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Chapter 1 of 3

Apología de Sócrates por Jenofonte · 1

PROCESO Y MUERTE DE SÓCRATES..mw-parser-output.adornada{border-collapse:collapse;border-spacing:0 0;text-align:center;line-height:1em;background-color:transparent}.mw-parser-output.comun{background-color:#000;color:black}

OPÚSCULOS DE ESCRITORES GRIEGOS,

TRADUCIDOS Y COMENTADOS

por

DON ANTONIO GONZALEZ GARBIN,

Doctor en Filosofía y letras, Catedrático del Instituto de 2.ª enseñanza de Almeria.

APOLOGÍA DE SÓCRATES POR JENOFONTE.

ALMERIA:—1871. Imprenta de Alvarez hermanos. calle de las tiendas, núm. 19.

.mw-parser-output.wst-largeinitial{font-size:3em;line-height:0.5;vertical-align:baseline;margin:0em.05em 0em 0em;font-family:inherit}Nos proponemos publicar, y comenzamos por la Apología debida á Jenofonte, todos los documentos que se refieren á uno de los hechos mas interesantes que registra la historia de la humanidad: el Proceso y muerte de Sócrates, del gran filósofo ateniense que si pudo perecer un dia por la airada saña de sus compatriotas, en cambio vivirá eternamente en la memoria de los siglos. Y es interesante todo este trágico suceso no sólo por sus sublimes conmovedores episodios, sino porque se dió entonces por primera vez realizado en la Grecia, en el pueblo de la antigüedad más famoso por las singulares hazañas de sus héroes, la realidad de un héroe divino del pensamiento.

Sócrates fué un ciudadano ateniense, hijo de un escultor, en el cual llegaron á encontrarse reunidas todas las mas bellas dotes que pueden enaltecer á los grandes hombres. Supo este filósofo eminente concertar tan hermosamente la ciencia y la vida, que en él se veian conjuntamente reunidos un corazon puro y un alma elevada; era el modelo mas acabado del filósofo y del hombre, y aun del militar y del político, pues no desdeñaba sus deberes de ciudadano; sino al contrario: se hallaba dispuesto siempre á todo sacrificio en áras de la República. Tales fueron las cualidades del hombre que inició en la Grecia durante la guerra civil del Peloponeso uno de los más fecundos renacimientos filosóficos, uno de los más poderosos movimientos del espíritu humano, comparable y semejante al que cuatro siglos despues originó la aparicion del cristianismo, y en la alborada de los tiempos modernos la semilla arrojada en el campo de la filosofía por Bacon y Descartes.

No es de nuestro propósito ni hacer la biografía del filósofo griego, ni desenvolver con proligidad en qué consistió la doctrina, ó por mejor decir, el Método Socrático. Sino apuntar algunas consideraciones que sirvan de comentario al asunto que se trata en los interesantes Opúsculos que vamos á publicar.

Formada la prosa ateniense en el periodo de la guerra peloponésica, se hizo la comun lengua de la Grecia y, mediante aquel hermoso idioma, pudo tambien madurar un profundo sentido comun, culto y científico, reinado de ilustracion y de cultura conservado por Aténas sobre Esparta, su implacable rival política, y más tarde sobre el imperio macedónico y los romanos por cuyo medio ha trascendido largamente hasta nuestros tiempos.

