Chapter 28 of 80
VI. · 8
—¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?
—Es un granuja—dijo una campesina.
—¿Para qué disputar con él?—apuntó a su vez el otro portero, un mujick enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves pendientes de la cintura—. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en seguida!
Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.
El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a todos los espectadores y se alejó silenciosamente.
—¡Vaya un tipo!—observó un obrero.
—Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante—dijo la campesina.
—Lo que usted quiera y mucho más—añadió el burgués—; pero hubiera sido conveniente llevarle a la comisaría.
—¿Iré o no iré?—pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando un consejo de alguien.
Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida, como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el suelo brillaba una débil luz.
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—¿Qué pasa ahí?
Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud. Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y decía para sus adentros:
—De un momento a otro acabará todo esto.
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