Chapter 32 of 80
VII. · 4
El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.
Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo, trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna, comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono imperioso:
—Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...
El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a la puerta y vió a Sonia...
Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven se encontraba.
—¿Quién está allí? ¿Quién está allí?—dijo de repente con voz ronca y ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.
Marmeladoff trató de incorporarse.
—¡Sigue echado! ¡No te muevas!—gritó Catalina Ivanovna.
Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá. Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje. Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un sufrimiento inmenso.
—¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!—gritó.
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Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse, lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado expiró en los brazos de su hija.
—¡Ha muerto!—exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su marido—. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de comer mañana a mis hijos?
Raskolnikoff se aproximó a la viuda.
—Catalina Ivanovna—le dijo—, la semana pasada me contó su marido toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo... Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!
Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.
—¡Ah! ¿Es usted?—le preguntó.
—Ha muerto—contestó Raskolnikoff—. Le han asistido un médico y un sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé que usted es un hombre muy bueno—añadió sonriendo y mirando frente a frente al comisario.
—Está usted manchado de sangre—dijo Nikodim Fomitch, que acababa de ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.
—Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre—agregó el joven con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un movimiento de cabeza y se alejó.
Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio. Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí. Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él gritándole:
—¡Oiga usted, caballero, oiga usted!
Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él. Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que, evidentemente, le agradaba mucho.
—Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive usted?—preguntó precipitadamente.
Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la niña? Ni él mismo lo sabía.
—¿Quién te manda?
—Mi hermana Sonia—respondió la niña sonriendo aún más alegremente.
—Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.
—Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo, Polenka.»
—¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?
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