Chapter 4 of 30
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Alcibíades: No en verdad, Sócrates:.
Sócrates: Haz un ensayo; voy a ponerte en el camino. ¿Cómo llamas tú a las diosas que presiden a este arte?
Alcibíades: ¿Quieres hablar de las musas?
Sócrates: Seguramente. Mira qué nombre ha tomado este arte de las musas.
Alcibíades: ¡Ah! ¿hablas de la música?
Sócrates: Precisamente; y como te he dicho, que lo que se hace conforme a las reglas de la lucha y de la gimnasia se llama gimnástica, dime igualmente cómo llamas tú lo que se hace según las reglas de este arte.
Alcibíades: Yo lo llamo arte musical.
Sócrates: Muy bien. Pero, dime, en el arte de hacer la guerra y en el de hacer la paz ¿cuál es lo mejor y cómo lo llamas? Así como en cada una de las otras dos artes dices que lo mejor en el uno es lo que es más gimnástico, y lo mejor en el otro lo que es más musical, trata de decirme ahora, en lo que te he preguntado, el nombre de lo mejor.
Alcibíades: No podré decírtelo.
Sócrates: Pero si alguno te oyese razonar y dar consejos sobre alimentos, y decir: este alimento es mejor que aquel, es preciso tomarlo en tal tiempo y en tal cantidad, y él te preguntase: Alcibíades, ¿qué es lo que llamas mejor? ¿no sería una vergüenza que no pudieses responderle que lo mejor es lo que es más sano, aunque no seas médico, y que en las cosas que haces profesión de saber y sobre las que te mezclas en dar consejos, como sabiéndolas mejor que los demás, no tuvieses nada que responder? ¿No te llena esto de confusión?
Alcibíades: Lo confieso.
Sócrates: Aplícate pues y haz un esfuerzo para decirme cuál es el objeto de este mejor que buscamos en el arte de hacer la paz o la guerra, y con quién se debe estar en guerra o en paz.
Alcibíades: Yo no podré encontrarlo por más que me empeñe.
Sócrates: ¡Qué! ¿No sabes, que cuando hacemos la guerra nos quejamos de cualquier cosa que nos han hecho aquellos contra los que tomamos las armas, e ignoras qué nombre damos a aquello de que nos quejamos?
Alcibíades: Sé que decimos que se nos ha engañado o insultado o despojado.
Sócrates: Ánimo y sigamos. Cuando tales cosas nos suceden, ¿puedes explicarme la diferente manera en que pueden ocurrir?
Alcibíades: ¿Quieres decir, Sócrates, que pueden ellas ocurrir justa o injustamente?
Sócrates: Eso mismo.
Alcibíades: Y esto constituye una diferencia infinita.
Sócrates: ¿A qué pueblos declararán la guerra los atenienses por tus consejos? ¿Será a los que siguen la justicia o a los que la violan?
Alcibíades: ¡Terrible pregunta, Sócrates! Porque aun cuando hubiese alguno que creyese que es preciso hacer la guerra a los que respetan la justicia, se atrevería a sostenerlo?
Sócrates: Es cierto; eso no es conforme a las leyes.
Alcibíades: No, sin duda; eso no es ni justo, ni decente.
Sócrates: ¿Tendrás por consiguiente en cuenta la justicia en todos tus consejos?
Alcibíades: Es indispensable.
Sócrates: Pero ese mejor, que yo te reclamaba antes, con motivo de la paz y de la guerra, para saber con quién, cómo y cuándo es preciso hacer la guerra y la paz ¿no es siempre lo más justo?
Alcibíades: Así me parece.
Sócrates: Pero, mi querido Alcibíades, es preciso que suceda una de dos cosas: o que sin saberlo, ignores tú lo que es justo, o que, sin saberlo yo, hayas ido a casa de algún maestro que te enseñara a distinguir lo que es más justo y lo que es más injusto. ¿Quién es ese maestro? Dímelo, te lo suplico, para que me pongas en sus manos y me recomiendes a él.
Alcibíades: Esa es una de tus ironías, Sócrates.
Sócrates: No, te lo juro por el Dios que preside a nuestra amistad, y que es un Dios a quien no querría ofender con un perjurio. Te lo suplico muy seriamente; si tienes un maestro, dime quién es.
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