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The ConsciousLibrary

Chapter 39 of 80

V. · 1

Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más rojo que un pavo, con el semblante[128] alterado por la cólera y por la vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa, cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo, porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.

—¡Ah, bribón!—vociferó con tan violento ademán, que derribó un veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.

—Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un perjuicio que causan ustedes al Estado—exclamó alegremente Porfirio Petrovitch.

Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que representaba.

Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón, sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte, y su presencia le causó una desagradable sorpresa.

«He ahí una cosa con la que no contaba»—pensó.

—Perdóneme usted, se lo suplico—dijo alto, con cortedad fingida, Raskolnikoff.

—¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días—añadió Porfirio Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.

—No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado más.

—¡Imbécil!—gritó Razumikin, sin volver la cabeza.

—Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla insignificante—observó, riendo, Porfirio Petrovitch.

—Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al diablo!—replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch—. Basta de tonterías, y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene, además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?

«¿Qué quiere decir esto?»—se preguntó con inquietud Raskolnikoff.

La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo, se repuso en seguida.

—Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos—dijo con desenvoltura.

—¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?

El juez estaba en traje de la mañana.[129] Batín de casa, pantuflas en chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años, más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza, gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado, no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía. A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por mucho tiempo al observador inteligente.

En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio, Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.

Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima. Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa, cosa que pasaba los linderos de lo natural.

«¡Ese imbécil!»—decíase interiormente Raskolnikoff.

—Es preciso hacer una declaración a la policía—respondió con indiferencia Porfirio Petrovitch—. Expondrá usted que, informado de tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya se le escribirá a usted.

—Desgraciadamente—replicó Raskolnikoff con fingida cortedad—no estoy en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas... ¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos, y que, en cuanto tenga dinero...

—Eso no importa—replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente esta explicación financiera—; por lo demás, puede usted, si quiere, escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...

—¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?—interrumpió Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del aspecto pecuniario de la cuestión.

—¡Oh! en cualquier papel.

Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba, porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.

«Ese lo sabe»—se dijo instantáneamente.

—Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa—añadió bastante desconcertado—. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando supe...

—Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff, que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos empeñados—recalcó con intención evidente Razumikin.

Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas, comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató de repararla.

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V. · 1 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library