Skip to content
The ConsciousLibrary

Chapter 5 of 5

· 5

Dionisodoro se detuvo aquí, y figuró que meditaba un razonamiento profundo, y luego dijo de repente:

—Dime, Sócrates, ¿no tienes un Júpiter paternal?

No dudando yo a dónde quería ir, y a donde efectivamente vino a parar, busqué un rodeo para evitar caer en el lazo en que me quería envolver, y le dije:

—No le tengo, Dionisodoro. –Verdaderamente, me replicó, es preciso que seas bien miserable. ¿Eres en verdad ateniense? –¡Qué!, ¿no tienes dioses, ni sacrificios familiares, ni todas estas bellas cosas? –Suavemente le respondí: habla de otro modo, y no me reprendas tan bruscamente. Tengo altares, tengo sacrificios; en fin, nada me falta en este género de todo lo que tienen los demás atenienses. –Pues bien, replicó él, los otros atenienses tienen un Júpiter paternal. –Ni los jonios, le dije, ni todos los que proceden de Atenas, conocen semejante nombre. Tenemos un Apolo paterno, padre de Ion; pero nosotros no llamamos a Júpiter padre, le llamamos protector de Atenas, guardador de nuestras tribus, así como Minerva es la guardadora. –No pregunto más, replicó Dionisodoro; ¿tienes un Apolo, un Júpiter y una Minerva? –Es cierto. –¿No son tus dioses? –Son nuestros padres, nuestros dueños. –¿Pero son tus dioses como acabas de confesar? –Pues bien, sí, lo confieso; ¿qué consecuencia sacas de esto? –Estos dioses, ¿no son animales? Tienen un alma seguramente, y tú has convenido en que todo lo que tiene un alma es un animal. –Sí, tienen un alma. –Luego son animales. –Corriente, animales. –Pero decías que eras dueño de los animales que eran tuyos, y que podías venderlos y sacrificarlos. –No puedo negar que lo confesé. Entonces Dionisodoro dijo: puesto que dices que Júpiter y los otros dioses son tuyos, ¿te es permitido venderlos a tu capricho o donarlos como los otros animales que te pertenecen?

Abrumado con el peso de este discurso, Critón, me callé. Ctésipo quiso salir en mi apoyo:

—¡Buen Hércules! exclamó, ¡admirable razonamiento! –Al momento replicó Dionisodoro: ¡bueno! ¿Hércules es buen Dios, o el buen Dios es Hércules? –¡Oh Neptuno! –exclamó Ctésipo al oír esto–, abandono el campo; estos hombres son invencibles.

Desde entonces, amigo Critón, ya no hubo entre los presentes ninguno que no admirara estos razonamientos; y Dionisodoro y Eutidemo se echaron a reír con tal gana, que era de temer que les hiciera daño. En verdad, sus discípulos habían antes batido palmas al oír sus razonamientos; pero en este momento, las columnas del liceo parecía que aplaudían también. Con respecto a mí, confesaré ingenuamente, que nunca había conocido personajes más hábiles que estos, y admirador de su sabiduría, les prodigué cuantas alabanzas pude. –Hombres afortunados! dije, con qué facilidad, con qué prontitud habéis dado cima a un negocio tan difícil! En vuestro discurso, Eutidemo y Dionisodoro, hay muchas cosas notables, y entre otras lo es la de no tener en cuenta para nada el público, ni los hombres formales, pues únicamente os fijáis en los que se os parecen, porque sé ciertamente, que sólo los que a vosotros se parecen, son los que estiman vuestra ciencia, y podría aseguraros que el resto de los hombres la desprecian hasta el punto de que se abochornarían más de refutar a los demás con estos artificios, que de verse convencidos y refutados. Además, encuentro en vosotros cierta delicadeza, pues cuando decís que no hay nada bueno, ni bello, ni blanco, ni negro, y que una cosa no difiere de otra, si bien es cierto que cerráis la boca a los demás, de lo que con razón os alabáis, también por un exceso de bondad os la cerráis a vosotros mismos y esto consuela en cierta manera a aquellos a quienes vuestros razonamientos ponen en aprieto. Pero lo que yo estimo más es que habéis inventado cosas tan ingeniosas, que en menos de nada puede un hombre instruirse, porque he observado que en un momento Ctésipo ha sabido imitaros. Es cosa magnífica el que podáis enseñar en tan poco tiempo el misterio de vuestro arte. Sin embargo, no os aconsejo que lo comuniquéis a muchas personas, ni tampoco, si queréis creerme, el que habléis en las grandes asambleas, porque os robarían vuestro secreto, y no os quedarían obligados. Hablad sólo entre vosotros y entre vuestros amigos, y no enseñéis esa ciencia sino por el dinero; y si queréis entenderlo, prevenid a vuestros discípulos que sólo hablen entre sí y con vosotros, porque ya sabéis que la escasez aumenta el precio de las cosas. El agua, como dice Píndaro, es excelente, pero por demasiado común no es estimada. Por lo demás, hacednos a Clinias y a mí el favor de recibirnos en el número de vuestros discípulos.

