Chapter 4 of 10
EUTIFRON Ó DE LA SANTIDAD. · 2
Un dia, que habia bebido con exceso, se remontó y encarnizó tan furiosamente contra uno de nuestros esclavos, que le mató. Mi padre ató de piés y manos al colono, le sumió en una profunda hoya y en el acto envió aquí á consultar á uno de los Exégetas para saber lo que debia hacer, sin curarse más del prisionero y abandonándole como un asesino, cuya vida era de poca importancia; así fué que murió; porque el hambre, el frio y el peso de las cadenas le mataron ántes que el hombre, que mi padre envió, volviese. Con este motivo, y vista mi actitud, toda la familia se subleva contra mí, porque mediando un asesino acuso á mi padre de un homicidio, que ellos pretenden que no ha cometido, y áun dado caso de que le hubiera cometido, sostienen que yo no deberia perseguirle, puesto que el muerto era un malvado y un asesino, y que por otra parte es una accion impía que un hijo persiga á su padre criminalmente. ¡Tan ciegos están sobre el conocimiento de las cosas divinas, y tan incapaces para discernir lo que es impío de lo que es santo!
Pero ¡por Júpiter! ¿crees, Eutifron, tú que conoces tan exactamente las cosas divinas, y que distingues con precision lo que es santo y lo que es impío, que habiendo pasado las cosas de la manera que dices, puedas perseguir á tu padre, sin temor de cometer una impiedad?
Me estimaria bien poco, y Eutifron no tendria ventaja sobre los demás hombres, si no conociese todas estas cosas perfectamente.
¡Oh maravilloso Eutifron! Estoy convencido de que el mejor partido que yo puedo tomar es hacerme tu discípulo y hacer saber á Melito, ántes del juicio de mi proceso, que hasta aquí he mirado como una de las mayores ventajas saber bien las cosas divinas; pero que hoy dia, viendo que me acusa de haber caido en el error introduciendo temerariamente opiniones nuevas sobre la divinidad, me he pasado á tu escuela. Así, pues, le diré: Melito, si con fiesas que Eutifron es hábil en estas materias, y que sus opiniones son buenas, te declaro que tengo los mismos sentimientos que él; por consiguiente cesa de perseguirme; y si, por lo contrario, crees que Eutifron no es ortodoxo, emplaza al maestro ántes de tomarla con el discípulo, puesto que él es el que pierde á los dos ancianos, su padre y yo; á mí por enseñarme una religion falsa, y á su padre por perseguirle, fundado en los principios de esta misma religion. Pero si se desentiende de mi peticion y continúa en perseguirme, ó dejándome se dirige á tí, tú no dejarás de comparecer y decir lo mismo que yo le hubiera significado.
¡Por Júpiter! Sócrates, si su imprudencia llega al punto de atacarme, bien pronto encontraré su flaco, y correrá más peligro que yo delante de los jueces.
Ya lo sé, y hé aquí por qué deseaba tanto ser tu discípulo, seguro que no hay nadie tan atrevido para mirarte cara á cara; ni el mismo Melito; ese hombre que penetra hasta tal punto el fondo de mi corazon que me acusa de impiedad.
Ahora, en nombre de los dioses, dime lo que hace poco me asegurabas saber tan bien: qué es lo santo y lo impío; sobre el homicidio, por ejemplo, y sobre todos los demás objetos que pueden presentarse. ¿La santidad no es siempre semejante á sí misma en toda clase de acciones? Y la impiedad, que es su contraria, ¿no es igualmente siempre la misma, de suerte que la misma idea, el mismo carácter de impiedad, se encuentra siempre en lo que es impío?
Seguramente, Sócrates.
