Chapter 63 of 80
IV. · 3
—¿Por qué me asusta usted de ese modo?—preguntó con sonrisa infantil.
—Si yo lo sé es porque estoy íntimamente relacionado con él—repuso Raskolnikoff, cuya mirada seguía fija en la joven, como si no tuviese fuerza para volver los ojos—. A esa Isabel no quería él matarla; la mató sin premeditación... quería asesinar a la vieja cuando estuviese sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba en ella, entró Isabel y la mató.
A estas palabras siguió un silencio lúgubre; durante un minuto continuaron mirándose.
—¿De modo que no adivinas?—preguntó bruscamente, con la sensación de un hombre que se arroja de lo alto de un campanario.
—No—balbuceó Sonia con voz apenas distinta.
—Busca bien.
Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experimentó en el fondo de sí mismo la impresión de frío glacial que le era tan conocida; miraba a Sonia y de pronto le pareció ver a Isabel cuando la desventurada se echó atrás ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha levantada. En aquel momento supremo Isabel levantó el brazo como hacen los niños pequeños cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a llorar, fijan una mirada inmóvil en el objeto que les espanta. Del mismo modo el rostro de Sonia expresaba[207] un terror indecible; también ella extendió el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a Raskolnikoff, y tocándole el pecho con la mano se apartó poco a poco de él, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunicó al joven, que se puso a mirarla asustado.
—¿Lo has adivinado?—murmuró por último.
—¡Dios mío!—exclamó Sonia.
Después se dejó caer sin fuerzas sobre el lecho y hundió el rostro en la almohada. Pero al cabo de un instante se levantó con rápido movimiento, se aproximó a él y tomándole las dos manos que sus deditos estrecharon como tenazas, le miró largo rato de hito en hito. ¿No se había engañado? Así lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en su interlocutor, la sospecha que había atravesado su alma se trocó en certidumbre.
—¡Basta, Sonia, basta! Evítame más explicaciones—suplicó él con voz quejumbrosa.
Lo que había pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era ciertamente así como pensó él hacer la confesión de su crimen.
Sonia parecía que estaba fuera de sí. Saltó de su lecho y se fué al centro de la habitación retorciéndose las manos; después volvió bruscamente sobre sus pasos y se sentó, hombro con hombro, al lado del joven. De repente se echó a temblar, lanzó un grito y, sin saber lo que hacía, cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.
—¡Está usted perdido!—exclamó con acento desesperado; y levantándose súbitamente se arrojó a su cuello, le besó y le acarició.
Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola con triste sonrisa, dijo:
—No te comprendo, Sonia. Me abrazas después de haberte contado eso... No tienes conciencia de lo que haces.
La joven no oyó esta observación.
—No, no hay en la tierra un hombre más desgraciado que tú—exclamó en un arranque de piedad, y rompió en sollozos.
Raskolnikoff sintió invadida su alma por un sentimiento que desde hacía largo tiempo no había experimentado. No trató de luchar contra esta impresión; dos lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron silenciosas por sus mejillas.
—¿No me abandonarás, Sonia?—preguntó con mirada casi suplicante.
—¡No, no! ¡Jamás, jamás!—gritó—. Te seguiré, te seguiré a todas partes. ¡Oh Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¿Por qué? ¿por qué no te he conocido antes? ¿Por qué no habrás venido...?
—Ya ves que lo he hecho—interrumpió Raskolnikoff.
—¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!—repitió con una especie de exaltación y se puso a abrazar al joven—. ¡Iré contigo a presidio!
Estas últimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensación penosa y apareció en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera.
—Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio.
Sonia volvió rápidamente hacia él los ojos. Hasta entonces había sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que acababa de decir el joven y el tono con que fué pronunciado, recordaron bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha le dirigió una mirada de asombro. No sabía aún cómo ni por qué había llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas cuestiones se presentaban ante su espíritu y de nuevo dudó.
«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»
—Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?—dijo como si despertase de un terrible sueño—. ¿Cómo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a hacer eso?... ¿Pero por qué lo ha hecho?
—Por robar. Cesa ya, Sonia—respondió algo contrariado el joven.
La muchacha se quedó estupefacta.
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