Dicho esto, y después de varios discursos semejantes, amigo Critón, nos separamos. Mira, pues, si quieres tomar con nosotros lecciones de estos extranjeros. Se manifiestan decididos a enseñar su arte por el dinero a cualquiera que se presente, y sean las que quieran su edad y la disposición de su espíritu. también aseguran, y es bueno que lo sepas, que su ciencia se armoniza perfectamente con el afán de entregarse a los negocios.

Critón: Verdaderamente, Sócrates, no tengo aversión a la ciencia, y con gusto intentaría en ella algún adelanto, pero temo ser del número de aquellos que no se parecen a Eutidemo, y que, como ya lo has dicho, se abochornarían menos de verse refutados, que de refutar a los demás con tales artificios. No es mi ánimo darte consejos, pero no estará fuera de su lugar referirte lo que oí decir a uno que venía de vuestra reunión. Estando paseándome, tropecé con uno de aquellos que pasan por grandes hombres de negocios: ¡Oh Critón! me dijo, ¿has oído a estos filósofos? –No, ¡por Júpiter! le contesté; la excesiva concurrencia me ha impedido aproximarme. –Bien merecen que se les oiga, me respondió. –¿Por qué? le dije. –Son los primeros hombres del mundo en su clase –¿Pero qué te parecen? repuse. –Lo que me parece, respondió, es que sólo se les oye decir bagatelas, y que todo su talento lo emplean en insulseces; estas son sus palabras. –Sin embargo, le dije, ¡es tan apreciable la filosofía! –¿Por qué apreciable? ningún provecho se saca de ella. Y si hubieras presenciado esta polémica, te habrías compadecido de tu amigo, porque es muy ridículo, que haya tomado por maestros a estos sofistas. Sin embargo, toda su ciencia no es más que un juego de palabras, y han renunciado completamente al buen sentido. Cuantos se consagran a esa profesión, pasan la vida entregados a esta clase de sutilezas. A decirte verdad, Critón, la filosofía, como los que se entregan a ella, es un conjunto de frivolidades y ridiculeces. –Yo no encuentro, sin embargo, Sócrates, que ni él ni nadie tengan razón para hablar mal de este estudio, pero no le ha faltado para reprender a los que disputan públicamente con estos extranjeros.

Sócrates: Te aseguro, Critón, que son muy singulares estos hombres; ¿pero quién es ese que encontraste, y que tan mal está con la filosofía? ¿Es alguno que siga la carrera del foro y sobresalga por su elocuencia, o es de los que componen arengas para que otros las pronuncien?

Critón: No, ¡por Júpiter! no es un orador, ni creo que haya hecho nunca defensas en el foro, pero se dice que es muy entendido en el derecho, y que compone excelentes defensas para otros.