Era Aténas una ciudad tan principal y celebrada por la preponderancia de su comercio y de su marina, por la grandeza de sus edificios y la pompa de sus festividades, no ménos que por la fama de sus artistas y poetas, de sus filósofos y políticos, que á ella acudian de todos los extremos de la Grecia cuantos se sentian entonces con vocacion á las ciencias ó á las artes: habiéndose llegado á convertir la capital culta y bella del Ática, y lo fué por muchos tiempos, en una vasta Academia. Mas por desdicha, y como ha acontecido en otros pueblos y en circunstancias análogas, la refinada civilizacion de Aténas llegó á contrastar con una corrupcion tal en las costumbres, que no bastaban á aminorar la celebrada Sal ática, el artificioso ingenio y suave trato de los atenienses. Cuando la degradacion corroe las entrañas de una sociedad, el corazon se contrista y envilece, la inteligencia se pierde en entorpecidos laberintos, y atentos los hombres al vano edén de los sentidos, huellan con planta indiferente las flores inmarchitables de la virtud. Esto aconteció en Grecia en la época que nos ocupa. Su depravacion fué convertida en sistema por los sofistas, cuyas máximas corruptoras trascendieron no sólo á la vida privada y á la pública, sino hasta á la administracion y gobierno de la República. Pero estos falsos apóstoles de la ciencia, estos impíos emponzoñadores del corazon de sus conciudadanos, fueron enérgicamente confundidos por Sócrates, su enemigo acérrimo, declarado, inexorable. Y no porque cupieran rencores en el ánimo del filósofo; sino á causa de su amoroso anhelo por el triunfo de la verdad y de la justicia. Captóse Sócrates, por la sublimidad de sus máximas y con la austeridad de su ejemplo, las simpatías de la juventud ilustrada de Atenas, á la que enardecia enseñándole las nobilísimas ideas de lo bello, de lo verdadero y de lo bueno: doctrinas que llevaron sus discípulos á la vida pública, en la que brillaron algunos como insignes políticos y estadistas y como enfrenadores de una fraccion demagógica, ambiciosa y turbulenta. Sócrates se mostró tan inflexible contra estos ignorantes aduladores de la muchedumbre como ántes se habia manifestado rígido y severo contra la prepotencia de los tiranos. Pero le cupo, como observa bien uno de sus mas ilustres biógrafos, la suerte que en todos los siglos sufren los hombres que no pueden ponerse del lado de las injusticias. Disfrazaron sus enemigos con un pretesto sagrado el medio que buscaron para perderle, vengándose de tan execrable é indigno modo de sus ataques políticos.—Acusáronle ante los heliastas de «corruptor de la juventud» y «maestro de nuevos dioses», citando el dicho frecuente del filósofo que «escuchaba una voz interior, un Génio, (Δαɩμόνɩον); que le enseñaba el modo de obrar.—Tal fué el pretexto de que se valieron un trágico sin talento, un ricacho malvado ó fanático y un impudente anarquista, Mélito, Anito y Licon, cuyos nombres se verán cubiertos perpétuamente de infamia, para pedir la muerte del que con razon consideró el oráculo de la antigüedad como «el más generoso, el más justo y el más sabio de los hombres.»

Los pormenores de este interesante drama, así como las doctrinas y los hechos de aquel pensador ilustre, se han conservado religiosamente por sus dos esclarecidos discípulos Platon y Jenofonte.

Habian sido derrotados los atenienses por los tebanos en una de las salidas que hicieron aquellos despues de la toma de Delium. Uno de los guerreros atenienses, mancebo de unos veinte años y de gallarda presencia, cuyo caballo habia sido muerto, cayó en tierra cubierto de heridas. Un compatriota suyo, soldado de atlético y rudo organismo, pero de grave y dulce continente, reconoce al jóven guerrero, y colocándoselo sobre las anchas espaldas, le llevó cargado un gran número de estadios hasta ponerle léjos del dardo de los enemigos. Era Sócrates, que salvaba la vida á su discípulo Jenofonte, al discípulo que agradecido habia de legar á la posteridad el retrato inmortal del Maestro.

Y quién fué Jenofonte?

Jenofonte hijo de Gryllus y conocido con el sobrenombre de La Abeja atica, fué uno de los mas insignes historiadores de la Grecia, el digno continuador de Tucídides. Nació en Erquios, una de las pequeñas aldeas que el viajero podia visitar entonces en los alrededores de Atenas, y cuyo nombre salvará del olvido la memoria del gran historiador, como han atravesado los siglos los nombres humildes de Halima, Alopecia y Peónia por haber tenido la gloria de servir de cuna á Tucidides, Sócrates y Demóstenes.

