Chapter 33 of 80
VII. · 5
—La quiero más que... a todo el mundo—afirmó con singular energía Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.
—¿Y a mí me querrás?
En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y presentó[100] cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff, e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en silencio.
—¡Pobre papá!—dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza y enjugándose las lágrimas con la mano—. Ahora no se ven más que desgracias—añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.
—¿Te quería tu papá?
—Quería más a Lidotshka—respondió en el mismo tono serio (su sonrisa había desaparecido),—sentía predilección por ella, porque es la más pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina—añadió la niña con dignidad—. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque ya es tiempo de comenzar mi educación.
—¿Sabes rezar?
—¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor, rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el primero.
—Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.
—Siempre, siempre rezaré por usted—respondió calurosamente la niña; y echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.
Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran las diez dadas cuando salía de la casa.
No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el dvornik indicó en seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.
La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido contenerse.
—Escucha—comenzó a decir Raskolnikoff—, he venido con el solo objeto de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana pásate por mi casa.
—¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión, estás débil.
—¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de entreabrir la puerta?
—¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él. Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito, amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no siem[101]pre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a traer a Zosimoff.
El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció.
—Es menester que se acueste usted en seguida—dijo al enfermo—; y tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted?
—Ciertamente—respondió Raskolnikoff.
—Harás bien en acompañarle—dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin—; veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva.
—¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?—comenzó a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en la calle—. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu persona.
—¿Zametoff te lo ha contado todo?
—Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff; te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible. Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza luego de semejante suposición; yo sé...
Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida, Razumikin hablaba sin tino.
—Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y porque el olor de la pintura me trastornó—contestó.
—El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura: la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese tonto de Zametoff: «Yo no valgo—dice—ni lo que el dedo pequeño de ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el Palacio de Cristal es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch.
—¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco?
—Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más que nada es que sólo eso te interesa, y ahora comprende por qué te interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo[102] mío; cuanto puedo decirte es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte.
Durante medio minuto ambos guardaron silencio.
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