Sócrates: Ya entiendo; es uno de los que Prodico colocaba entre la política y la filosofía; se consideran a sí mismos como muy entendidos, y creen pasar por tales en la mente de la mayor parte de los hombres; pero se imaginan que los filósofos impiden que su reputación sea universal. Están persuadidos de que si pudiesen desacreditar y hacer despreciables a los filósofos, entonces gozarían ellos sin rivalidad de una gloria plena y completa. No dudan de la superioridad de su mérito, pero cuando encuentran a ti, a Eutidemo y sus partidarios no dejan de tener cierta aprensión. Se creen los más sabios, porque tienen alguna tintura de la ciencia política y de la filosofía, y en este concepto participan de ambas en lo puramente necesario, y sin correr el azar de las discusiones, cogen tranquilamente los frutos de su sabiduría.

Critón: ¿Pero no apruebas lo que dicen? Su discurso tiene, sin embargo, cierto aire de verdad.

Sócrates: Es cierto; hay apariencia pero no solidez en lo que dicen; no hay medio de persuadirles de que todo lo que se encuentra entre el bien y el mal, y está por esto mezclado, es peor a causa del mal y mejor a causa del bien; que dos bienes unidos y que no tienden al mismo fin se estorban recíprocamente para llegar al término que cada uno de ellos se propone; que por la misma razón, la mezcla de dos males contrarios corrige su malignidad; de suerte que si la filosofía es una cosa buena y lo es también la ciencia política, y ambas tienen fines diferentes, los que participan de la una y de la otra y están entre las dos, no son tan buenos como los filósofos, ni tan buenos como los políticos; y que si la filosofía es un bien y la política un mal, serán mejores que los primeros, y peores que los segundos; y que si son dos males, entonces de lleno tendrán razón, y sólo así pueden tenerla. Pero no creo, que pretendan, que la filosofía y la ciencia política sean dos males, ni que la una sea un mal y la otra un bien. Estos semi-políticos y semi-filósofos no pueden tomar asiento sino después de los filósofos y de los políticos, y sin embargo, aquellos se colocan por cima de estos. Es preciso, sin duda ser indulgentes con su vanidad, sin concederles, sin embargo, el rango que no merecen tener porque debe apreciarse a todos aquellos que se esfuerzan en cultivar todo lo que es racional, y que trabajan con ardor para conseguirlo.

Critón: Por lo demás, Sócrates, como ya te he dicho, me inquieta y me preocupa mucho la educación de mis hijos; el más joven aún no está en edad, pero Critóbulo, que es el mayor, es ya grande y tiene necesidad de un preceptor que le forme el espíritu. Todas las veces que converso contigo sobre este objeto, quedo persuadido de que es una gran locura desatender su educación, y no pensar más que en casarles con jóvenes ricas y de familias distinguidas. Por otra parte, cuando considero los que hacen profesión de educar a la juventud, si he de decirte la verdad, me aterran, porque me parecen tan indignos como incapaces. Así es, que yo no veo la razón, que pueda obligarme a dedicar mi hijo al estudio de la filosofía.

Sócrates: ¡Oh mi querido Critón! ¿No sabes que el Mundo está lleno de gentes que ignoran el oficio de que hacen profesión? ¿Que hay muy pocos que lo sepan, y que merezcan que se haga caso de ellos? ¿No estimas la ciencia económica, la retórica, el arte militar?

Critón: Seguramente, las estimo.

Sócrates: ¡Sin embargo, cuántos, entre los que enseñan estas ciencias, te parecerán realmente ridículos!

Critón: ¡Por Júpiter! dices la verdad.

Sócrates: Y bien, visto esto, ¿te separarás tú y separarás a tus hijos de todas estas ocupaciones?

Critón: Creo que obraría mal.

Sócrates: No lo hagas, Critón. No mires, si los que son profesores de filosofía son buenos o malos, sino fíjate en la filosofía misma. Si la juzgas mala, separa, no sólo a tus hijos, sino también al resto de los hombres; si la encuentras tal como a mí mismo me ha parecido siempre, aplicaos a ella tú y tus hijos con todas vuestras fuerzas.

Use the ← → keys to move between chapters.

· 5 · Euthydemus — Plato · The Conscious Library