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The ConsciousLibrary

Chapter 30 of 80

VII. · 2

Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la vecindad.

—He mandado a buscar un médico—dijo a Catalina Ivanovna—. No se preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla, una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase usted. Ya veremos lo que dice el doctor.

Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y repasada al día siguiente al despertar.

Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con dificultad y se apretaba el pecho con las manos.

No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.

—Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa—pensaba Raskolnikoff.

El guardia no sabía qué decidir.

—¡Polia!—gritó Catalina Ivanovna—, ve corriendo a casa de Sonia; pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda, ponte ese pañuelo en la cabeza!

En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación. Catalina Ivanovna se puso furiosa.

—Deberíais al menos dejarle morir en paz—gritaba a los asaltantes—. Venís aquí como a un espectáculo—y se interrumpió para toser—. Y entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a la muerte.

La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.

Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta, llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad de la casa.

—Ese es el inconveniente de morirse—vociferó Catalina Ivanovna, y ya se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.

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La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el orden. Era una alemana intrigante y mal educada.

—¡Ah, Dios mío!—dijo juntando las manos—, ¡su marido de usted, que estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle al hospital, yo soy la propietaria.

—Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla—comenzó a decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura; y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)—Amalia Ludvigovna.

—Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.

—Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se agarran ji, ji—decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata), yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero ahora—añadió señalando a Raskolnikoff—hemos encontrado apoyo en este magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia Ludvigovna.

Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento, Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa, tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud. Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa. Después la pobre mujer rompió a llorar.

—¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!—decía acongojada—. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes, Marmeladoff!

Marmeladoff la reconoció.

—¡Un sacerdote!—dijo con voz ronca.

Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el marco gritó con desesperación:

—¡Oh vida, mil veces maldita!

—¡Un sacerdote!—repitió el moribundo después de una pausa.

—¡Silencio!—le gritó Catalina Ivanovna.

El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño asombrado.

—¡Ah, ah!—dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.

Se comprendía que trataba de decir algo.

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VII. · 2 · Crime and Punishment — Fyodor Dostoevsky · The Conscious Library