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Plato
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Chapter 39 of 39

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Extranjero. –Pero, la imitación de que nosotros tratamos, es la de los que saben. En efecto, ¿cómo imitar tu actitud y tu persona, sin conocerte?

Teetetes. -Imposible.

Extranjero. -¿Pero qué diremos del exterior de la justicia y, en general, de la virtud? ¿No hay muchos que, no conociéndola y teniendo de ella un mero parecer, ponen todo su cuidado en reproducir su imagen, tal como se la figuran, imitándola en cuanto pueden en sus acciones y en sus palabras?

Teetetes.-Si, hay una infinidad.

Extranjero. -¿Es que todos sus esfuerzos se estrellan, por parecer justos, sin serlo en realidad, o sucede todo lo contrario?

Teetetes. -Todo lo contrario..

Extranjero. -Digamos, pues, que hay una gran diferencia entre este último imitador y el precedente, entre el que ignora y el que conoce.

Teetetes. -Sí..

Extranjero. -¿Dónde encontraremos un nombre conveniente para cada uno? En verdad, nada más difícil. Parece que nuestros antepasados han tenido, sin apercibirse de ello, yo no sé qué aversión contra la división de los géneros en especies, de suerte que ninguno de ellos se tomó el trabajo de dividir. De aquí resulta que tenemos muy escasos nombres. Sin embargo, a riesgo de pasar por temerarios, haremos un sacrificio, en obsequio de la claridad y de la necesidad de distinguir, y llamaremos a la imitación, que se funda en un simple parecer, “imitación según un parecer”, y a la que se funda en ciencia, “imitación sabia”.

Teetetes. -Conforme.

Extranjero. -De la primera es de la que tenemos que ocuparnos, porque el sofista no está en el número de los que saben, sino en el de los que imitan.

Teetetes. -En efecto.

Extranjero. -Examinemos al imitador según su parecer, como se examina un trozo de hierro, para asegurarse si es hierro puro o si tiene alguna soldadura.

Teetetes. -Examinémosle.

Extranjero. -Veo una muy notable. Entre estos imitadores, hay algunos cándidos, que creen, de buena fe, saber las cosas sobre las que no tienen más que opinión, o parecer. Pero hay otros que muestran claramente, por la versatilidad de sus discursos, que tienen plena conciencia, y que temen ignorar las cosas que aparentan saber delante del público.

Teetetes. -Existen verdaderamente las dos clases de imitadores de que hablas.

Extranjero. -¿Y por qué no llamaremos a los imitadores de la primera clase, sencillos, y a los de la segunda, irónicos?

Teetetes. -No hay inconveniente.

Extranjero. -Pero este último género, ¿es simple o doble?

Teetetes. -Míralo tú.

Extranjero. -Ya lo examino y noto dos especies. Éste es hábil para ejercitar su ironía, en público, en largos discursos, delante del pueblo reunido; aquél, en particular, en discursos entrecortados, precisando a su interlocutor a contradecirse.

Teetetes.-No puede hablarse mejor.

Extranjero. -¿Cómo designaremos al imitador de largos discursos? ¿Le llamaremos hombre político u orador popular?

Teetetes. –Orador popular.

Extranjero. -Y al otro ¿le llamaremos sabio o sofista?

Teetetes. -Sabio no puede ser, porque hemos dejado sentado que no sabe. Pero, puesto que imita al sabio, debe evidentemente tomar su nombre, y creo comprender que éste es el hombre al que justamente debemos llamar verdadero sofista.

Extranjero. -¿No podremos, como antes, formar una cadena con las cualidades del sofista? ¿No las enlazaremos en su nombre, remontando desde el fin hasta el principio?

Teetetes. -Nada mejor.

Extranjero. -Por consiguiente, la imitación en esta clase de contradicción que es irónica y según un parecer; la imitación fantasmagórica, que es una parte del arte de hacer imágenes, no la divina, sino la humana; la imitación, que es, en el discurso, el arte de producir ilusiones o apariencias, tal es la raza, tal es la sangre del verdadero sofista; afirmándolo, estamos seguros de decir la pura Verdad.

Teetetes. -Perfectamente.

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