Segun las observaciones contradictorias de los críticos y eruditos que han discutido la fecha incierta de su nacimiento, podria fijarse este en el 4.º año de la 83.ª olimpiada, 445 ántes de nuestra era.

Sábese que á los 18 años se sometió á la direccion filosófica de Sócrates. Su educacion anterior probablemente sería la de todos los jóvenes atenienses. Aprender de memoria los poemas de Homero, las sentencias de Solon, de Theognis y de Focílides, estudiar los elementos de la gramática, las matemáticas y los principios de la estrategia, y vigorizarse bajo la direccion de los pedótribas en los ejercicios varios de la gimnasia. Mas de tal manera se desenvolvieron las disposiciones naturales de Jenofonte bajo la direccion de Sócrates, tan provechosa fué para él aquella enseñanza natural y sencilla fundada en la observacion, en la reflexion, y en el conocimiento práctico de la inteligencia y del corazon humano, que á ella sin duda se debe el juicio, la razon y ese buen sentido que se hallan esparcidos como una luz dulce y suave en todos los escritos que le recomiendan á la memoria de la posteridad.

Ya hemos dicho como fué salvado por su maestro en el combate librado bajo los muros de Delium. En otro combate fué hecho prisionero por los beocios, y á esta desgracia debió la fortuna de recibir las lecciones de Prodico de Céos. Puesto en libertad asistió á la escuela del retórico Isócrates.

Sirvió en muchas campañas de la guerra del Peloponeso y en ellas se formó su experiencia militar. A esta época de su vida atribuyen los críticos alemanes la publicacion de algunos de sus escritos como el Banquete, el Hieron y las Rentas áticas.

Púsole en relaciones con Cyro un condiscípulo suyo, Próxenes, jóven beocio á quien conoció en la escuela de Sócrates. Residia su amigo en Sardes, y le invitó á compartir con él los favores del príncipe. La perspectiva de un viaje á Oriente, y las promesas de una vida de agitacion y de aventuras fueron incentivos tan poderosos para Jenofonte que se decidió á partir, en verdad no con entera satisfaccion de su maestro quien previó las sospechas que habian de recaer sobre él por esta expedicion. Y en efecto, no le valió haber capitaneado gloriosamente á sus compatriotas en la famosa Retirada de los diez mil, cuyos conmovedores episodios hasta el regreso casi inesperado de los griegos á su pátria pueden leerse en uno de sus mas bellos escritos, (La Anábasis); no le valió ser como hombre un filósofo grave y útil, como militar un valiente, ni un varon de clarísimo entendimiento: pues su amistad con Cyro, sus relaciones con Agesilao y la defensa noble y enérgica que hizo del Maestro en sus dos escritos La Apología y las Memorias de Sócrates, todas estas circunstancias le valieron un decreto de destierro bajo el pretexto de su afeccion al partido dório.

Partió acompañado de su esposa Filesia y de sus dos hijos Grylo y Diodoro, los cuales por el cariño fraternal que se profesaban merecieron que se les diera el sobrenombre de «Los Dioscuros.» Permaneció en Esparta el resto de su vida, considerándola como tal pátria adoptiva hasta el punto de haberse hallado al lado de Agesilao en la batalla de Coronéa. Fijóse definitivamente en su casa de campo de Scilonta, cerca de Olimpia, donde compuso las obras filosóficas, históricas y políticas que le han conquistado tanta gloria, en las cuales resplandecen los sentimientos humanitarios y generosos inspirados por el filósofo, cuyo recuerdo lleva perpétuamente en el corazon.

Las obras literarias de Jenofonte se pueden dividir en filosóficas, didácticas, históricas y políticas. Sus obras filosóficas son: Las Memorias de Sócrates, La Economía, La Apología de Sócrates, El Banquete y el Hieron. Sus tratados didácticos: La Equitacion, el Jefe de Caballería y La Caza. Son sus obras históricas: Las Helénicas, la Anábasis, la Ciropedia y el Elogio de Agesilao. Por último sus opúsculos políticos son: las Constituciones de Esparta y Atenas y Las Rentas del Atica.

