Chapter 21 of 80
VI. · 1
Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven, denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba. Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el bolsillo.
La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.
Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con «aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba. Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra, «cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.
Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno. Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con voz cascada, pero bastante[84] fuerte y agradable, cantaba una romanza, esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más alta y conmovedora—. ¡Basta!—gritó la cantora a su compañero y ambos se dirigieron a la tienda de al lado.
—¿Le gustan a usted las canciones de las calles?—preguntó bruscamente Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante desocupado.
El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.
—Yo—prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de otra cosa que de la música de las calles)—, yo gusto de oír cantar al compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente, sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de las nubes...
—Yo no sé. Usted me dispense—balbuceó el señor, aterrado de la pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra acera.
El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de un almacén de harinas.
—¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a vender?
—Todo el mundo vende—respondió el mozo, mirando con desdén a Raskolnikoff.
—¿Cómo le llaman?
—Le llaman por su nombre.
—Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?
El mozo miró de nuevo a su interlocutor.
—Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé nada. Perdóneme Vuestra Alteza.
—¿Hay arriba un bodegón?
—Es un traktir y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy favorecido.
Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había un grupo compacto, exclusivamente compuesto de mujiks. Se metió entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el pereulok.
En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres. Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel de ca[85]bra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas tenían amoratadas las orejas.
Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.
Hombrecito de mi alma No me pegues sin razón.
cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa de grandísima importancia.
«Si entrase...»—pensaba—. «Se ríen, están borrachos.»
—¿No entras, buen mozo?—le preguntó una de las mujeres con voz bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.
Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.
—¡Oh, bonita muchacha!—respondió el joven levantando la cabeza y mirándola.
Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.
—También tú eres muy guapo.
—¡Guapo un tipo semejante!—gruñó en voz baja otra mujer—; de seguro que acaba de salir del hospital.
Use the ← → keys to move between chapters.