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Chapter 16 of 49

CAPÍTULO XXII Consideración de la miseria humana

l. Miserable serás dondequieras que fueres y ¿endequieca que te volvieres si no te convirtieras lios.

¿Por qué te afliges de que no te suceda lo que quieres y deseas? ¿Quién es el que tiene todas las cosas á medida de su voluntad? Ni yo ni tú, ni hom- bre alguno sobre la Tierra.

Ninguno hay en el mundo sin tribulación ó angus- tia, aunque sea rey ó papa.

Pues ¿quién es el que está mejor? Ciertamente, el que puede padecer algo por Dios.

2. Dicen muchos flacos y enfermos: ¡Mirad cuán buena vida tiene aquel hombre! ¡Cuán rico! ¡Cuán grande! ¡Cuán poderoso y ensalzado!

Pero atiende á los bienes del Cielo, y verás que to- das estas cosas temporales nada son sino muy in- ciertas y gravosas, porque nunca se poseen sin cui- dado y temor.

No está la felicidad del hombre en tener abundan- cia de lo temporal; bástale una medianía.

Por cierto que miseria es vivir en la Tierra.

Cuanto el hombre quisiere ser más espiritual, tanto más amarga se le hará la vida, porque conoce mejor y ve más claro los defectos de la corrupción humana.

Porque comer, beber, velar, dormir, reposar, tra- bajar y estar sujeto á las demás necesidades natu- rales, en verdad es grande misa Y pesadumbre al hombre devoto, el cual desea ser desatado de este cuerpo y libre de toda culpa.

3. Pues el hombre interiorestá muy agravado con las necesidades corporales en este mundo.

Por eso el profeta ruega muy devotamente que le libre de ellas, diciendo: Librame, Señor, de mis ne- cesidades.

Mas ¡ay de los que no conocen su miseria!; y mu- cho más jay de los que aman esta miserable y co- rruptible vida!

Porque hay algunos tan abrazados con ella, que aunque con mucha dificultad trabajando ó mendi- gando tengan lo necesario, si pudiesen vivir aquí siempre, no cuidarían del reino de Dios.

¡Oh locos y duros de corazón los que tan pro- fundamente se envuelven en la Tierra que nada gus- tan sino de las cosas carnales!

Mas en el fin sentirán gravemente cuán vil y nada era lo que amaron.

Los Santos de Dios y todos los devotos amigos de Cristo no tenían cuenta de lo que agradaba á la carne ni de lo que florecía en la vida temporal, sino que toda su esperanza é intención suspiraba por los bienes eternos.

.Todo su deseo se levantaba á lo duradero € invi- sible por que no fuesen abatidos á las cosas bajas con el amor de lo visible.

Nopierdas, hermano, la confianza de aprovecharen las cosas espirituales: aún tienes tiempo y ocasión.

5. ¿Por qué quieres dilatar tu propósito? Leván- tate, comienza en este momento, y di: Ahora es tiempo de obrar, ahora es tiempo de pelear, ahora es tiempo conveniente para enmendarme.

Cuando no estás bueno y tienes alguna tribula- ción, entonces es tiempo de merecer.

Conviene que pases por fuego y por agua antes que llegues al descanso.

¡ no te hicieses fuerza, no vencerás el vicio.

Mientras estamos en este frágil cuerpo no pode- mos estar sin pecado ni vivir sin fatiga y dolor.

De buena gana tendríamos descanso de toda mise- ria; pero como por el pecado perdimos la inocencia, hemos perdido también la verdadera felicidad.

Por eso nos importa tener paciencia y esperar la misericordia de Dios, hasta que se acabe la malicia y la muerte destruya esta vida.

6. ¡Oh; cuanta es la flaqueza humana, que siem- pre está inclinada á los vicios!

Hoy confiesas tus pecados, y mañana vuelves á cometer lo confesado.

Ahora propones de guardarte, y de aquí á una hora obras como si nada hubieras propuesto.

Con mucha razón, pues, podemos humillarnos y no sentir de nosotros cosa grande, pues somos tan flacos y tan mudables.

Presto se pierde por descuido lo que con mucho trabajo dificultosamente se ganó por gracia.

7. ¿Qué será de nosotros al fin, pues ya tan tem- prano estamos tibios? ¡Ay de nosotros 'si así que- remos ir al descanso, como si ya tuviésemos paz y seguridad, cuando aún no parece señal de ver: ladera santidad en nuestra conversión!

Bien sería necesario que aún fuésemos instruidos otra vez como dóciles novicios en las buenas cos- tumbres, si por ventura hubiese esperanza de algu- na futura enmienda y de mayor aprovechamiento

espiritual. CAPÍTULO XXIII De la meditación de la muerte.

1. Muy presto será contigo este negocio: mira cómo te has de componer. Hoy es el hombre, y ma- ñana no parece.

En quitándolo de la vista, se va presto también de la memoria.

¡oh torpeza y dureza del corazón humano, que solamente piensa en lo presente sin cuidado de lo porvenir!

