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Plato
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Chapter 3 of 10

EUTIFRON Ó DE LA SANTIDAD. · 1

¿Qué novedad, Sócrates? Abandonas tus hábitos del Liceo para venir al pórtico del Rey?[1] Tú no tienes, como yo, procesos que te traigan á aquí.

Lo que me trae aquí es peor que un proceso, es lo que los atenienses llaman negocio de Estado.

¿Qué es lo que me dices? Precisamente alguno te acusa; porque jamás creeré que tú acuses á nadie.

Seguramente que nó.

¿Es otro el que te acusa?

Si.

¿Y quién es tu acusador?

Yo no le conozco bien; me parece ser un jóven, que no es conocido aún, y que creo se llama Melito, de la villa de Pithos. Si recuerdas algun Melito de Pithos de pelo laso, barba escasa y nariz aguileña, ese es mi acusador.

No le recuerdo, Sócrates. ¿Pero cuál es la acusacion que intenta contra ti?

¿Qué acusacion? Una acusacion que supone no ser un hombre ordinario; porque en los pocos años que cuenta no es poco estar instruido en materias tan importantes. Dice que sabe lo que hoy dia se trabaja para corromper la juventud, y que sabe quiénes son los corruptores. Sin duda este jóven es mozo muy entendido, que habiendo conocido mi ignorancia viene á acusarme de que corrompo sus compañeros y me arrastra ante el tribunal de la patria como madre comun. Y es preciso confesarlo; es el único que me parece conocer los fundamentos de una buena política; porque la razon quiere que un hombre de Estado comience siempre por la educacion de la juventud, para hacerla tan virtuosa cuanto pueda serlo; á la manera que un buen jardinero fija su principal cuidado en las plantas tiernas, para despues extenderlo á las demás. Sin duda Melito observa la misma conducta, y comnienza por echarnos fuera á nosotros, los que dice que corrompemos la flor de la juventud. Y despues que lo haya conseguido extenderá indudablemente sus cuidados benéficos á las demás plantas más crecidas, y de esta manera hará á su patria los más grandes y numerosos servicios; porque no podemos prometernos ménos de un hombre que comienza con tan favorables auspicios.

Cosas que por lo pronto, al escucharlas, parecen absurdas, porque dice que fabrico dioses, que introduzco otros nuevos, y que no creo en los dioses antiguos. Hé aquí de lo que me acusa.

Ya entiendo; es porque tú supones tener un demonio familiar[2] que no te abandona. Bajo este principio él te acusa de introducir en la religion opiniones nuevas, y con eso viene á desacreditarte ante este tribunal, sabiendo bien que el pueblo está siempre dispuesto á recibir esta clase de calumnias. ¿Qué me sucede á mí mismo[3], cuando en las asambleas hablo de cosas divinas y predigo lo que ha de suceder? Se burlan todos de mí como de un demente; y no es porque no se hayan visto realizadas las cosas que he predicho, sino porque tienen envidia á los que son como nosotros. ¿Y qué se hace en este caso? El mejor partido es no curarse de ello y seguir uno su camino.

Mi querido Eutifron; no es un gran negocio el verse algunas veces mofado, porque al cabo los atenienses, á mi parecer, se cuidan poco de examinar si uno es hábil, con tal que no se mezcle en la enseñanza. Pero si se mezcla, entónces montan en cólera, ya sea por envidia, como tú dices, ó por cualquiera otra razon.

Hé aquí sin duda por qué eres tú tan reservado, y por qué no comunicas voluntariamente tu ciencia á los demás; pero respecto á mí, temo no creen que el amor que tengo por todos los hombres me arrastra á enseñarles todo lo que sé; no sólo sin exigirles recompensa, sino previniéndoles y estrechándoles á que me escuchen. Que si se limitasen á mofarse de mí, como dices se mofan de tí, no sería desagradable pasar aquí algunas horas de broma y diversion; pero si toman la cosa sériamente, sólo vosotros los adivinos podreis decir lo que sucederá.

Espero que ningun mal te suceda, y que llevarás á buen término tu negocio, como yo el mio.

¿Luego tienes aquí algun negocio? ¿Y eres defensor ó acusador?

Acusador.

¿A quién persigues?

Cuando te lo diga me creerás loco.

¡Cómo! ¿Acusas á alguno que tenga alas?

El que yo persigo, en lugar de tener alas, es tan viejo, que apenas puede andar.

¿Quién es?

Mi padre.

Sí, mi padre.

¡Ah! ¿De qué le acusas?

De homicidio, Sócrates.

De homicidio, ¡por Hércules! Hé aquí una acusacion que está fuera del alcance del pueblo, que no comprenderá jamás que pueda ser justa, en términos que un hombre ordinario tendria mucha dificultad en sostenerla. Un hecho semejante estaba reservado para un hombre que ha llegado á la cima de la sabiduría.

Sí, ¡por Hércules! á la cima de la sabiduría.

¡Es alguno de tus parientes á quien tu padre ha dado muerte? Indudablemente debe ser así, porque por un extraño no habias de acusar á tu padre.

¡Qué absurdo, Sócrates, creer que en esta materia haya diferencia entre un pariente y un extraño! Lo que es preciso tener presente es si el que ha dado la muerte lo ha hecho justa ó injustamente. Si es justamente, es preciso dejarle en paz; pero si es injustamente, tú estás obligado á perseguirle, cualquiera que sea la amistad ó parentesco que haya entre vosotros. Sería hacerte cómplice de su crímen si mantuvieras relaciones con él y no pidieras su castigo, que es el único que puede absolver á ambos. Mas voy á ponerte al corriente del hecho que motiva la acusacion. El muerto era uno de nuestros colonos que llevaba una de nuestras heredades cuando habitábamos en Naxos.

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EUTIFRON Ó DE LA SANTIDAD. · 1 · Euthyphro — Plato · The Conscious Library