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Chapter 30 of 49

CAPÍTULO VI De la prueba del verdadero amor

JESUCRISTO: 1. Hijo, no eres aún fuerte y prudente amador.

JESUCRISTO: 3. Porque por una contradicción pe- queña faltas en lo comenzado y buscas la consola- ción ansiosamente.

El constante amador está fuerte en las tentacio- nes, y no cree á las persuasiones engañosas del ene-

Eomo Yo le agrado en las prosperidades, así, no no le descontento en las adversidades.

4. El discreto amador no considera tanto el don del amante cuanto el amor del que da.

Antes mira á la voluntad que á la merced, y todas las dádivas las estima menos que al amado.

El amador noble no descansa en el don, sino en Mi sobre todo don.

Por eso, si algunas veces no gustas de Mió de mis Santos tan bien como deseas, no está todo perdido.

Aquel tierno y dulce afecto que sientes algunas veces, obra es de la presencia de la gracia, y gusto anticipado de la patria celestial, sobre lo cual no se debe estribar mucho, porque va y viene.

Pero pelear contra las perturbaciones incidentes del ánimo y menospreciar la sugestión del Diablo, señal es de virtud y de gran merecimiento.

5, Note turben, pues, las imaginaciones extra- ñas de diversas materias que te ocurrieren.

Guarda tu firme propósito y la intención recta para con Dios.

Ni tengas á engaño que de repente te arrebaten alguna vez álo alto y luego tornes á las pequeñe- ces acostumbradas del corazón.

Porque más las sufres contra tu voluntad que las causas; y mientras te dan pena y las contradices, mérito es, y no pérdida.

6. Persuádete de que el enemigo antiguo de todos modos se esfuerza para impedir tu deseo en el bien y apartarte de todo ejercicio devoto, como es honrar

los Santos, la piadosa memoria de mi pasión, la útil contrición de los pecados, la guarda del propio co- razón, el firme propósito de aprovechar en la virtud.

Te trae muchos pensamientos malos para disgus- tarte y atemorizarte, para desviarte de la oración y de la lección sagrada.

Desagrádale mucho la humilde confesión; y si pu- diese, haría que dejases de comulgar.

No le creas, ni hagas caso de él, aunque muchas veces te arme lazos para seducirte.

Cuando te trajere pensamientos malos y torpes, atribúyelos á él, y dile:

Veté de aquí, espíritu inmundo; avergiiénzate, desventurado: muy sucio eres, pues me traes tales cosas á la imaginación.

Apártate de mí, malvado engañador: no tendrás

arte alguna en mí; mas Jesús estará conmigo como invencible capitán, y tú estarás confundido.

Más quiero morir y sufrir cualquier pena, que condescender contigo.

Calla y enmudece: no te oiré ya, aunque más meim-

portnass: El Señor es mi luz y mi salud. ¿Á quién te- mer

Aunque se ponga contra mi un ejército, no temerd mi corazón. El Señor es mi ayuda y mi Redentor.

7. Pelea como buen soldado; y si alguna vez ca- yeres por flaqueza de corazón, procura cobrar ma- 'ores fuerzas que las primeras confiando en mayor favor mío, y guárdate mucho del vano contentamien- to de la soberbia.

'or eso muchos están engañados, y caen algunas

Sirvate de aviso y de perpetua humildad la caída de los soberbios que locamente presumen de sí.

Cómo se ha de encubrir la gracia bajo el velo de la humildad.

JESUCRISTO: 1. Hijo, te es más útil y más seguro encubrir la gracia de la devoción, y no ensalzarte, ni hablar mucho de ella, ni estimarla mucho, sino des- preciarte á ti mismo, y temer, porque se te ha dado sin merecerla.

No es bien estar muy pegado á esta afección, por- que se puede mudar presto en otra contraria.

Piensa cuando estás en gracia cuán miserable y pobre sueles ser sin ella.

Y no está sólo el aprovechamiento de la vida es- piritual en tener gracia de consolación, sino en que con humildad, abnegación y paciencia lleves á bien que se te quite; de suerte que entonces no aflojes en el cuidado de la oración, ni dejes del todo las demás buenas obras que sueles hacer ordinariamente.

Mas como mejor pudieres y entendieres, haz de buena gana cuanto está en ti, sin que por la seque- dad ó angustia de espíritu que sientes te descuides del todo.

2. Porque hay muchos que cuando las cosas no les suceden á su placer se hacen impacientes ó de- sidiosos.

Porque no está siempre en la mano del hombre su camino, sino que á Dios pertenece el dar y consolar

cuando quiere, y cuanto quiere y á quien quiere, según le agradare, y no más.