Llamo santo, por ejemplo, lo que hago yo hoy dia de perseguir en justicia todo hombre que comete muertes, sacrilegios y otras injusticias semejantes, ya sea padre, madre, hermano ó cualquiera otro; y llamo impío no perseguirles. Sígueme, Sócrates; te lo suplico, porque quiero darte pruebas bien positivas de que mi definicion es buena, y que es una accion santa, como se lo he dicho á muchas personas, no tener ningun género de miramientos con el impío, cualquiera que él sea. Todo el mundo sabe que Júpiter es el mejor y el más justo de los dioses, y todos convienen en que encadenó á su mismo padre porque devoraba sus hijos contra razon y justicia; y Saturno no trató con ménos rigor å su padre por otra falta. Sin embargo, se sublevan contra mí porque persigo á mi padre por una injusticia atroz, y se incurre en una manifiesta contradiccion, juzgando de tan distinto modo la accion de los dioses y la mia.
¿No es esto mismo, Eutifron, lo que motiva hoy mi acusacion ante el tribunal, porque cuando se me habla de estas leyendas de los dioses las recibo con dificultad? Y estoy persuadido que este será el crimen que se me impute. Si tú que eres tan hábil en materia de religion, estás de acuerdo en este punto con el pueblo, y si crees en tales leyendas, es de necesidad que nosotros lo creamos igualmente; nosotros que confesamos ingénuamente no tener ningun conocimiento de estas materias. Esta es la razon para pedirte, en nombre del dios que preside á la amistad, que no me engañes, y que me digas: ¿Crees que todas estas cosas se hayan realmente verificado?
¿Crees con formalidad que entre los dioses hay guerras, odios, combates y todas las demás pasiones tan sorprendentes que los poetas y pintores nos representan en sus poesías y en sus cuadros, de que se hace ostentacion por todas partes en nuestros templos, y con que se abigarra ese velo misterioso que se lleva cada cinco años en procesion á la ciudadela del Acrópolis durante las Panateneas[4]? Eutifron, debemos nosotros recibir todas estas cosas como verdades?
No sólo éstas, Sócrates, sino muchas otras, como te dije ántes, que te explicaré si quieres, y que te sorprenderán bajo mi palabra.
No me sorprenderán; pero tú me las explicarás en otra ocasion que estemos más despacio. Ahora procura explicarme más claramente lo que te he preguntado; porque aún no has satisfecho plenamente á mi pregunta, ni me has enseñado lo que es santidad. Sólo me has dicho, que lo santo es lo que tú haces, acusando á tu padre de homicidio.
Te he dicho la verdad.
Quizá. ¿Pero no hay otras muchas cosas que tú llamas santas?
Sin duda.
Acuérdate, te lo suplico, que lo que he pedido no es que me enseñes una ó dos cosas santas entre un gran número de otras que lo son igualmente; sino que me dés una idea clara y distinta de la naturaleza de la santidad, y lo que hace que todas las cosas santas sean santas; porque tú mismo me has dicho que un solo y mismo carácter hace que las cosas santas sean santas; así como un solo y mismo carácter hace que la impiedad sea siempre impiedad. ¿No te acuerdas?
Sí, me acuerdo.
Enséñame, pues, cuál es ese carácter, á fin de que teniéndolo siempre à la vista, y sirviéndome de él como un modelo, esté en posesion de asegurar sobre todo lo que tú ú otros hagan, que lo que es ajustado á dicho modelo es santo, y que lo que no lo es, es impío.
Si es eso lo que quieres, Sócrates, estoy pronto á satisfacerte.
Seguramente es lo que quiero.
Digo, pues, que lo santo es lo que es agradable á los Dioses, é impío lo que les es desagradable.
Muy bien, Eutifron. Me has contestado con precision á lo que te habia preguntado; mas en cuanto á saber si es una verdad lo que dices, hasta ahora no lo comprendo así; pero indudablemente me convencerás de que lo es.
Te satisfaré.
Vamos, examinemos bien lo que decimos. Una cosa santa, un hombre santo, es una cosa, es un hombre que es agradable á los dioses; una cosa impía, un hombre impío, es un hombre, es una cosa que les es desagradable, y de este modo lo santo y lo impío son directamente opuestos; no es así?
Sin contradiccion.
¿Te parece estar esto bien definido?
Lo creo.
¿Pero no estamos tambien acordes en que los dioses tienen entre sí enemistades y odios, y que muchas veces están discordes y divididos?
Sí; sin duda.
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