Chapter 4 of 9
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Laques: Sí.
Sócrates: Si alguno me preguntase: Sócrates, ¿qué es esa actividad que se extiende a todas estas cosas? le respondería que la actividad es una facultad que hace mucho en poco tiempo; definición que conviene a la carrera, a la palabra, y a todos los demás ejercicios.
Laques: Tienes razón, Sócrates; está bien definida.
Sócrates: Pues defíneme lo mismo el valor; dime cuál es esta facultad, que es siempre la misma en el placer, en la tristeza y en todas las demás cosas de que hemos hablado, y que no muda jamás, ni de naturaleza, ni de nombre.
Laques: Me parece que es una disposición del alma a manifestar constancia en todo, puesto que es preciso dar una definición que comprenda todas las diferentes especies de valor.
Sócrates: Así es preciso hacerlo para responder exactamente a la cuestión; pero me parece que no tienes por valor toda constancia del alma, y lo infiero de que pones el valor en el número de las cosas bellas.
Laques: Sí, sin duda, y de las más bellas.
Sócrates: Sí, esta constancia, cuando va unida a la razón, es buena y bella.
Laques: Seguramente.
Sócrates: Y cuando se tropieza con la insensatez, ¿no es todo lo contrario? ¿no es mala y perniciosa?
Laques: Sin contradicción.
Sócrates: ¿Llamas bello a lo que es malo y pernicioso?
Laques: No lo permita Dios, Sócrates.
Sócrates: ¿Luego a esta especie de constancia no le das el nombre de valor, puesto que no es bella, y que el valor es algo bello?
Laques: Dices verdad.
Sócrates: La paciencia o constancia unida a la razón, ¿es en tu opinión el verdadero valor?
Laques: Así lo creo.
Sócrates: Veamos. ¿Es la que va unida a la razón en ciertos casos, o la que está unida en todos, en las cosas pequeñas como en las grandes? Por ejemplo, un hombre gasta constante y prudentemente sus bienes, con una entera certeza de que sus gastos le producirán un día grandes riquezas; ¿llamarás a este hombre valiente?
Laques: No, ¡por Júpiter! Sócrates.
Sócrates: Pero un médico, por ejemplo, tiene a su hijo único o cualquiera otra persona enferma de una inflamación del pulmón; este hijo le persigue y le pide de comer y beber; el médico, lejos de dejarse llevar, sufre con paciencia sus lamentos: ¿le daremos el nombre de valiente?
Laques: Tampoco es ese valor, a mi parecer.
Sócrates: En la guerra, he aquí un hombre, que está en esta disposición de alma de que hablamos; quiere mantenerse firme, y sosteniendo su valor con su prudencia, le hace ver ésta que será bien pronto socorrido; que sus enemigos son mucho más débiles, y que él tiene la ventaja del terreno; este bravo, que es tan prudente, ¿te parece más valiente que su enemigo que le espera a pie firme?
Laques: No, sin duda; este último es el valiente, Sócrates.
Sócrates: Sin embargo, el valor de este último es menos prudente que el del primero.
Laques: Eso es cierto.
Sócrates: Se sigue de aquí, que un soldado de caballería, que en un combate pruebe valor, fiado en la destreza con que maneja el caballo, será menos valiente que el que esté privado de esta ventaja.
Laques: Sí, seguramente.
Sócrates: ¿Dirás lo mismo de un arquero, de un hondero y de todos los demás, cuya firmeza esté sostenida por su habilidad?
Laques: Sin dificultad.
Sócrates: Y los que, sin haber aprendido nunca el oficio de buzos, tuviesen el valor de sumergirse en el agua ¿te parecerían más valientes que los buzos de oficio?
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