Igunos indiscretos se destruyeron á sí mismos por la gracia de la devoción, porque quisieron hacer más de lo que pudieron, no mirando la medida de su pequeñez, y siguiendo más el deseo de su corazón que el juicio de la razón.

Y porque se atrevieron á mayores cosas que Dios quería, por eso perdieron pronto la gracia.

Se hallaron Pobres, y quedaron viles los que pu- sieron en el cielo su nido, para que humillados y em- pobrecidos aprendan á no volar con sus alas, sino á esperar debajo de las mias,

.Os que aún son nuevos é inexpertos en el camino del Señor, si no se gobiernan por el consejo de dis- cretos, fácilmente pueden ser engañados y perderse.

3. Si quieren más seguir su parecer que creerá los ejercitados, les será peligroso el fin, y si se nie- gan a ceder de su propio juicio.

Los que se tienen por sabios, rara vez sufren con humildad que otro los dirija.

Mejor es saber poco con humildad y poco enten- des: que grandes tesoros de ciencia con vano con- tento.

Más te vale tener poco, que mucho con que puedes ensoberbecerte.

No obra discretamente el que se entrega todo á la alegría, olvidando su primitiva miseria y el casto or del Señor, que recela perder la gracia conce-

Ni tampoco sabe mucho de virtud el que en tiem- po de adversidad y de cualquiera molestia se des- anima demasiado, y no piensa ni siente de Mí con la debida confianza.

4. El que quisiere estar muy seguro en tiempo de paz, se encontrará abatido y temeroso en tiempo de guerra.

Si supieses permanecer siempre humilde y peque- ño para contigo y moderar y regir bien tu espíritu, no caerías tan presto en peligro ni pecado.

Buen consejo es que pienses cuando estás con fer- eo Spirit lo que puede ocurrir con la ausencia

Cuando esto acaeciere, piensa que otra vez puede volver la luz, que para tu seguridad y gloria mía te quité por algún tiempo.

5. ás aprovecha muchas veces esta prueba que si tuvieses de continuo á tu voluntad las cosas que deseas.

Porque los merecimientos no se han de calificar por tener muchas visiones ó consolaciones, ó porque sea uno entendido en la Escritura, ó por estar le- vantado en dignidad más alta.

Sino que consiste en estar fundado en verdadera humildad y lleno de caridad divina, en buscar siem- pre pura y enteramente la honra de Dios, en repu- tarse á sí mismo por nada y verdaderamente des- preciarse, y en desear más ser abatido y desprecia- do que honrado de otros.

De la baja estimación de sí mismo ante los ojos de Dios.

EL ALMA: 1. ¿Hablaré á mi Señor, siendo yo polvo y ceniza? Si por más me reputare, Tú estás contra mí, y mis maldades dan verdadero testimonio que no puedo contradecir.

as si me humillare y anonadare, y dejare toda propia estimación, y me volviere polvo como lo soy, será favorable para mi tu gracia, y tu luz se acerca- rá á mi corazón, y toda estimación, por poca que sea, se hundirá en el valle de mi miseria, y perece- rá para siempre.

Allí me haces conocer á mí mismo lo que soy, lo que fuí y en lo que he parado; porque soy nada, y no lo conocí.

Abandonado á mis fuerzas, soy nada y todo fla- queza; pero al punto que Tú me miras, luego me hago fuerte y me lleno de nuevo gozo.

es cosa maravillosa, por cierto, cómo tan de re- pente soy levantado sobre mí y abrazado de Ti con tanta penignidad, siendo así que yo, según mi pro- pio peso, siempre voy á lo bajo. ds

2. Esto hace tu amor gratuitamente, anticipándo-

se y socorriéndome en tanta multitud de necesida- des, quardandome también de graves peligros, y li- brándome de males verdaderamente innumerables.

Porque yo me perdí amándome desordenamente; pero buscándote á Ti solo y amándote puramente, me hallé á mí no menos que á Ti, y por el amor me anonadé más profundamente.

Porque Tú, ¡oh dulcísimo Señor!, haces conmigo mucho más de lo que merezco y más de lo que me atrevo á esperar y pedir.

3. ¡Benditoseas, Dios mío, que, aunque soy indig- no de todo bien, todavía tu liberalidad € infinita bondad nunca cesa de hacer bien aun á los desagra- decidos y apartados lejos de Ti!

Vuélvenos á Ti, para que seamos agradecidos, hu- mildes y devotos, pues Tú eres nuestra salud, vir- tud y fortaleza.

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CAPÍTULO VI De la prueba del verdadero amor · The Imitation of Christ — Thomas à Kempis · The Conscious Library