Chapter 15 of 80
I. · 6
—¡Oh, qué cruel eres!—murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía avergonzado.
—Escriba usted—dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.
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—¿Qué es lo que tengo que escribir?—preguntó el joven brutalmente.
—Lo que yo le dicte.
Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se había apoderado en su espíritu instantáneamente.
Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se había vaciado su corazón.
Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado. Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.
Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana, que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.
El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que poseo, etc.»
—No puede usted escribir, le tiembla la mano—dijo el jefe de la Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff—. ¿Está usted enfermo?
—Sí; se me va la cabeza. Siga usted.
—Ya está todo; firme usted.
El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.
Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.
—¿No sería mejor reflexionar un instante?—pensó—. No, más vale dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta carga.
Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.
—¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al dvornick para denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No, eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos dvorniks y una vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse le oyeron preguntar a los dvorniks dónde vivía la vieja. ¿Hubiera hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto[59] cuando subió a las habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...
—Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica. Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos después, cuando volvieron con el dvornik, estaba abierta.
—Ahí está el busilis; es indudable que el asesino se encontraba en el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la simpleza de bajar en busca del dvornik. Sin duda el asesino aprovechó ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!» Quiere mandar que canten un Te Deum. ¡Je, je, je!
—¿Y nadie vió al asesino?
—¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?—dijo el jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.
—La cosa es clara, la cosa es clara—repitió vivamente Nikodim Fomitch.
—Antes digo yo que es muy obscura—repitió Ilia Petrovitch.
Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff se levantó.
—¿Está usted enfermo?—le preguntó con tono bastante seco el comisario de policía.
—Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la pluma—dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.
—¿Hace mucho tiempo que está usted malo?—dijo desde su sitio Ilia Petrovitch.
—Desde ayer—balbució el joven.
—¿Ayer salió usted de casa?
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