Así habías de conducirte en toda obra y pensa- miento como si hoy hubieses de morir,

Si tuvieses buena conciencia, no temerías mucho la muerte.

Mejor fuera evitar los pecados que huir la muerte.

Si no estás dispuesto hoy, ¿cómo lo estarás ma- ñana?

Mañana es dia incierto; ¿y qué sabes si amanece- rás mañana?

2. ¿Qué aprovecha vivir mucho, cuando tan poco nos enmedamos?,

¡Ah! La larga vida no siempre nos enmienda, an- tes muchas veces añade pecados.

¡Ojalá hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo!

Muchos cuentan los años de su conversión, pero muchas veces es poco el fruto de la enmienda.

Si es temeroso el morir, puede ser que sea más peligroso el vivir mucho.

Bienaventurado el que tiene siempre la hora de la ere delante de los ojos y se dispone cada día á morir.

Si has visto alguna vez morir á un hombre, piensa que por aquella carrera has de pasar.

3. Cuando fuere de mañana, piensa que no llega- rás á la noche, y cuando fuere de noche, no te atre- vas á prometer verla mañana.

Por eso está siempre prevenido vive de tal ma- nera que nunca te halle la muerte desapercibido.

Muchos mueren de repente: porque en la hora que no se piensa vendrá el Hijo del hombre.

Cuando viniere aquella hora postrera, de otra suer- te comenzarás á sentir de toda tu vida pasada, y te do- lerás mucho de haber sido tan negligente y perezoso.

4. ¡Qué bienaventurado rudente es el que vive de tal modo cual desea le halle Dios en la hora de la muerte!

El perfecto desprecio del mundo, el ardiente deseo de aprovechar en las virtudes, el amor de la auste- ridad, el trabajo de la penitencia, la prontitud de la obediencia, el renunciarse á sí mismo, la paciencia en toda adversidad por amor de Nuestro Señor Jesu- cristo, gran confianza le darán de morir felizmente.

Muchas cosas buenas podrías hacer mientras es- tás sano; pero cuando enfermo no sé qué podrás.

5. No confies en amigos ni en vecinos, ni dilates para después tu salvación; porque más presto de lo que piensas estarás olvidado de los hombres.

Mejor es ahora con tiempo prevenir algunas bue- nas obras que envies adelante, que esperar en el so- corro de otros.

Si tú no eres solicito para ti ahora, ¿quién tendrá cuidado de ti después?

Ahora es el tiempo muy precioso; ahora son los dlas de salud; ahora es el tiempo aceptable.

Pero, ¡ay dolor!, que lo gastas sin aprovecharte, pudiendo en él ganar para vivir eternamente.

Vendrá cuando desearas un día ó una hora para enmendarte, y no sé si te será concedida.

6. ¡Oh hermano! ¡De cuánto peligro podías librar- te y de cuán grave espanto salirsi estuvieras siem- pre temeroso de la muerte y preparado para ella!

Trata ahora de vivir de modo que en la hora de la Muerte puedas más bien alegrarte que temer.

Aprende ahora á morir al mundo, para que enton- ces comiences á vivir con Cristo.

Aprende ahora á despreciarlo todo, para que en- tonces puedas libremente ir á Cristo.

Castiga ahora tu cuerpo con penitencia para que entonces puedas tener confianza cierta.

7. ¡Oh necio! ¿Por qué piensas vivir mucho, no teniendo un día seguro pr

¡Cuántos que pensaban vivir mucho se han en-

añado y han sido separados del cuerpo cuando no lo esperaban!

Cuántas veces oíste contar que uno murió á cu- chillo, otro se ahogó, otro cayó de alto y se quebró la cabeza, otro comiendo se quedó pasmado, á otro jugando le vino su fin?

no murió con fuego, otro con hierro, otro de pes- te, otro pereció á manos de ladrones; y asi, la muer- te es fenecimiento de todos, y la vida de los hom- bres se pasa como sombra rápidamente.

8. ¿Quién se acordará de ti, y quién rogará por ti después de muerto?

Haz ahora, hermano, lo que pudieres, que no sa- bes cuándo morirás ni lo que te acaecerá después de la muerte. 0 4 iAti0sa que tienes tiempo, atesora riquezas inmor-

Nada pienses fuera de tu salvación, y cuida sola- mente de las cosas de Dios.

Granjéate ahora amigos venerando á los Santos de Dios é imitando sus obras, para que cuando salieres de esta vida te reciban en las moradas eternas.

9. Trátate como huésped y peregrino sobre la Tie- rra, á quien no le va nada en los negocios del mundo.

Guarda tu corazón libro y levantado á Dios, por- que aqu no tienes domicilio permanente.

Él dirige tus oraciones y gemidos cada día con lágrimas, por que merezca tu espíritu después de la muere pasar dichosamente al descanso del Señor.

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CAPÍTULO XXII Consideración de la miseria humana · The Imitation of Christ — Thomas à Kempis · The Conscious Library