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Chapter 15 of 49

CAPÍTULO XIX De los ejercicios del buen religioso

1. La vida del buen religioso debe resplandecer en toda virtud, y que sea tal en lo interior cual pa- rece de fuera.

Y con razón debe ser más lo interior que lo que se mira exteriormente, porque nos mira nuestro Dios, á quien debemos suma reverencia dondequiera que estuviéremos, y debemos andar tan puros como los ángeles en su presencia.

ada día debemos renovar nuestro propósito y excitarnos á mayor fervor, como si hoy fuese el primer día de nuestra conversión, y decir:

Señor, Dios mío, ayúdame en mi buen intento y en tu santo servicio, y dame gracia para que comience hoy perfectamente, porque no es nada cuanto hice hasta aquí.

2. Según es nuestro propósito, así es nuestro aprovechamiento, y quien quiere aprovecharse bien, ha menester ser muy diligente.

Si el que propone firmísimamente falta muchas veces, ¿qué será el que tarde ó nunca propone?

Acaece de diversos modos el dejar nuestro propó- sito. Y faltar de ligero en los ejercicios que se tienen de costumbre, no pasa sin algún daño. El propósito de los justos más, pende de la gracia de Dios que del saber propio; en El confían siempre y en cualquier cosa que comienzan.

Porque el hombre propone, pero Dios dispone, y no está en mano del hombre su camino.

3. Si por piedad y por provecho del prójimo se deja alguna vez el ejercicio acostumbrado, después se puede reparar con facilidad.

.mpero si por fastidio del corazón ó por negligen- cia fácilmente se deja, muy culpable es, y se sentirá dañoso. Esforcémonos cuanto pudiéremos, que aun así, en muchas faltas caeremos fácilmente.

Pero alguna cosa determinada debemos siempre proponernos, y principalmente se han de remediar las que más nos estorban.

Debemos examinar y ordenar todas nuestras cosas exteriores é interiores, porque todo conviene para nuestro aprovechamiento espiritual.

4. Sino puedes recogerte de continuo, hazlo de cuando en cuando, y porlo menos una vez al día, por la mañana 6 por la noche.

Por la mañana propón, á la noche examina tus obras; cuál has sido este día en palabras, obras y pensamientos: porque puede ser que hayas ofendido en esto á Dios y al prójimo muchas veces.

Armate como varón contra las malicias del Demo- nio; refrena la gula, y fácilmente refrenarás toda in- clinación de la carne.

Nunca estés del todo ocioso, sino lee, ó escribe, rea, $ medita, ó haz algo de provecho para la comu- nidad.

Pero los ejercicios corporales deben tomarse con discreción, porque no son igualmente convenientes para todos.

5. Los ejercicios particulares no se deben hacer públicamente, porque con más seguridad se ejercen en secreto,

Guárdate, empero, no seas perezoso para lo comun z pronto para lo particular; sino que, cumplido muy

ien lo que debes y que te está encomendado, si tie- Ar lugar, éntrate dentro de ti como desea tu devo- ción.

No todos podemos ejercitar una misma cosa: unas convienen más á unos y otras á otros.

También, según el tiempo, te son más á propósito diversos ejercicios; porque unos son más acomoda- dos para las fiestas, otros para los días de trabajo.

Necesitamos de unos para el tiempo de la tenta: ción, y de otros para el de la paz y sosiego.

En unas cosas es bien pensar cuando estamos tris- tes, y en otras cuando alegres en el Señor.

6. En las fiestas principales debemos renovar nuestros buenos ejercicios é invocar con mayor fer- vor la intercesión de los Santos.

De una fiesta para otra debemos proponer algo,

como si entonces hubiésemos de salir de este mun- do y llegar á la eterna festividad.

Por eso debemos prevenirnos con cuidado en los tiempos devotos, y conversar con mayor devoción, y guardar toda observancia más estrechamente, como quien ha de recibir en breve de Dios el premio de sus trabajos.

7. Ysise dilatare, creamos que noestamos prepa- rados y que aún somos indignos de tanta gloria como se declara en nosotros acabado el tiempo de la vida; y estudiemos en prepararnos mejor para morir,

Bienaventurado el siervo (dice el evangelista San Lucas) d quien, cuando viniere el Señor, le hallare ve- lando; en verdad os digo que le constituirá sobre to-

dos sus bienes. CAPÍTULO XX Del amor de la soledad y del silencio.

