarazosas son para el espiritu fervoroso la comida, la bebida, el vestido y todas las demás cosas necesarias para sustentar el cuerpo.
Concédeme usar de todo lo necesario templada- mente, y que no me ocupe en ello con sobrado afecto.
No es lícito dejarlo todo, porque se ha de susten- tar la naturaleza; pero la AY, santa prohibe buscar lo superfluo y lo que más deleita, porque de otro modo la carne se rebelará contra el espíritu.
Ruégote, Señor, que me rija y enseñe tu mano en estas cosas para que en nada me exceda.
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