Chapter 25 of 30
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Sócrates: Por consiguiente, es un principio sentado que cuando conversamos tú y yo, es mi alma la que conversa con la tuya.
Alcibíades: Entendido.
Sócrates: Esto es lo que decíamos hace un momento: que Sócrates habla a Alcibíades dirigiéndole la palabra, no a su cuerpo como parece, sino a Alcibíades mismo; es decir, a su alma.
Alcibíades: Eso es evidente.
Sócrates: ¿El que manda que nos conozcamos a nosotros mismos manda, por consiguiente, que conozcamos nuestra alma?
Alcibíades: Yo lo creo así.
Sócrates: Luego el que conoce sólo su cuerpo conoce lo que está en él, pero no conoce lo que él es?
Alcibíades: Sí.
Sócrates: Así un médico no se conoce a sí mismo, en tanto que médico, ni un maestro de palestra, en tanto que maestro de palestra?
Alcibíades: No, a mi parecer.
Sócrates: Aún menos los labradores y todos los demás artesanos que lejos de conocerse a sí mismos, ni conocen lo que particularmente les toca, y además su arte los liga a cosas más lejanas aún de ellos que lo que está en ellos. En efecto, el objeto de sus cuidados no es tanto su cuerpo como las cosas que tienen relación con el cuerpo.
Alcibíades: Todo eso es también muy verdadero.
Sócrates: Por lo tanto, si es sabiduría conocerse a sí mismo, ninguno de estos artistas es sabio por su arte.
Alcibíades: Soy de tu dictamen.
Sócrates: Y he aquí por qué todas estas artes parecen viles, y por consiguiente indignas de una persona decente.
Alcibíades: Eso es cierto.
Sócrates: Volviendo, pues, a nuestro principio, todo hombre que tiene cuidado de su cuerpo, tiene cuidado de lo que le pertenece, pero no de sí mismo.
Alcibíades: Estoy de acuerdo.
Sócrates: Todo hombre que ama las riquezas no se ama a sí mismo, ni lo que está en él; sino que ama una cosa aún más lejana de él y de lo que está en él.
Alcibíades: Así me lo parece.
Sócrates: El que sólo se ocupa en amontonar riquezas, ¿maneja mal sus negocios?
Alcibíades: Es muy cierto.
Sócrates: Si alguno se ha enamorado del cuerpo de Alcibíades, no es Alcibíades el objeto de su cariño, sino una de las cosas que pertenecen a Alcibíades.
Alcibíades: Estoy convencido de ello.
Sócrates: El que ha de amar a Alcibíades ha de amar su alma.
Alcibíades: Consecuencia necesaria.
Sócrates: He aquí por qué el que sólo ama tu cuerpo se retira desde que esta flor de belleza comienza a marchitarse.
Alcibíades: Es cierto.
Sócrates: Pero el que ama tu alma, no se retira jamás, en tanto que puede ella aspirar a mayor perfección.
Alcibíades: Así parece.
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