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The ConsciousLibrary

Chapter 42 of 80

V. · 4

—¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del ambiente. ¿No es eso?—preguntó Razumikin con inquietud.

—No, no se trata de eso—replicó Porfirio—. En dicho artículo se clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley; los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.

—¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!—balbució Razumikin estupefacto.

Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de su artículo no vaciló en explicarlo.

—No es eso—comenzó a decir con tono sencillo y modesto—. Confieso, no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud (pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría tenido el deber de suprimir a esos diez, a esos cien hombres, a fin de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta[134] llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes, porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas, que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues, a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera, de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar; sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable. La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la nueva Jerusalén, por supuesto...

—De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.

—Sí que creo—respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un punto del tapete.

—¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.

—Sí que creo—repitió el joven mirando a Porfirio.

—¿Y en la resurrección de Lázaro?

—Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?

—¿Y cree usted al pie de la letra?

—Al pie de la letra.

—Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero, permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario, que...

—¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...

—Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.

—Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En general, la observación es muy exacta.

—Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los hom[135]bres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted, «a suprimir todos los obstáculos...»

—Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que la primera.

—Muchas gracias.

—No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores», y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos... Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse por ellos.

—¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas, confiese usted que la cosa será bastante desagradable.

—Tampoco por eso se debe usted inquietar—prosiguió en el mismo tono Raskolnikoff—. En general, nace un número muy escaso de hombres con una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas, un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas). Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera; pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.

—Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?—gritó Razumikin—. Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro! ¿Hablas con formalidad, Rodia?

Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego dijo:

—Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar sangre que concedes o prohibes, perdóname,[136] con tanto fanatismo... He aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo sería la autorización legal, oficial...

—Exacto, más espantosa—afirmó Porfirio.

—No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo lo leeré.

—No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa cuestión—dijo Raskolnikoff.

—Sí, sí—repuso el juez—; ahora comprendo sobre poco más o menos la manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma... futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...

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V. · 4 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library