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The ConsciousLibrary

Chapter 61 of 80

IV. · 1

Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones y disgustos, había defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin. Aparte del interés que le inspiraba la joven, había aprovechado con gusto, después de los tormentos de por la mañana, la impresión de sacudir impresiones que se le hacían insoportables. Por otro lado, su próxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por momentos. Tenía que revelarle que había matado a Isabel, y presintiendo todo lo que esta confesión tendría de penosa, se esforzaba por apartar de ella el pensamiento.

Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, había exclamado: «Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», era el combatiente animado por la lucha, excitado aún por su victoria sobre Ludjin, el que había pronunciado aquella frase de desafío; pero, cosa singular, cuando llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandonó de repente, dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se preguntó: «¿Será preciso decir que he matado a Isabel?» La pregunta era extraña, porque en el momento en que él se la hacía comprendía la imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesión, sino aun la de diferirla un minuto.

No sabía por qué era imposible; únicamente lo sentía y estaba como aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresuró a abrir la puerta, y antes de franquear el umbral miró a Sonia. La joven estaba sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre las manos. Al ver a Raskolnikoff se levantó en seguida y fué a su encuentro, como si lo hubiese esperado.

—¿Qué habría sido de mí sin usted?—dijo vivamente, en tanto que le hacía pasar a la sala.

Parecía que entonces no pensaba más que en el servicio que le había prestado el joven, y tenía prisa de darle las gracias. Después esperó.

Raskolnikoff se aproximó a la mesa y se sentó en la silla que la joven acababa de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos pasos de él, exactamente como el día anterior.

—Habrá usted observado—dijo advirtiendo que le temblaba la voz—que la acusación no tenía otro fundamento que la posición social de usted y las costumbres que ella implica. ¿Lo ha comprendido usted así?

El rostro de Sonia se ensombreció.

—No me hable usted como ayer, le suplico que no vuelva a empezar. He sufrido ya bastante...

Se apresuró a sonreír, temiendo que el reproche ofendiese al visitante.

—Hace un momento he venido a casa como una loca. ¿Qué pasa allí ahora? Yo quería volver, pero suponía que vendría usted.

Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna acababa de echar de casa a los Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna había ido a buscar justicia a cualquier parte.

—¡Ah, Dios mío!—exclamó Sonia—. ¡Vamos en seguida!—y tomó apresuradamente su manteleta.

—¡Siempre lo mismo!—replicó Raskolnikoff contrariado—. Usted no piensa más que en ellos. Quédese usted un momento conmigo.

—Pero... Catalina Ivanovna...

—Catalina Ivanovna vendrá aquí, no tenga usted duda—respondió con tono de enfado el joven—. Culpa de usted será si no la encuentra.

Sentóse Sonia, presa de cruel perple[205]jidad. Raskolnikoff, con los ojos bajos, reflexionaba.

—Hoy Ludjin quería, simplemente, desacreditarla a usted; lo concedo—dijo sin mirar a Sonia—; sí, le hubiera convenido meterla a usted en la cárcel, y si no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff y yo, lo habría hecho. ¿No es así?

—Sí—dijo la joven con voz débil—. Sí—repitió maquinalmente, distraída de la conversación a causa de la inquietud que experimentaba.

—Podía, en efecto, no haber estado yo allí, y si Lebeziatnikoff se encontró fué por casualidad.

Sonia guardó silencio.

—Si la hubieran llevado a usted a la cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se acuerda usted de lo que dije ayer?

Sonia continuó callada, y el joven esperó un momento su respuesta.

—Pensaba que iba usted a exclamar: «¡Ah, no hable usted de eso! ¡No siga usted!»—repuso Raskolnikoff con risa un poco forzada—. Vamos, ¿no dice usted nada?—preguntó al cabo de un minuto—. Será preciso que sostenga yo solo la conversación. Ahí tiene usted; tendría curiosidad por saber cómo resolvería usted una «cuestión», según dice Lebeziatnikoff (comenzaba a ser visible su turbación). No; hablo seriamente. Suponga usted, Sonia, que estuviese enterada de antemano de todos los proyectos de Ludjin; que usted supiese que estos proyectos iban encaminados a asegurar la pérdida de Catalina Ivanovna y de sus hijos, sin contar la de usted (porque usted no hace caso de sí misma para nada). Suponga usted, por consiguiente, que Poletchka fuese condenada a una existencia como la de usted; siendo esto así, si dependiese de usted hacer que pereciese Ludjin, o lo que es lo mismo, salvar a Catalina Ivanovna y su familia, o dejar vivo a Ludjin para que cumpliese sus infames designios; contésteme, ¿por cuál de las dos cosas se decidiría usted?

Sonia le miró con inquietud; bajo estas palabras pronunciadas con voz vacilante, adivinaba algún pensamiento recóndito.

—¿Podría yo esperarme alguna pregunta por el estilo?—dijo la joven interrogándole con los ojos.

—Es posible; pero conteste: ¿por quién se decidiría usted?

—¿Qué interés tiene usted en saber lo que haría en un caso que no puede presentarse?—exclamó Sonia con repugnancia.

—¿De modo que dejaría vivir a Ludjin y que cometiese tales infamias? No tiene usted valor para decirlo con franqueza.

—No conozco los secretos de la divina Providencia... ¿por qué me pregunta usted lo que haría en un caso imposible? ¿A qué vienen esas vanas preguntas? ¿Cómo la existencia de un hombre puede depender de mi voluntad? ¿Quién me erige a mí árbitro de la vida y la muerte de las personas?

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IV. · 1 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library