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The ConsciousLibrary

Chapter 55 of 80

IV. · 7

«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia.

—¿A dónde iremos?—preguntó espantada, e involuntariamente se interrumpió.

—¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro.

Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente desgraciado.

—Nadie te comprenderá si tú le hablas—prosiguió él—; pero yo te he comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido.

—No comprendo...—balbució Sonia.

—Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso, pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.

—¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?—repuso Sonia extrañamente turbada por tal lenguaje.

—¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de Poletchka, ¿no es cosa segura?

—¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?—repitió llorando Sonia y retorciéndose las manos.

—¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante, ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto. Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel.

—Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?—preguntó la joven helada de espanto.

—Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.

Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco; pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le iba la cabeza.

—Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus palabras? ¡Qué extraño es!

Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.

—¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin mí... ¡Oh Señor!

Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que[168] pertenecía a la casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente, el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante una hora por lo menos.

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IV. · 7 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library