Chapter 64 of 80
IV. · 4
—¿Tenías hambre?—exclamó en seguida—. ¿Era para socorrer a tu madre?... ¿Sí?
—No, Sonia, no—replicó Raskolnikoff bajando la cabeza—. Mi miseria no era tan grande... Quería, en efecto, ayudar a mi madre... pero no fué ésta la verdadera razón... No me atormentes, Sonia.
—¿Pero es posible que esto sea verdad?[208]—gritó la joven, dando una palmada—. ¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? ¿Ha matado usted para robar? ¡Usted que se despoja de todo en favor de los pobres! ¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a mi madrastra...? ¿Ese dinero...?
—¡No, Sonia, no!—interrumpió vivamente Raskolnikoff—. Ese dinero no procedía de aquello, tranquilízate; me lo envió mi madre cuando yo estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo cuando lo di... Razumikin lo vió. Ese dinero me pertenecía.
Sonia escuchaba perpleja y esforzándose por comprender.
—Por lo demás, en cuanto al dinero de la vieja... yo no sé lo que había—añadió vacilando—; le quité del cuello una bolsa de piel que parecía bien repleta... pero no me enteré del contenido, sin duda porque me faltó tiempo... Me apoderé de varias cosas, gemelos, cadenas de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los oculté al día siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva V***. Todo ello está allí todavía.
Sonia escuchaba con avidez.
—Pero, ¿por qué no ha tomado usted nada, puesto que mató para robar?—replicó como agarrándose a una última y muy vaga esperanza.
—No sé... no he decidido aún sí tomaré o no ese dinero—respondió Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonrió—. ¡Qué historia tan tonta te acabo de contar!
«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero rechazó en seguida esta idea. No, allí había alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano ponía en prensa su mente.
—¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?—repuso él con voz vibrante—. Si únicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato—prosiguió recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tenía algo de enigmático—, yo sería ahora feliz. Sábelo. ¿Qué te importa el motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?—exclamó tras de una corta pausa—. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Es para esto para lo que he venido a tu casa?
La joven quiso hablar, pero se calló.
—Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino a ti.
—¿Por que querías que viviese contigo?—preguntó tímidamente Sonia.
—No para robar ni matar, puedes estar tranquila—contestó Raskolnikoff riendo sardónicamente—; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira, acabo de comprender ahora por qué te invité ayer a venir conmigo. Cuando te dirigía esta petición, no sabía cuál era su objeto... lo veo ahora. No tengo nada más que un deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me dejarás, Sonia?
La joven le apretó la mano.
—¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo esto? ¿por qué te he hecho esta confesión?—exclamó Raskolnikoff al cabo de unos segundos, mirándole con infinita compasión a la vez que con la desesperación más profunda—. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de decirte? Nada comprenderías, y yo no haría otra cosa que afligirte cada vez más. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme; ¿por qué me abrazas? ¿Es porque, falto de valor para llevar mi cruz, me libro así de este peso, cargando con él a otra persona; porque he buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar a semejante cobarde?
—¿Pero no sufres tú también?—exclamó Sonia.
Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.
—Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... Esto puede explicar multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por qué he venido? ¡Jamás me lo perdonaré!
—No, no; has hecho bien en venir—repuso Sonia—. Vale más que lo sepa todo; es mucho mejor.
Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.
—He querido ser un Napoleón... por eso he matado. ¿Comprendes ahora?
—No—respondió cándidamente Sonia con voz tímida—; pero habla, habla; lo comprenderé todo.
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—¿Que lo comprenderás? Está bien; ya veremos.
Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas.
—El hecho es que cierto día me hice esta pregunta: Si Napoleón, por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para comenzar su carrera ni Tolón ni Egipto, ni el paso de San Bernardo, sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir, ¿hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres mil rublos? ¿Hubiera pensado que tal acción era demasiado innoble y demasiado criminal? Yo me he devanado durante algún tiempo los sesos con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento de vergüenza, cuando he reconocido, por fin, que no sólo no hubiera vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una vacilación. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con escrúpulos. Desde que me hice esta reflexión ya no tenía que vacilar; la autoridad de Napoleón me cubría. ¿Encuentras esto risible? Tienes razón, Sonia.
La joven no tenía el menor deseo de reír.
—Háblame con franqueza, sin ejemplos—dijo con voz tímida y apenas distinta.
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