1. Busca tiempo á propósito para estar contigo, y piensa con frecuencia en los beneficios de Dios.

Lee tales materias que te den más compunción que ocupación.

Si te apartares de conversaciones superfluas, y de andar ocioso, y de oir novedades y murmuraciones, hallarás tiempo suficiente y á propósito para entre- garte á santas meditaciones.

Los mayores Santos evitaban cuanto podían la compañía de los hombres, y elegían el vivir para Dios en su retiro.

2. Dijo uno: Cuantas veces estuve entre los hom- bres, volví menos hombre. Lo cual experimentamos cada día cuando hablamos mucho.

Más fácil cosa es callar siempre que hablar sin errar.

Más fácil es encerrarse en su casa que guardarse del todo fuera de ella.

Por eso, al que quiere llegar á las cosas interio- res y espirituales le conviene apartarse de la gente con Jesucristo.

Nínguno se muestra seguro en público, sino el que se esconde voluntariamente.

Ninguno habla con acierto, sino el que calla de buena gana.

Ninguno preside dignamente, sino el que se suje- ta con gusto.

Ninguno manda con razón, sino el que aprendió á obedecer sin replicar.

3. Nadie se alegra seguramente, sino quien tiene el testimonio de la buena conciencia.

Pues la seguridad de los Santos siempre estuvo llena del temor divino.

Ni por eso fueron menos solícitos y humildes en si, aunque resplandecían en grandes virtudes y gracias.

Pero la seguridad de los malvados nace de la so- berbia y presunción, y al fin se convierte en su mis- mo engaño.

Nunca te tengas por seguro en esta vida, aunque parezcas buen religioso y devoto ermitaño.

4. Los muy estimados de los hombres por bue- nos muchas veces han caído en graves peligros por su mucha confianza,

Por lo cual es utílisimo á muchos que no les fal- ten del todo tentaciones y que sean muchas veces combatidos, porque no se aseguren demasiado de sí propios, porque no se levanten con soberbia, ni tam- poco se entreguen demasiadamente á los consuelos exteriores.

¡Oh; quién nunca buscase alegría transitoria! ¡Oh; quién nunca se ocupase en el mundo, y cuán buena conciencia guardaria!

¡Oh; quién quitara de sí todo vano cuidado, y pen- sase solamente en las cosas saludables y divinas, y pusiese toda su esperanza en Dios, cuánta paz y so- siego poseeria!

5. Ninguno es digno de la consolación celestial si EA se ejercitare con diligencia en la santa contri- ción.

Si quieres arrepentirte de corazón, entra en tu re- traimiento y destierra de ti todo bullicio del mundo, según está escrito: Contristaos en vuestros aposen- tos. En la celda hallarás lo que pierdes muchas ve- ces por de fuera,

El retiro usado se hace dulce, y el poco usado causa hastio. Si al principio de tu conversión le

frecuentares y guardares bien, te será después dul- ce amigo y agradable consuelo.

6. Enel silencio y sosiego aprovecha el alma de- vota, y aprende los secretos de las Escrituras.

Ali halla arroyos de lágrimas con que lavarse y purificarse todas las noches, para hacerse más fa- miliar á su Hacedor cuanto más se desviare del tu- multo del siglo.

Y así, el que se aparta de sus amigos y conocidos sonsigKe que se le acerquen Dios y sus santos án- geles.

Mejor es esconderse y cuidar de sí, que con des- cuido propio hacer milagros.

Loable es al hombre religioso salir fuera pocas veces, huir de que le vean, y no querer ver á los hombres. 4.

7. ¿Para qué quieres ver lo que no te conviene tene

Los deseos sensuales nos llevan á pasatiempos; mas, pasada aquella hora, ¿qué nos queda, sino pesa- dumbre de conciencia y derramamiento de corazón?

La salida alegre causa muchas veces triste vuel- ta, y la alegre tarde, una afligida mañana.