No siendo de nuestro actual propósito traducir todas las obras de Jenofonte, emitirémos sólo sobre aquellas que vayamos publicando, algunas consideraciones.

La Apología ó Defensa de Sócrates es una composicion semioratoria, semipolémica. No es, como parece á primera vista por su título, un discurso para ser pronunciado ante un Jurado, ni es tampoco una impugnación de Jenofonte á los enemigos de Sócrates, por la iniquidad de su conducta. Al principio y al fin de la Apología expone claramente el objeto que se propone: «demostrar el respeto de Sócrates á los dioses, su justicia con los hombres, la dignidad con que rehusó apelar á humillantes súplicas para conservar la existencia, y la conviccion que tenia de que la muerte era un bien que le concedia la Providencia.»

Valckenær, Schneider y otros críticos dán á esta composicion ménos mérito literario que á otras de Jenofonte. Mas nadie pone en duda que tanto La Apología como Las Memorias tienen un valor histórico aun superior al de los escritos de Platon sobre el mismo asunto: pues relata con tan ingénua sencilléz, con tan noble complacencia, con tales detalles los hechos del Filósofo, que por sus escritos se conocerá eternamente la vida real de Sócrates con todos los caractéres que ostentó en su tránsito por esta Tierra. El divino Platon leia en cierta ocasion un pasaje del Fedro á su maestro, y le arrancó esta esclamacion: ¡Qué cosas me hace decir ese jóven en las que nunca he pensado! En efecto, aquellas cosas eran superiores á sus habituales meditaciones, aunque no contrarias á sus doctrinas. En suma: Las Apologías ó Defensas de Sócrates y Platon, con las Memorias del primero y las varias Pláticas del segundo, que se ocupan del Proceso y de la muerte de Sócrates, son documentos que se completan entre sí, y escritos que perpétuamente conmoverán á los corazones generosos, en los cuales arda la llama pura del entusiasmo; á los espíritus capaces de admirar á aquellos varones fuertes que han sellado heróicamente sus convicciones con su sangre.

Sin embargo, aunque Jenofonte no poseia el arrebatado entusiasmo ni la pasion ardiente, sin las cuales es imposible la elevacion oratoria, aunque no tenia mas imaginacion que aquella que requieren los géneros templados, con todo, en las breves arengas de la Apología, se eleva alguna vez hasta la elocuencia con sólo dejar hablar á un sentimiento de profunda indignacion. No encontrarémos en la Apología de Jenofonte, un resúmen como el de la de Platon. «Ya es tiempo de partir, yo para la muerte, vosotros para la vida. ¡Dios sabe á cual está reservado mejor destino!»; pero en cambio el silencio final de Sócrates en la Apología de Jenofonte, es imponente y magnífico: «Despues de haber hablado así, partió sin que nada en él desmintiese su lenguaje: en sus ojos, en su actitud, en su marcha conservando una serenidad espléndida.» Esta magestad, esta inalterable sangre fria, dice Talbot, este talante de un hombre sobre el que acaba de recaer una sentencia de muerte, ¿no és la condenacion más elocuente y sublime de los mismos que le han condenado?: y con razon compara esta actitud á la de Régulo cuando torna para el destierro.

Grandes elogios se han tributado al estilo de Jenofonte. Ciceron decia que era más dulce que la miel, y Quintiliano que sus lábios eran el asiento de la persuasion. En la Apología, si bien ménos que en otros escritos de Jenofonte, se vén las cualidades generales de su estilo: nobleza, sencillez, elegancia, y lleno de gracia, sin ser vigoroso ni sublime. El fondo de los escritos de este insigne polígrafo, es lo que constituye su mérito principal. Escribe para mejorar á los hombres, para hacerlos buenos y útiles: ésa es la idea capital que movió siempre la pluma de este eminente literato ateniense, dejando en todos sus escritos, aun en los mas exiguos, alguna partícula de su alma.

JENOFONTE.

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