Asi, todo gozo carnal entra blandamente, mas al cabo muerde y mata. ¿Qué puedes ver en otra par- te que aquí no lo veas? Aquí ves el cielo y la tierra y todos los elementos, y de éstos fueron hechas to- de MENTOR a igún

, ¿Qué puedes ver en algún lugar que perma- nezca mucho tiempo debajo del Sol?

¿Piensas acaso satisfacer tu apetito? Pues no lo alcanzarás.

Si vieras todas las cosas delante de tí, ¿qué sería sino una vista vana?

Levanta tus ojos á Dios en el Cielo, y ruega por tus pecados y negligencias.

Deja lo vano á los vanos, y tú ten cuidado de lo que te manda Dios.

Cierra tu puerta sobre tí, y llama en tu favor á Jesús tu amado.

Está con él en tu aposento, que no hallarás en otro lugar tanta paz.

Si no salieras ni oyeras noticias, mejor perseve- raras en santa paz. Pues te huelgas de oir algunas veces novedades, conviénete sufrir inquietudes de

corazón. CAPÍTULO XXI De la compunción del corazón.

1. Si quieres aprovechar algo, consérvate en el temor de Dios y no quieras ser demasiado libre; mas con severidad refrena todos tus sentidos y no te entregues á vanos contentos.

Date á la compunción del corazón, y te hallarás devoto,

La compunción causa muchos bienes que la diso- lución suele perder en breve.

Maravilla es que el hombre pueda alegrarse al- guna vez perfectamente en esta vida, considerando su destierro y pensando los muchos peligros de su

2. Porla liviandad del corazón y por el descuido de nuestros defectos no sentimos los males de nues- tra alma; pero muchas veces reímos sin razón, cuan- do con razón deberiamos llorar.

No hay verdadera libertad ni plácida alegría sino en el temor de Dios con buena conciencia.

Bienaventurado aquel que puede desviarse de todo estorbo de distracción y recogerse á lo inte- rior de la santa compunción.

Bienaventurado el que renunciare todas las cosas que pueden mancillar 6 agravar su conciencia.

Pelea como varón: una costumbre vence á otra costumbre. a

Si tú sabes dejar á los hombres, ellos bien te de- jarán hacer tus buenas obras.

3. No te ocupes en cosas ajenas ni te entremetas en las causas de los mayores.

Mira siempre primero por ti, y amonéstate á ti mismo más especialmente que á todos cuantos quie- res bien.

Si no eres favorecido por los hombres, no te en- tristezcas por eso, sino afligete de que no te portas con el cuidado y circunspección que conviene á un siervo de Dios áy un devoto religioso.

Muy útll y seguro es que el hombre no tenga en esta vida muchas consolaciones, mayormente según lacarne.

Pero de no tener ó gustar rara vez las cosas divi- nas, nosotros tenemos la culpa, porque no busca- mos la compunción del corazón ni desechamos del todo las vanas y exteriores.

4. Reconócete por indigno de la divina consola- ción; antes bien, créete digno de ser atribulado.

Cuando el hombre tiene perfecta contrición, en- tonces le es Brave y amargo todo el mundo.

El que es bueno' halla bastante materia para do- pe lMorar, porque ora se mire á sí ora piense en = prójimo, sabe que ninguno vive aquí sin tribula- ciones,

Y cuanto con más rectitud se mire, tanto más ha- lla por qué dolerse. p

ateria de justo dolor y entrañable contrición son nuestros pecados y vicios, en que estamos tan caídos que pocas veces podemos contemplar las cosas celestiales.

5. Sicontinuamente pensases más en tu muerte que en vivir largo tiempo, no hay duda que te en- mendarlas con mayor fervor.

Si pensases también de todo corazón en las penas futuras del Infierno ó del Purgatorio, creo que de buena gana sufrirlas cualquier trabajo y dolor, y no temerías ninguna austeridad; pero como estas cosas ño pasan al corazón y amamos siempre el regalo, permanecemos demasiadamente fríos y perezosos.

Muchas veces por falta de espíritu se queja el cuerpo miserable.

Ruega, pues, con humildad al Señor que te dé es- piritu de contrición, y di con el profeta: Dame, Se- for, á comer el pan de lágrimas, y á beber en abun- dancia el agua de mis lloros.

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CAPÍTULO XIX De los ejercicios del buen religioso · The Imitation of Christ — Thomas à Kempis · The Conscious Library